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Full text of "El doctor José Mercedes Puga y su participación en los sucesos del Norte ..."

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EL DOCTOR 



JOSÉ MERCEDES PUGÁ 



V SU PARTICIPACIÓN 



EN LOS SUCESOS DEL NORTE. 



RESEÑA BIOGRÁFICA. 



Imp. de Torres Aguirre, Mercaderes 150. 
1886. 



•4 



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L 



Satisfacemos hoy un noble propósito, acari- 
ciado por largo tiempo; hacer cumplida justicia 
al nombre y á la memoria de un buen hijo de 
la patria. 

Tarea es ésta siempre grata y fácil; cuando, 
para llevarla á cabo, se siente la pluma embe- 
bida en la luz de la verdad, realzada por los ro- 
sados resplandores de la sangre vertida en el 
martirio. 

Y es, además, tarea indispensable cuando 
ha de tener por resultado remoto y trascenden- 
tal, el fijar algunos de los hechos que han de 
constituir los elementos de un período de la 
historia nacional. 

La historia genuina de los pueblos no se for- 
ja ni se inventa; ella existe consignada en los 
documentos contemporáneos, que el historia- 
dor no tiene más que compulsar y disponer 
ordenada y metódicamente. 

Esta inmensa y ventajosa superioridad, lle- 
van los tiempos actuales, — en que el vasto de- 



sarrollo de las inteligencias y el uso fácil y ex- 
tendido de la imprenta, permite la manifesta- 
ción de todas las impresiones, para que los su- 
cesos puedan presentarse bajo todas sus faces, 
y su verdad sea consignada con imparcial exac- 
titud, — sobre los tiempos antiguos, cuyos ana- 
les, revestidos con muchos de los caracteres y 
de las apariencias de la fábula, sólo tienen por 
fundamento la tradición, por apoyo compro- 
bante, escasos cronicones difíciles de consultar, 
y por base de apreciación el criterio particular 
del raro compilador que ha tenido la suerte de 
haberlos á la mano, para compulsarlos y expo- 
nerlos á su manera. 

El Perú acaba de salir de un período de su 
vida autonómica, tal, que el amor patrio nos 
impulsa á considerar como único; tanta ha sido 
la gravedad de sus circunstancias, la delicade- 
za de sus caracteres y lo intensamente desgra- 
ciado de sus consecuencias. 

El aislamiento y la falta de comunicación en- 
tre unos y otros pueblos de la república, debi- 
dos á las grandes distancias que los separan, y 
á la independencia forzosa con que era preciso 
se practicasen, en ^ada uno de ellos, todos los 
procedimientos y operaciones ya administrati- 
vos, ya militares, que caractirizaron la segunda 
y la última de las faces de la gran crisis, han ini- 
pedido que, aun hasta ahora, sean conocidos ge- 
neralmente, siquiera los principales sucesos de 
que cada sección ha sido teatro; habiendo mu- 
chos de ellos que, fuera del reducido horizonte 
en que se circunscribieron, permanecen absolu- 



tamente ignorados, ó son apreciados errónea- 
mente si acaso lograron traspasar aquellos es- 
trechos límites. 

Tiempo es ya de principiar á trasmitirlos al 
conocimiento de los contemporáneos, para que 
pueda fijarlos la posteridad, con todas sus cir- 
cunstancias. 

% Misión patriótica é indeclinable es señalar 
fos nombres de los ciudadanos que en ellos 
cr fueron protagonistas ó siquiera actores impor- 
2 tantes. 

4E Así como también es deber sagrado proyec- 

~ tar luz bien definida sobre sus figuras, para 

Í5 ^ que pueda verse bien claro la conducta que 

°^ oí observaron y haya ocasión de discernírseles la 

2 ^ parte de aprobación o de vituperio, á que se 

— £ hubiesen* hecho acreedores. 

01 K Zi Doble es, pues, el objeto de este escrito, por- 

o que contribuye á ese resultado general, sin em- 

ra bargo de circunscribirse á una sola personali- 

¿p dad, que supo hacerse altamente notable. 

Entre los hombres que, en el Norte de la Re- 
pública se pusieron al frente de las variadas pe- 
ripecias á que ha venido dando lugar la emer- 
gencia de la declaratoria de la guerra interna- 
cional, ha figurado uno, de significación verda- 
deramente importante, dé carácter perfecta- 
mente definido, de fisonomía acentuadamente 
delineada, y cuyos actos é ideas han egercido 
un peso, que bien se ha dejado sentir en la balan- 
za de los acontecimientos, para inclinarla, desde 
un principio, hasta el nivel que, felizmente, ha 
alcanzado hace poco tiempo. 



— 6 — 



Es la figura distinguida del Dr. José Merce- 
des Puga, lo que así se destaca, levantada so- 
bre un pedestal de abnegado patriotismo, y 
realzada con la aureola del martirio, de entre 
el numeroso grupo de buenos y de malos ser- 
vidores de la patria. 

Preciso es seguir al Dr. Puga en todas las 
faces de su situación, desde que consagró to- 
dos los anhelos de su mente, á esa patria de 
sus constantes afecciones y desvelos, hasta el 
desgraciado sacrificio final, para poder apre- 
ciarlo en su verdadera significación, medir el 
alcance de sus esfuerzos, juzgar con acierto su^ 
simpática labor, hacer toda la justicia debida á 
sus positivos merecimientos y tributar á su me- 
moria el homenaje que reclama, desde el ara 
de su inmolación. 

El trato prolongado de su persona, el cam- 
bio de ideas durante un prolongado lapso de 
tiempo, el testimonio presencial de algunos de 
sus actos, en la senda á que lo condujeron las 
angustias de la nación, la penetración de los 
sanos y nobles pensamientos que absorbían ^su 
mente y el conocimiento inmediato, así de sus 
relevantes cualidades como de los defectos que,^ 
como naturaleza humana, también le eran in- 
herentes, permiten delinear sus perfiles de 
figura pública, con serena imparcialidad. 

No pagan estas líneas una deuda de amistad 
ni son una reseña biográfica escrita por mano 
interesada en quemar incienso y en prender ci- 
rios ante un ídolo; son nada. más que un home- 
naje de justicia, tributado ante un muerto ilus- 






Te- 
so 

y 

tl-G 



tre; la narración "de los hechos de la vida 
un hombre que tuvo la ambición de ser útil 
país de quien la recibiera; el cumplimiento 
un deber impuesto por las necesidades del p 
venir. 

Basta para llenarlo el lenguaje natural y s< 
cilio de la verdad, sin lujo de retórica ni reb 
camiento de apreciaciones; no los requieren 
objeto propuesto ni el pensamiento que da 
impulso. 

Si todos los peruanos imparciales se dig 
ran seguir por un momento la serie de acor 
cimientos que se relacionan con el dudada 
que se trata de poner en relieve y dedican 
atención á estudiarlos con tranquila serenid 
podrá contribuir, cada uno, con el sentimiei 
propio, á ofrecer á la memoria del Dr. Pugc 
palma de la gratitud nacional, que supo c 
quistarse. 

Permítasenos, por ser indispensable, tor 
desde un poco atrás nuestro principio. 



II. 



José Mercedes Puga, nació en la ciudad 

*r a jamarca el 24 de Setiembre de 1836, roe 

^ado de las comodidades ampliamente < 

/^ ^adas, de que disfrutaban sus padres 

/^ ^rado ciudadano Señor Don Nicolás Pug 

Jy ^ lr £uosa matrona Doña Manuela Val 

c/^ ^° niño aún fué conducido á la hacie 

/>^ ^í'J^gal, de propiedad paterna, en do 

^á s u infancia, recibiendo la educación p 



— 8 — 

y sencilla del] hogar y los rudimentos prima- 
rios, que le eran trasmitidos por maestros lle- 
vados alli á propósito, al mismo tiempo que 
adquiriendo las lecciones de la naturaleza y 
del trabajo de que, bien pronto, la prematura 
muerte de su padre lo obligaría á hacer uso 
para atender y dar impulso á los intereses y á 
la fortuna de su familia. 

Allí permaneció hasta la edad de 16 años r 
en 1852, en cuya época regresó á !a ciudad de 
Cajamarca para dedicarse á los estudios con- 
cernientes á la instrucción media, en él colegio 
nacional de San Ramón, que estaba, por en- 
tonces, bajo la acertada dirección del íntelijen- 
te y progresista Dr. Don Toribio Casanova. 

Aunque algo tarde emprendía el joven Puga 
esta nueva faz de sus estudios, no llegaba al 
colegio con la imaginación vacía de conocimien- 
tos, pues los mismos extremosos mimos y cui- 
dados de sus padres, que hasta entonces lo 
habían demorado en el hogar campestre, ha- 
bían sabido proporcionarle allí el alimento apro- 
piado pasa su edad y para una inteligencia na- 
turalmente despejada, que se asimilaba con fa- 
cilidad y rapidez cuanto caía bajo su dominio. 
Al natural despejo de su imajinación unía el 
joven Puga una contracción persistente y labo- 
riosa que lo hizo distinguirse entre sus com- 
pañeros por lo rápido de los progresos que al- 
canzaba y por el éxito brillante y satisfactorio 
que coronaba sus esfuerzos. 

Los acontecimientos políticos de 1864, en 
que el Dr. Casanova hubo de tomar una partí- 



9 — 



cipación tan activa, redundaron en un positivo 
beneficio para el joven estudiante, pues ha- 
biendo sido una de sus consecuencias la clau- 
sura del colegio de Cajamarca, se ^ió Puga 
obligado á separarse de su suelo natal en bus- 
ca del horizonte más vasto, más importante y 
más luminoso de la capital, para continuar aquí 
con mejor provecho, en el colegio de Guada- 
lupe, sus principiados estudios. Los esplendo- 
res ds la ilustración y el saber que el nuevo 
teatro de sus labores ofrecía á su inteligencia 
ávida de conocimientos, fueron un estímulo po- 
deroso para el estudiante cajamarquino, en 
quien el anhelo más vehemente y entusiasta 
era ver llegado, cuanto antes, el momento de 
ingresar al Convictorio de San Carlos. 

Pero no siempre el alma ve satisfechas sus 
aspiraciones, por nobles que sean. 

Desgraciadamente para él, cuando apenas 
habia aprovechado el primer año escolar, reci- 
bió una noticia que le era doblemente funesta, 
porque afectaba á un tiempo mismo su inteli- 
gencia y su corazón. Su anciana madre, á quien 
idolatraba, víctima de la última enfermedad, se 
aproximaba al término de su existencia. Este 
acontecimiento colocó á Puga en el caso de te- 
n ^r que abandonar las aulas y los claustros del 
c olegio para dirijirse á la cabecera del lecho 
F*ortuorio, donde lo llamaba el cumplimiento de 
] os deberes de buen hijo. 

Ai llegar á Trujillo recibió su corazón el 
íTolpe fatal; allí encontró la nueva del falleci- 
J ii/e/ito de su madre; allí sufrió su alma el más 



— IO — 

intenso de los dolores; allí vertió, por segunda 
vez, las amargas lágrimas que arranca la muer- 
te de los autores de nuestra existencia terre- 
nal; allrse desvanecieron las ilusiones del joven 
para ceder el campo, acaso antes de tiempo, á 
la reflexiva madurez del hombre. 

Puga quedaba completamente huérfano, an- 
tes de tener una carrera que le reclamaba el 
porvenir; y acatando el atinado consejo de su 
antiguo maestro, el Dr. Casanova, á la sazón 
en Trujillo, resolvió detener su marcha á Caja- 
marca, que carecía ya de objeto; encomendó la 
administración de sus intereses, á sus hermanos 
mayores y tomó cuerdamente el partido de 
permanecer en Trujillo para emprender, en la 
Universidad que entonces funcionaba en esa 
ciudad, los estudios profesionales que, más que 
nunca, le eran imprescindibles. 

Tanto estimulaba la necesidad su anhelo de 
antes; fué tanta su fuerza de voluntad y tan 
completa su contracción, que en menos de cua- 
tra años rindió examen de los ramos que aún 
le faltaban de instrucción media y de todos los 
correspondientes á la Facultad de jurispruden- 
cia, cuyos estudios le habían merecido la prefe- 
rencia. De tal manera se distinguió en las ac- 
tuaciones finales; tan provechoso y brillante ha- 
bía sido el resultado de sus esfuerzos que, ha- 
biendo obtenido la contenta de bachiller, en un 
sólo día se le confirieron los tres grados uni- 
versitarios. 

Había terminado su carrera y con ella el pe- 
ríodo preparatorio de la vida del ciudadano; 



v 



II 






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«3 



a. 



entraba en el sendero de la práctica y las pers- 
pectivas del porvenir debían principiaj a con- 
vertirse en las sucesivas jnanifestaciones de un 
próspero presente, 

En 1 86o, volvía graduado de doctor á su ciu- 
dad natal. 

III. 

Poseedor de una considerable fortuna patri- 
monial; revestido con la aureola del talento que 
ha sabido abrirse paso al través del mundo, 
desvaneciendo nieblas con su brillo; rodeado 
del prestijio que acompaña siempre al que 
vuelve á su país con los honores del éxito sa- 
tisfactorio y con las glorias del saber, el nuevo 
Doólor fué acojido entre sus compatriotas y 
considerado, desde entonces, como uno de los 
jóvenes mas distinguidos y estimables de la so- 
ciedad cajamarquina. 

Llenadas cumplidamente todas las condicio- 
nes legales y reglamentarias, se recibió de 
Abogado en 1862, prestando el juramento de 
estilo ante la Corte Superior de Cajamarca é 
ingresando en el seno de una de las institucio- 
nes que más honor reflejan sobre nuestro con- 
tinente Sud-americano, por la instrucción y mé- 
rito sobresalientes de la numerosa mayoría de 
sus miembros. En la Facultad de Jurispruden- 
cia del Perú, el Doétor José Mercedes Puga 
supo conquistarse un puesto prominente. 

Más que á la defensa jurídica ante los tribu- 
nales, el Doélor Puga hubo de verse en la pre- 
cisión de dedicarse, desde los principios de su 



12 

carrera, al desempeño de los cargos gratuitos 
de conjuez y adjunto, que sucesivamente le fue- 
ron encomendados, en mérito de la rectitud de 
su carácter, de su justiciero proceder y de la 
solidez de sus conocimientos. 

Pero, mientras se dedicaba, con la asiduidad 
inherente á su modo de ser, al cumplido des- 
empeño de sus labores profesionales, había 
otros deberes, gratos para su espíritu, á cuyo 
cumplimiento se procuraba la satisfacción de 
contraerse, consagrándoles su tiempo exceden- 
te, no escaso, por cierto, merced á su fácil ex- 
pedición. Quería abrir á la juventud de su país 
los mismos horizontes que se habían desarro- 
llado ante su mente; veía en todos sus jóvenes 
paisanos otros tantos hermanos por la inteli- 
gencia; deseaba que ellos fuesen también algún 
día honra y lustre de la ciudad de su nacimien- 
to, y quiso demostrarlo con hechos. Agradeci- 
do al plantel de educación en donde había he- 
cho los primeros estudios, en donde se habían 
producido los primeros destellos de su inteli- 
gencia y consecuente con sus buenos recuerdos 
de alumno del Colegio Nacional de San Ramón, 
se contrajo con el más decidido interés á sumi- 
nistrar el alimento espiritual de la instrucción 
á la juventud que, por el momento, acudía á 
recibirlo en los bancos que rodeaban sus cá- 
tedras. Allí difundió, sin remuneración ningu- 
na, los. conocimientos que poseía, regentando, 
entre otros, con particular lucimiento, el curso 
de Economía Política. 



13 — 



IV. 



También era llegado ya el tiempo en que, 
dejando al Jurisconsulto en su sillón de majis- 
trado y al catedrático en la plataforma de su 
aula, pensase el hombre de corazón honrado y 
expansivo en su felicidad. Era tiempo de ci- 
mentar el porvenir, fundando un hogar indepen- 
diente, constituyendo una nueva familia y pre- 
parando así un nuevo timbre de honra para la 
sociedad de que formaba parte. 

La señorita Carolina Puga, allegada suya por 
relaciones de parentesco cercano, . tan llena de 
todas las virtudes y dones valiosos del alma, 
' como adornada con todo género de atractivos 
exteriores, fué la elegida de su corazón para 
realizar aquel fin noble y simpático. 

En consecuencia, el doctor Puga contrajo 
matrimonio con su prima Carolina en el mes de 
Febrero de 1865. 

La esposa llevaba al peculio conyugal una 
parte considerable de los cuantiosos capitales 
de sus padres y con esta circunstancia, la for- 
tuna personal del doctor Puga, administrada 
con inteligente actividad y aumentada con las 
economías acumuladas en la honrada labor de 
los últimos años transcurridos, llegó á consti- 
tuir uno de los patrimonios más saneados del 
departamento, sirviéndole de fundamento sóli- 
do y estable las dos extensas y productoras ha- 
ciendas de Huagal y de Pauca, abundantes en 
los productos de todos los climas del Perú, des- 



— 14 — 

de el robusto ganado de las altas y fríjidas pu 
ñas, hasta la suculenta caña de azúcar de las 
ardientes y feraces márgenes del Marañón. 

En tales condiciones, el porvenir pecuniario 
del nuevo hogar quedaba asegurado y libre de 
angustiosas ni aventuradas peripecias para el 
sostenimiento de la existencia; más bien, la 
abundancia, que proveía de sobra á las desa- 
hogadas comodidades, suministraba un exce- 
dente, qi'e los reconocidos sentimientos carita- 
tivos de la esposa sabía distribuir con modesta 
y reservada generosidad. 

La prosperidad y la dicha debían sonreírles. 

La independencia del hombre público, la in- 
tegridad del magistrado estaban á salvo de pe- 
ligrosas emergencias, la libertad de conciencia 
garantida y la confianza social debía ser su jus- 
to y merecido complemento. 

V. 

La popular revolución iniciada en 1865 con- 
tra el Gobierno del general Pezet, que fué se- 
cundada en Cajamarca con todo el entusiasmo 
del vigoroso espíritu del doctor Casanova, con- 
tó al doctor Puga en el número de sus más de- 
cididos partidarios. 

Era la primera vez que tomaba parte en la 
política y lo hizA con la enérgica decisión del 
hombre de sólidos y sanos principios y de 
arraigadas y propias convicciones. 
^ En compañía del Dr. D. Valentín Quezada y 
del coronel D. Juan Antonio Egúsquiza, tuvo, 



— i5 — 

en aquellas circunstancias, que venir á Trujillo 
en el desempeño de una comisión de gran im- 
portancia para los progresos de la revolución, 
y entonces, con motivo de algunos incidentes 
delicados que en ella ocurrieron, se presentó 
oportunidad al Dr. Puga de hacer palpable esa 
fuerza de voluntad, que lo caracterizaba, ese 
temple de alma que ya había dejado conocer con 
ocasión de sus estudios; esa firmeza de carácter 
de que más tarde habría de dar tan múltiples y 
perentorias pruebas. 

Desde allí comenzó el Dr. Puga á conquis- 
tarse aura popular como hombre de partido y 
de importancia política en su jurisdicción de- 
partamental; desde entonces comenzó á verse 
rodeado de un círculo de partidarios escojido 
entre lo más notable y apoyado por lo más nu- 
meroso del pueblo de Cajamarca. 

El Dr. Puga aceptaba aquella popularidad^ 
porque comprendía que, en época no muy re- 
mota, debería servir de punto de apoyo para 
'contrarrestar una corriente de ambiciones, per- 
judicial á su país. 

Durante el Gobierno del Coronel Prado, que 
sucedió al del General Pezet, permaneció el 
Dr. Puga alejado de la política y consagrado al 
trabajo y al fomento de sus propiedades. No 
era partidario de esa administración. 

Cuando se efectuó la revolución de 1867 
contra el Gobierno del general Prado, en la 
cual no tomó parte el Dr. Puga, apesar de sus 
opiniones, ya estaba organizado un partido polí- 
tico importante y prestigioso que lo contaba á 



— i6 — 

la cabeza, como caudillo, entre sus principales 
directores. 

Triunfante la revolución y hecha la convoca- 
toria á elecciones populares, los miembros de 
la familia Iglesias organizaron también un cír- 
culo político para tomar parte activa en ellas. 
Puestos frente á frente aquellos dos parti- 
dos, hubieron de ocurrir los desacuerdos y la 
lucha de siempre, y al tratarse de la elección 
para diputados, sin embargo de la preponde- 
rancia del partido *que encabezaba el Dr. Pu- 
ga, que era uno de los elegidos para represen- 
tar la provincia del Cercado, y á pesar de la le- 
galidad de sus procedimien-tos, el partido con- 
trario formó una dualidad. 

Ambas elecciones fueron anuladas en la califi- 
cación. 

Llegado el caso de practicarlas de nuevo, los 
dos partidos convinieron en que la elección 
fuera unipersonal, estipulándose que en el dis- 
trito del Cercado se dividieran por igual los 
electores, y que en los demás distritos, cada 
partido quedaba en libertad para formarse ma- 
yoría. 

En virtud de este acuerdo, la elección pri- 
maria del distrito de Cajamarca fué unipersonal. 
Sin embargo, durante la recepción de votos, 
en una de las reuniones públicas de la mesa 
permanente, ocurrió un accidente desgraciado, 
del cual estuvo el Dr. Puga casi á punto de 
ser víctima. 

Era presidente de la mesa el Dr. Puga, y figu- 
raba como uno de los escrutadores el Sr. Loren- 



1 



— 17 — 

20 Iglesias, que estaba sentado á la Izquérdá del 
presidente. 

Algunos de los otros miembros que la for^ 
maban, principiaron á cambiar, con disimulo, 
las papeletas que contenían los votos; obser- 
vado este procedimiento por el presidente, 
les advirtió que se abstuvieran de él, por ser 
irregular y fraudulento, A pesar de esto, se 
reincidió en la falta, y el Dr. Puga quiso con- 
tenerla con serena energía. Con este motivo 
se originó un violento conflicto: el Sr. Lorenzo 
Iglesias saca un revólver, y diciendo que no 
puede consentir que se falte á U lealtad pro- 
metida, ni se ofenda al presidente de la mesa, 
hace dos disparos y -hiere con el segundo al 
Dr, Puga, clavándole una bala en la región 
posterior izquierda del cráneo. No obstante su 
herida, el Dr. Puga se lanza sobre su agresor y 
lo arroja del tabladillo; Iglesias huye despavori- 
do por entre la multitud, que se agrupaba al 
lugar del suceso, y va á buscar refugio seguro. 
Esta escandalosa alevosía produjo en todos 
los ánimos, la más justa indignación. La auto* 
ridad ordenó la captura del delincuente y, fu- 
riosos, los partidarios del Dr. Puga se prepa- 
raban á castigar, severamente, el atentado que 
se acababa de cometer. 

■ Por fortuna, la herida, que al principio se con- 
sideraba mortal, no lo fué; el Dr. Puga había 
salvado providencialmente su vida, pero con- 
servó la bala incrustada en el cráneo, causán- 
dole una ligera perturbación en el órgano audi* 
tivo izquierdo. 



— rg — 

AI saber Iglesias, desde su escondite, que no 
había muerto el Dr. Puga, le hizo dar suplica- 
torias satisfacciones* protestando que todo ha- 
bía sido efecto de la casualidad. El Dr. Puga 
admitió, con la noble generosidad que lo dis- 
tinguía, aquellas esplicaciones, perdonó la agre- 
sión, se interesó personalmente para que se 
suspendiera la orden de prisión y calmó la exi- 
tación en que estaban sus partidiarios. 

Al siguiente día funcionaba tranquilamente 
la mesa electoral, presidida por el Dr, Puga y 
haciendo de escrutador D. Loreitó<r Iglesias. 

Este aconticimiento aumentó las simpatías 
populares de que ya disfrutaba el Dr. Puga, y 
el resultado final de aquellas elecciones fué el 
triunfo completo de su candidatura y de las 
• demás sostenidas por su partido; en cuya vir- 
tud vino, como diputado, á representar á Ca- 
jamarca en el Congreso de 1870. 

VI. 

Desde esta época puede decirse que data 
esa lucha de entidad á entidad, que, semejante 
á las de los tiempos del feudalismo, en que los 
señores de horca y cuchillo defendían, á capa y 
espada, en almena y encrucijada, en monte y 
llano, la preponderancia de su respectivo pen- 
dón, ha mantenido por muchos años divido el 
departamento de Cajacarma en parcialidades, 
en que, más de una vez, güelfos y gibelinos se 
han medido cuerpo á cuerpo en campos de agra- 
mante; lucha en que, al fin, sucumbió, el Dr. 



— 19 — 

Puga, no frente á frente atacado, como su acti- 
tud de paladín leal activo y valeroso, lo requería, 
en momentos de combate en campo abierto y 
franco, sino como víctima alevosamente sacrifi- 
cada á mampuesto, por golpe recatado y trai- 
dor. 

Mucho hincapié ha querido hacerse, en los úl- 
timos tiempos, desde que la figura del Dr. Pu- 
ga principió á hacerse una entidad importan- 
te, en la significación de los sucesos de la re- 
cién pasada contienda; mucho se ha insistido 
en dar por origen á la enemistad entre el Dr. 
Puga y los Iglesias, motivos de interés pe- 
cuniario. 

Este es un error en que incurren los que no 
conocieron á las personas, ni han visitado las 
localidades, ó una mañosa y mal intencionada 
propaganda. 

Jamás, entre uno y otros, ha mediado la 
más insignificante cuestión de interés; jamás 
hubo entablado entre ellos negocio pecunario 
de carácter contencioso, que tuviera que ven- 
tilarse ante los tribunales de justicia. Sin rela- 
ciones de parentesco recíproco, sin intereses 
mancomunados, sin reparticiones testamenta 
rias, las fortunas de las dos familias, han sido 
siempre completamente independientes; sus 
propiedades territoriales, así en el campo co- 
mo en la ciudad, están ubicadas á distancia, sin 
que la confusión de límites pudiera levantar- 
se para ser causa de separación. Saneada, rea- 
lenga desde su principio, y productiva en sus 
manos, la fortuna del Dr. Puga y su genial de- 



— 20 

sinterés, lo preservaban de ambiciones absor- 
ventes y de litigios peligrosos. * 

Sólo la preponderancia social, fué siempre 
motivo, causa y alimento de aquella rivalidad 
tradicional. 

La familia de Iglesias es una familia anti- 
gua, notable y numerosa de Cajamarca, con ra- 
mificaciones variadas en una gran parte de 
aquella sociedad. Ellos, con los hermanos y 
parientes de sus esposas, y con los esposos y 
parientes de sus hermanas, forman en Caja- 
marca un núcleo compacto, estrechado por to- 
da clase de vínculos, solidarios. Acomodados, 
casi todos, y ocupando una posición distingui- 
da, desde tiempos anteriores, se creían con de- 
rechos adquiridos al monopolio perpetuo de la 
dirección de la cosa pública en ¿i departamen- 
to,* y consideraban como patrimonio suyo aque- 
lla sección de la República, con exclusión abso- 
luta de todas las demás entidades personales, 
de notoria significación, con que siempre ha 
contado aquel suelo. 

Los Iglesias representaban, pues, una oli- 
garquía de familia, cuya importancia no hay 
por que negar, pero cuyas pretensiones de pre- 
dominio y de absorción completa, se dejaban 
sentir con demasiado peso en la, suceptibilidad 
del resto de la sociedad notable de Cajamarca. 

Esta influencia exclusivista necesitaba un 
contrapeso y vino á constituirlo el Dr. Puga, 
por la importancia, cada vez más creciente, 
que adquría, concentrando en torno suyo to- 
das las opiniones adversas á aquel orden so- 



21 



cial exclusivista, todos los sentimientos lasti- 
mados con aquellas egoístas pretensiones, 
y reuniendo en una sola agrupación á una 
gran mayoría de las personas de más méri- 
to de más sano juicio y de más importancia so- 
cial que, con iguales derechos á satisfacer jus- 
tas aspiraciones personales, se veían impoten- 
tes, por la diseminación y el aislamiento, para 
contrarrestar aquellas pretensiones absorven- 
tes, y para tomar *ma participación útil y acti- 
va en el movimiento de su país hacia los desti- 
nos de bienestar y progreso áque está llamado. 
El Dr. Puga* llegó, pues, á ser el represen- 
tante de este nuevo partido social que, levan- 
tándolo como su caudillo, lo colocaba frente á 
frente del círcujo iglesista, cuyos jefes, por fuer- 
za, hubieron de juzgarlo como un rival pode- 
roso y temible. 

Acaso en los comienzos la lucha no estuvo 
más que en el terreno de principios opuestos y 
de aspiraciones contrariadas, pero más tarde, 
el éxito de los esfuerzos de «nos y otros, suce- 
sivamente adverso ó favorable, fué agravando 
las situaciones, agriando los ánimos, ahondan- 
do los resentimientos; y en lo que antes no 
fuera sino un palenque de controvercia social, 
un campo de intriga política, hubo de abrirse 
un abismo de rencores y odios enconados, en 
cuyas manifestaciones correspondió siempre á 
los Iglesias, la actitud agresiva y al Dr. Puga 
el rechazo tenaz, enérgico y resistente. 

Ambas entidades podían disponer de ele- 
mentos de populariad. 



— 22 — 

Los Iglesias no vacilaban en comprometer sus 
fortunas, gastando profusamente en sostener, 
en el pueblo, adeptos prontos de que echar ma- 
no; siendo el lema de su escudo: ael que no está 
con nosotros, está contra nosotros.» 

El Dr. Puga influía en las masas con sus 
beneficios, con la nobleza de su carácter, con el 
prestigio de que lo rodeaban las caridades de 
su esposa y tenía á su disposición una gran ma- 
yoría del pueblo,que lo secundaba con cariño. 

En condiciones tales, fácil es comprender el 
único y verdadero origen de la enemistad en- 
tre los Iglesias y el Dr. Puga, así como la deli- 
cada tirantez de la situación recíproca, durante 
un prolongado lapso de tiempo. 

Hecha esta digresión, indispensable en el hi- 
lo de este relato, reanudémoslo. 

VIL 

En el Congreso de 1870, en que se debatie- 
ron asuntos de tanta trascendencia para la re- 
pública, en que el patriotismo y la honradez de 
los ciudadanos se vieron sometidos á prueba 
tan acrisolada, el Dr. Puga demostró ser hom- 
bre de convicciones firmes, de carácter inde- 
pendiente, de una moral intachable y un cumpli- 
dor estricto de los deberes del buen ciudadano. 

Fué uno de los 33 representantes que se 
opusieron al contrato Dreyfus, combatiéndolo 
con elocuencia y tenacidad, en la tribuna; é im- 
gugnó, igualmente, con energía, fundada en 
caudal de poderosos razonamientos, que hoy 



— 23 — 

han venido á verse justificado?, el contrato para 
la construcción del Muelle y Dársena. Los sa- 
nos principios y la causa de los bien entendi- 
dos intereses nacionales, lo tuvieron siempre de 
su lado. 

Cuando, en 1871, seajitaba la República con 
motivo de las elecciones y se principiaban á 
establecer las bases del partido de ideas y de 
principios, con exclusión de las personalida- 
des, que se llamó «Partido Civil» y que re- 
conoció como su Director y Jefe al prematura- 
mente malogrado D. Manuel Pardo, el Sub- 
prefecto de Cajamarca, que lo era entonces 
el señor Coronel D. Belisario Barriga, tenía á 
sus órdenes una fuerza respetable, y se mostra- 
ba resuelto á emplearla contra los que hicie- 
ran oposición á las candidaturas oficiales. 

El Dr. Puga, que se había distinguido desde 
el principio de su carrera por su respeto á la 
Constitución y á las leyes, y por sus convic- 
ciones liberales y progresistas, aceptaba con 
decisión la idea civilista, proclamada por el 
nuevo partido, y era entusiasta partidario de 
D. Manuel Pardo. Esta profesión de fé, hecha 
siempre públicamente, fué motivo bastante pa- 
ra que el Prefecto estableciese persecución 
contra él y ordenase su prisión, hasta el ex- 
tremo de que la fuerza pública hubiese alla- 
nado su casa para aprehenderlo. El Dr. Puga 
hubo de verse precisado á buscar seguridad 
para su persona y se retiró á una de sus ha- 
ciendas. Allí permaneció por algún tiempo dis- 
travendo de sí la atención de las autoridades, 



— 24 — . 

hasta* uft momento oportuno para presentarse 
de nuevo y útilmente en escena. 

En efecto, el día señalado y en el momento 
en que debían principiar los actos electorales, 
el Dr. Puga, desafiando abusos y arbitrariedades, 
ocupó su puesto al frente de su partido y se 
presentó presidiendo la mesa-momentánea. 

El Dr. Paga tuvo, pues, la buena suerte de 
ser así un elemento poderoso en el Norte, pa-' 
ra la propaganda civilista liberal y pudo contri- 
buir eficazmente al triunfo de los principios y 
de la candidatura que el nuevo partido había 
proclamado. 

En 1872, cuando, en medio del descontento 

{>roducido en toda la República por las vio- 
enciasy aberraciones de la dictadura de Gu- 
tiérrez, fué la fuerza armada á disolver el 
Congreso, se encontró al Dr. Puga entre los 
que con más energía protestaron, en nombre 
del orden y de la estabilidad de las institucio- 
nes, del atentado brutal que se cometiera con- 
tra el más alto de los poderes públicos. 

El gobierno legal establecido sobre las ruinas 
de la efímera dictadura, honró, poco después, 
en 1873, a l Dr. Puga, con la investidura de Vo- 
cal propietario de la Ilustrísima Corte Superior 
de Cajamarca. Superfluo es decir, conocidos 
sus honrosos antecedeates como majistrado, 
que en aquel nuevo puesto supo ser tan estric- 
to, prudente y justiciero, que nunca, ni aun la 
más envenenada malediscencia se ha atrevido 
á levantar la más lijera sombra sobre su probi- 
dad acrisolada. 



/ 



25 — 



VIII. 



En los primeros tiempos del gobierno que 
presidía Don Manuel Pardo, fué nombrado 
Don Miguel Iglesias Prefecto del Departamen- 
to. Llevando este caballero siempre adelante su 
sistema de valerse de todas las situaciones 
-para dar pábulo á sus id^as de predominio per 
sonal y absoluto en aquella región, quiso en- 
tonces ponerlo en práctica una vez más. Sin 
embargo de las reiteradas órdenes superio- 
res que se le impartieron para que procediese á 
instalar los Consejos Departamental y Pro- 
vinciales, opuso á ello obstinada resistencia, 
sin llegar nunca á verificarlo. El cumplimiento 
de aquellas disposiciones no favorecía sus in- 
tereses, pues esas corporaciones, formadas con 
personas de lo más selecto y honorable jie las 
poblaciones, que no eran de su devoción, no 
podían ser. manejadas por él. Tal conducta le 
valió su destitución. 

Muy pronto Iglesias quiso cobrar al Gobier- 
no esa legal y fundada destitución, secundando 
en Cajamarca el movimiento revolucionario 
encabezado por D, Nicolás de Piérola. Pero 
los esfuerzos de Iglesias, y aun la revolución 
misma, por lo que respectaba al Norte, que- 
daron completamente sofocados en la batalla 
de Puruhuay, donde las fuerzas del orden ob- 
tuvieron un triunfo definitivo. 

Iglesias, caudillo revoltoso, derrotado y des- 
truida por un Gobierno fuerte y prestigioso 



— 26 — 

que tenía en su apoyo lo mas notable y esco- 
jido de Cajamarca, acabó de perder la in- 
fluencia social que aun pudiera tener hasta en- 
tonces, quedando reducido al círculo limitado 
de su familia y de algunos cuantos procélitos 
del pueblo, á quienes nunca se descuidaba dé 
mantener á sueldo. 

Conviene referir un incidente: 

De mucho tiempo atrás seguía la Beneficen- 
cia de Cajamaxca un ruidoso pleito contra la 
familia Iglesias, de quien reclamaba k pose- 
sión de una extensa y hermosa casa, situada 
en la esquina que forma la Plaza con la calle 
del Comercio; una de las fincas más valiosa y 
productivas de la s ciudad de que venían usu- 
fructuando los Iglesias contra todo derecho, y 
de la que sólo los cargos por arrendamientos 
ascendían á más de S/. 40,000. 

Entonces se trató de llevar adelante con to- 
da su rigurosa tramitación la prosecución .de 
-este juicio, estorbada, siempre por la influencia 
de los demandados. 

Con este motivo, y 4 fin de ver si les era po- 
sible evitar un resultado, que forzosamente te- 
nía que serles adverso, propusieron á la Bene- 
ficencia una transacción, que no puede por 
menos que calificarse de ridicula, por la cual 
.. ofrecían á la Corporación la suma de ocho mil 
soles á trueque de sus derechos y de las in- 
gentes sumas que le adeudaban. 

La ^ Beneficencia rechazó, como es natural 
suponerlo, esta propuesta, por inaceptable. 

Este rechazo sirvió de motivo para un es- 



— 27 — 

cándalo que apenas puede concebirse. Los 
Iglesias armaron á unos cuantos de sus infe- 
lices espadachines del populacho, entre los que 
se confundían muchos gendarmes disfrazados, 
y, en alborotado grupo, capitaneados por al- 
gunos miembros conocidos de la familia, dis- 
parando tiros y profiriendo vociferaciones es- 
trepitosas, se avalanzaron sobre el local en 
que funcionaba la Beneficencia,. intimando á la 
Corporación, á nombre del pueblo, para que 
aceptase la transacción propuesta, so pena de 
perder sus miembros la vida, asesinados. 

La Corporación no se amedrentó con esta 
actitud, insistiendo en su negativa, aunque 
suspendiendo, prudentemente, la Junta, por el 
momento. 

Tal acontecimiento produjo en toda la So- 
ciedad la mayor indignación y levantó un en- 
cono general en contra de los Iglesias; la pren- 
sa local vituperó en voz alta y enérgica seme- 
jantes atentados y la juventud, unánime, resol- 
vió congregarse en una asociación patriótica 
denominada «Orden y Progreso» para prótejer 
las instituciones y propender á la instrucción 
popular: más de doscientos artesanos, con to- 
dos los jóvenes visibles é ilustrados de la ciu- 
dad á la cabeza, llegaron á afiliarse en ella. 

Esta actitud de la sociedad hería de muerte 
la altiva soberbia y las orgullosas pretensiones 
de los Iglesias y dio ocasión á otra serie de fu- 
nestos y criminales atentados. 

En la noche de su instalación solemne, la 
Sobiedád «Orden y Progreso» fué atacada á 



L 



— 28 — 

balazos y disuelta violentamente por los gen- 
darmes disfrazados, que dieron muerte á ui\os 
é hirieron á otrqs, haciendo víctimas de su ale- 
vosía á jóvenes distinguidos por su inteligen- 
cia y méritos apreciables. Al día siguiente, la 
autoridad, dando el carácter de sedición á un 
acto lícito, permitido por la ley fundamental y 
llevado á cabo tranquila y pacíficamente, arde- 
nó la clausura de las imprentas, apresó á mu- 
chas personas y persiguió á todos los miem- 
bros de la Sociedad. 

Era por entonces Prefecto del Departamen- 
to el señor Vidal García y García, casado con 
una sobrina carnal de D. Miguel Iglesias, y 
ccm su autoridad, no solamente toleraba, sino 
que apoyaba y daba pátfulo á todos estos es- 
cándalos. 

Ellos acabaron de aniquilar la reputación de 
los Iglesias, sostenidos ya únicamente por la 
fuerza pública; suscitaron en su contra la opi- 
nión de toda la Sociedad y obligaron á ésta 
á levantarse en oposición decidida y organi- 
zada. 

Es fácil de comprender, en tales circunstan- 
cias!, cuál sería la actitud y el procedimi ento 
del Dr. Puga, quien, con una conducta entera- 
mente opuesta y siempre intachable, recha za- 
ba las arbitrariedades, encabezaba la resisten- 
cia que ellas exigían y ganaba, día por día, en 
prestigio y popularidad; pudiendo decirse que 
desde aquella época llegó á ser el hombre de 
Cajamarca. 

En tal carácter hubo de conservarse duran- 



— 2 9 — 

te los últimos años deteste período, que puede 
considerarse como la segunda faz de su vida, 
terminado con su asistencia al Congreso de 
1878, como representante por la Provincia de 
Pataz, y su regreso á Cajamarca, después de 
terminadas las tareas legislativas de aquel año. 
El cumplimientq de sus deberes de Majistra- 
do, el asiduo cuidado de sus intereses, las exi- 
gencias de la situación política y las tranquilad 
expansiones de un hogar próspero y feliz ha- 
bían ocupado su tiempo y absorbido alternati- 
vamente, de una manera provechosa, la exis- 
tencia del Dr. Puga, que se deslizaba serena 
por un sendero risueño y florido hasta allí. 



IX. 



Había sonado ]&. hora siniestra para el Perú, 
cuyos ecos, en su prolongada vibración, debían, 
al fin, repercutir funestos también para el pro-' 
¿agonista de este relato. 

Un día amaneció enturbiado el horizonte de 
. la patria por densos nubarranes color de pio- 
rno y pólvora; el Sol de los Incas se levantó te- 
ñido con resplandores de sangre; el rebato de 
alarma y la generala de combate, tocados en 
Abril de 1879, se dejaron oír en todos los ám- 
bitos de la República, y sus repercuciones lle- 
garon á Cajamarca anunciando que Chile ha- 
bía declarado la guerra al Perú. 

¿Quién no voló entontes á alistarse en las 
filas de la defensa nacional? 



— 3 o — 

El Dr. Puga fué uno de los primeros, de los* 
más decididos y de los más entusiastas. 

Conocidos sus sentimientos y los anteceden- 
tes que le eran característicos, su actitud no 
pudo ser otra que la del patriotismo sobrexi- 
tado, resuelto á todo por salvar incólume la 
honra nacional. Esa fué la que adoptó desde el 
primer momento. 

Autorizado por su prestigiosa posición, to- 
mó la iniciativa en los procedimientos de su 
sección territorial, y les dio principio convocan- 
do un gran meeting popular. En esta reunión 
se resolvió organizar un batallón que llevaría el 
glorioso nombre de »Gálvez,» y levantar una 
suscripción para sostenerlo y equiparlo á costa 
de los ciudadanos y sin gravamen para el era- 
rio público, que debía conservarse siempre re- 
pleto para atender á las eventualidades que la 
nueva situación debería traer consigo. Aquella 
suscripción, encabezada por Puga, llegó, en só- 
Jo el primer momento, á cuatro mil soles. El 
batallón quedó igualmente organizado el mis* 
mo día, con más de 500 plazas. El Prefecto 
del departamento, que lo era entonces acciden- 
talmente el Sub-prefecto del Cercado, don Gu- 
mercindo Herrada, asistió al meeting, agradeció 
á los ciudadanos, en nombre de la República, los 
. importantes y oportunos servicios que le ofre- 
cían, y manifestó á los futuros guerreros que 
podían adiestrarse en los indispensables ejerci- 
dos, en tanto que el Supremo Gobierno, á 
quien se remitieron la respectiva acta de la reu- 
nión y la plana mayor del batallón recién orga- 



— 3i — 

nizado, aceptaba directamente los procedimien- 
tos, y les daba su aprobación. 

Don Miguel Iglesias se propuso también or- 
ganizar un batallón; pero estaba completamen- 
te divorciado del pueblo, y fué muy reducido 
el número de individuos que se prestaron á 
servir bajo sus órdenes. Esto sublevó nueva- 
mente su susceptibilidad, y, sin considerar que 
ante el peligro de la patria, debían ser depues- 
tas todas las rivalidadas y contribuir todos, so- 
• lidaria y mancomunadamente á prestarle su 
apoyo, dejó que aquellas predominasen y se 
propuso estorbar, á todo trance, la iniciativa 
del Dr. Puga. Tenía, para conseguirlo, dominio 
sobre el Sub-prefecto que representaba á un 
miembro de su familia, y, secundado por la au- 
toridad de éste, puso en práctica sus planes. 

Una noche, estando acuartelados algunos de 
los individuos alistados en el batallón « Gál- 
vez» en el local que les servía de alojamiento, 
y otros en sus domicilios, cayeron los gendar- 
mes simultáneamente y de una manera inespe- 
rada en distintos lugares, reclutaron á la ma- 
yor parte, los condujeron al cuartel y los enro- 
laron, contra su voluntad, en el esqueleto de ba- 
tallón proyectado por Iglesias. El pueblo se 
aglomeró en la casa delDr. Puga, resuelto á 
castigar el abuso que se cometía contra los ciu- 
dadanos: pero el Dr. Puga comprendió que, en 
aquéllas circunstancias, un conflicto de seme- 
jante naturaleza habría sido un borrón para el 
país, y calmó los ánimos. 

Desde ese momento se pusieron eft juego 



— 2>2 — 

por los Iglesias, cuantos medios estuvieron á 
su alcance para atravesar todos los proyectos 
del Dr. Puga, hacer ineficaces todos "*sus es- 
fuerzos en favor de la defensa nacional, é im- 
pedir, á toda costa, que, viniendo al teatro de 
la campaña, al frente de sus compatriotas del 
Norte, conquístase para sí la rama de laurel 

3ue era, por entonces, la más noble aspiración 
e todo buen peruano. El Prefecto impedía las 
reuniones del «Gálvez,» y la ejecución de los 
ejercicios doctrinales; enviaba al gobierno infor- 
mes extravagantes, ágenos de la verdad, y perse- 
guía con el reclutamiento y de cuantas mane- 
ras le era posible á las personas que seguían 
con el Dr. Puga. De esa manera y, á pesar del 
interés que se tomó, aun valiéndose de las in- 
fluencias que en Lima parecían más poderosas, 
no fué posible conseguir la aprobación de la 
plana mayor del batallón «Gal vez,» ni por él 
Cobiernó del General Prado,, que hó llevaba 
bien al Dr. Puga, por no haber sido antes par- 
tidario suyo, ni por. el Gobierno del general 
La Puerta que le sucedió. En cambio, Iglesias 
fué nombrado Comandante en jefe de las fuer- 
zas que se organizaban en los departamentos 
de Cajamarca, Amazonas y Loreto. Del Dr. 
Puga sólo el dinero era aceptable para todas 
las exigencias de la situación; como que támpo^ 
co nunca lo escatimó en servicio de la causa 
nacional. 

El patriotismo del Dr. Puga hubo de sufrir, 
por todo esto, la más amarga contrariedad, al 
ver que se le negaba hasta el derecho de servir 



— 33 — 

já su patria, con el concurso, importante por cier- 
to, de su prestigio reconocido, de los numero- 
sos elementos de que hubiera podido disponer, 
y aun de su vida, en caso necesario. Decepcio- 
nado hondamente ante la impotencia á que se 
veía reducido por las hostilidades de la autori- 
dad y lleno de amargura, se vio obligado á re- 
tirarse á la provincia de Celendín, á dar tre- 
guas á la situación, explotando una rica mina 
de cobre que poseía, llamada Nueva Australia^ 
en la hacienda de Rambrán, y esperando allí 
ocasión más propicia y oportuna, de satisfacer 
sus patrióticos deseos. 

Entre tanto, los sucesos se desarrollaban 
con rapidez* 

Las fuerzas que trajo, por fin, Iglesias á la 
capital, sirvieron de base para el movimiento 
revolucionario que elevó á D. Nicolás de Pié- 
rola al poder dictatorial. Iglesias fué nombra- 
do Secretario de guerra, y en virtud de la mu- 
cha influencia que conquistó cerca de éste, con- 
siguió que una de sus primeras disposiciones 
fuese separar de la Corte Superior de Caja- 
marca á los íntegros vocales Arbaiza, Padier* 
na y Puga, persiguiendo así á este último, has- 
ta en el sagrado recinto dé la ley. 

X. 

En los supremos y angustiosos instantes de 
los desastres de Enero de 1881, encomendó el 
Sr. Piérola al Contra-almirante Montero la mi» 
sión de organizar los siete departamentos del 



— 34 — 

Norte, invistiéndolo con el carácter de Jefe sttv- 
perior político y militar, para mantener en ellos 
la actitud bélica, continuar haciendo esfuerzos 
para la defensa nacional y conservar en aquella 
sección de la Reptíblica la unidad política de 
que el §eñor Piérola quedaba siendo el único 
representante y en cuyas manos tremolaba le- 
vantado todavía, el pabellón nacional. 

Aceptado el patriótico encargo, el Contra-al- 
mirante Montero se dirijió á Trujíllo,' á donde 
llegó el 23 del mismo mes y permaneció en esa 
ciudad, tratando de dar principio á su misión, 
hasta el 1 7 de Febrero, en que, después de pre- 
senciar el desembarqi^e de las tropas chilenas 
que iban á extender hasta allí la ocupación, se- 
vió obligado á emprender la retirada sobre Ca- 
jamarca, seguido ya de un pequeño núcleo de 
buenos coadjutores y con los pocos elementos 
que en tan cortos días pudo reunir. * 

Mandaba entonces en Cajamarca el coronel 
don Pedro P. Urrunaga, concuñado de Iglesias^ 
como Prefecto nombrado por éste. Al saber la 
noticia de la llegada del nuevo Jefe superior, 
se pensó por aquella autoridad y por algunos 
de los miembros del círculo iglesista, impedir la 
entrada ál General Montero, aun recibiendo á 
balazos su comitiva, á fin de oponerse al esta- 
blecimiento de un nuevo orden de cosas y de 
seguir con las riendas en mano, como, autori- 
dad de reserva, para acomodar luego la situa- 
ción de una manera ventajosa, según lo acon- 
sejasen los sucesos posteriores. Felizmente no 
predominó semejante idea y se tuvo la cordura 



— 35 — 

de no provocar un conflicto en aquellas aflicti- 
vas circunstancias. 

El Jefe superior llegó tranquilamente á Ca- 
jamarca, el 20 de Febrero y principió su labor 
organizadora. 

( El desaliento causado por la funesta nueva 
de la catástrofe, la desconfianza de poder pro- 
ducir una reacción favorable y el aturdimiento 
ocasionado por el golpe, tan violento como ines- 
perado, de una desgracia que se consideraba 
irreparable, se habían apoderado de los pueblos 
de tal manera que la misión reorganizadora del 
Contra-almirante Montero tenía que iniciarse 
luchando con la más tremenda de las oposicio- 
nes: la de la inercia, y arrostrando dificultades, al 
parecer insuperables, fáciles de comprender. 

Pero la buena voluntad se sobrepone á todo, 
y la tenían los ciudadanos para salir de su es- 
tupor y emprender un nuevo esfuerzo, posible 
aún, que salvase la patria; y la tenía la autori- 
dad para imprimir impulso á la situación, y dar 
movimiento vital á los pueblos. 

Con menos lentitud de la que pudo temerse 
fueron reaccionándose los ánimos y allegándo- 
se los ciudadanos á la autoridad para robuste- 
cerla y facilitarle su labor. No faltaron reacios, 
sin embargo. 

La Jefatura superior quería reunir en torno 
suyo todos los elementos de valia de que podía 
disponerse y apeló, sin distinciones de ningún 
género, al sentimiento patrio de todas las enti- 
dades sociales y personales que pudieran pres- 



_ 3 6- 

tarle su contingente de luces, de prestigio lo- 
cal y de materiales efectivos indispensables. 

El círculo iglesista, acéfalo accidentalmente 
por ausencia de sus dos jefes principales, guar- 
dó silencio hasta la llegada de don Lorenzo Igle- 
sias, que volvía desde el ala izquierda del campa- 
mento de Vasquez reflejando sobre su nombre 
y sobre su grado de coronel las luctuosas glo- 
rias de San Juan y Morro Solar. 

La respuesta de este jefp al llamamiento que 
se le hizo fué el silencio. 

Nombrado Jefe de Estado Mayor General 
para la organización del nuevo ejército, no con- 
testó siquiera la nota en que se le comunicara el 
nombramiento, esplicando privadamente esta 
conducta con la ausencia de su hermano mayor, 
don Miguel, sin cuya anuencia no se considera- 
autorizado para adoptar ninguna actitud. 

Cuando Don Miguel Iglesias llegó de Lima, 
el 12 de Abril, resolvió aquel silencio en una 
negativa absoluta de tomar participación en la 
dirección de los asuntos públicos y de prestar 
auxilio de ningún género á la autoridad. Ya se 
dejaba presentir cual sería su reserva mental, 
incubadora de gérmenes que brotarían en un 
próximo porvenir. 

El Dr. Puga, por el contrario, abandonando 
su retiro de «Nueva Australia» y los producti- 
vos trabajos de una mina en boga, sin embargo 
de encontrarse con la salud alterada acudió pre- 
suroso á la llamada que le hacía la patri^, por 
órgano del Contra-almirante Montero, para 
que se entregase á su servicio y puso, sin 



— 37 — 

reservas, á disposición de la autoridad, su per- 
sona, sus relaciones, su fortuna y todos los ele- 
mentos que estaban á su alcance. 

El cuidado primordial más activo de la ad- 
ministración hubo de dedicarse á satisfacer la 
necesidad más imperiosa del momento, que 
consistía en la organización de un ejército. Nin- 
gún esfuerzo se omitió para realizar este pro- 
pósito, al que contribuyó eficazmente el Dr. 
Puga, estimulando con su ejemplo el patriotis-* 
mo, la cordura y la generosidad de los pueblos, 
que formaron un' núcleo compacto y homogé- 
neo, ofreciendo, para servicio de la patria, sol- 
dados, armas y recursos. 

En corto número de meses pudo verse en 
ventajoso y lucido pié una fuerza de cerca de 
3, oro hombres, sólo en Cajamarca, aparte de 
las que se organizaban en los otros departa- 
mentos én donde la ocupación lo permitía* 

Decretada la organización de la reserva, el 
Dr. Puga se encargó de facilitar esta parte de 
la tarea y en pocos días pudo presentar un 
grupo de ciudadanos suficiente para formar 
dos numerosos batallones, de uno de los cuales, 
bautizado con el histórico nombre dtAtahuallpa, 
se le confirió el mando inmediato, expidiéndo- 
sele los despachos de Coronel. Este batallón, 
declarado movilizable, se acuarteló inmediata- 
mente y sirvió, siempre á las órdenes de su 
jefe, para el desempeño de comisiones impor- 
tantes, .en. las que rivalizaba en celo y actividad 
con los de línea. 

El Dn Puga no desperdiciaba ocasión ni evi- 



- 38 - - r 

taba sacrificio de ningún género para dar pres- 
tigio á la autoridad y despertar en los ciuda- 
danos el entusiasmo por la causa nacional. 

Una prueba entre otras. 

El prestigio de que goza el caudillo da ¡dea 
de la importancia de la causa que sostiene. 

Era preciso infundir á los pueblos confianza 
absoluta en el Jefe actual de la situación; colo- 
car al director local á la altura que exigía el 
propósito; darle una importancia digna de los 
fines á que se aspiraba. Todo lo que se hicie- 
ra en homenage del caudillo redundaría un es- 
tímulo para el patriotismo, que podría esperar 
mucho de sus esfuerzos ofreciéndolos á una 
autoridad estimada, respetada y prestigiosa. 

Todos, todos, cada cual en su esfera, debía- 
mos esforzarnos en contribuir á ese resul- 
tado. 

Propicia ocasión presentaba para ello el na* 
talicio del Contra-almirante Montero,cuya fecha 
coincidía con la de la gran batalla del Alto de 
la Alianza, honroso timbre de gloria con que 
puede enorgullecerse nuestra desgracia, 

El pueblo de Cajamarca quiso aprovechar 
esa oportunidad para festejar, doblemente, en 
la persona del Contra-almirante Montero al Je- 
fe de los ejércitos peruanos que allí supieron 
conquistar un heroico laurel y al continuador 
de la defensa nacional que conservaba aliento 
patriótico, á pesar de la rudeza de los recientes 
desastres, en apariencia definitivos. 

Con este motivo el Dr. Puga ofreció al gene- 
ral Montero una serie de esas fiestas que, por 



— 39 — 

su esplendidez, dejan recuerdo tradicional en 
los pueblos que las presencian. 

El Dr, Puga, por su desinteresada conducta, 
por su consejo siempre sano y oportuno, por 
su actividad y por su entusiasmo, llegó á ha- 
cerse digno de que el Jefe Superior depositase 
en él toda su confianza, 

A ella sabía corresponder afanoso el Dr, 
Puga, prestándose siempre, con la mayor bue- 
na voluntad, á todas las exigencias. 

Sin embargo de que los principios políticos 
y las afecciones de partido, así del Dn Puga 
como de la autoridad y de casi todo el perso- 
nal que la rodeaba, eran opuestos al sistema 
de la dictadura y aun á la individualidad que la 
representaba, el programa defiinido de la Jefa- 
tura superior del Norte fué, desde un princi- 
pio, el mantenimiento, á toda costa, de la uni- 
dad nagonal, condición indispensable de buen 
éxito para la salvación de la honra de la patria, 
en cualquiera circunstancia y más que nunca 
en la que venía atravesándose. El restableci- 
miento de las instituciones republicanas tute* 
lares del país, la restauración del imperio de 
la constitución y las leyes, vendría en su opor- 
tunidad, por mucho que constituyesen el anhe- 
lo íntimo de todos. 

Con motivo de la proclamación del gobierno 
organizado en Lima por el Dr. García Calde- 
rón, se llevó á cabo un movimiento político en 
Chachapoyas, que, después de deponer á la au- 
toridad local, encomendada al señor Pablo 
S&ntillán, desconocía el régimen dictatorial y 



— 4o — 

ée adhería al gobierno creado en Lima, y esta- 
blecido en la Magdalena, 

Este gobierno, no reconocido todavía en la 
república y nacido de exigencias locales, estaba 
circunscrito á los estrechos límites de la capital. 
El iftovimiento de Chachapayas, aparte de que 
por el aislamiento debida ala enorme distan- 
cia y á la interposición, en todas direcciones, de 
la fuerzas del gobierno dominante en el resto del 
país, era inútil é impotente para vigorizar el 
orden de cosas proclamado eñ Lima, no pare- 
cía más que un pretexto para satisfacer aspira- 
ciones lugareñas, y efectuar un cambio de au- 
toridades locales. De cualquiera manera, cons- 
tituí un estorbo para los procedimientos em- 
prendidos, y era indispensable tratar de conte- 
nerlo y de impedir que creciese en propor- 
ciones. 

El Dr. Puga fué encargado de desempeñar 
esta delicada é importante misión, y supo con- 
seguir el más satisfactorio resultado. 

Hacia el 20 de Jtilio de 1881 partía el coro- 
nel Puga con dirección á Chachapoyas, acom- 
pañado de un grupo dé empleado^ "competen- 
tes, resguardado por el batallón a Atahuallpa,» 
de sü mando, provisto de las necesarias ins- 
trucciones para restablecer el orden en el de- 
apartamento de Amazonas, y autorizado amplia- 
mente para* proceder allí como mejor lo requi- 
riesen las circunstancias. ; 

La sagacidad, el tino y la prudencia que pu- 
so en juego el Dr. Puga en el desempeño dé 
esta comisión, le permitieron conseguir el ob- 



— 4* — 

jeto buscado, obteniendo, por el brillante éxi- 
to con que sus procedimientos fueron CQ.rona- 
dos, la más plena aprobación oficial, según de- 
creto de fecha 8 de Agosto del mismo año. 

Los pormenores de este incidente constan 
de los documentos que van insertos más ade- 
lante. (Anexos Nos. i y 2.) 

Como consecuencia de estos sucesos se le 
nombró Prefecto de aquel departamento, (ané- 
jeos ' números 3 y ¿y) desempeñando este cargo 
hasta fin de Octubre, en que regresó á Caja- 
marca, á dar cuenta final de su cometido, tan 
importante como de provechosos resultados, 
en el informe que se verá también. (Anexo nú- 
mero 5.) 

Durante su permanencia en Chachapoyas, 
el Dr. Puga puso en patriótico movimiento los 
dos departamentos, de Amazonas y Loreto, 
consiguiendo de ellos toda clase de redursos y 
,elemeptos>.que poner á disposición de la Jefa- 
tura suprior. ■ ' \ 

El 29 dé Octubre llegaba á la plaza de Caja- 
marca, encaminado por el coronel Puga, t¡ino de 
los contingentes de Ates • significación; con que 
los pueblos han demostrado su amor á la pa- 
tria. Componíalo ún crecido cargamefito de 
víveres variados y abundantes, dinero y arma- 
mento, en elcual figuraban cinco cañones, traí- 
dos desde Iquitós y conducidos á hombros de 
patriotas, desde Moyobamba. 

Causa todavía ternura recordar aquellos es- 
fuerzos. 

La mitad de los hijos de un pueblo sajía con- 



— 42 — 

«luciendo en sus hombros aquella pesada carga, 
hasta la mitad de la distancia que lo separaba 
del pueblo inmediato. Allí esperaba el numero» 
necesario de vecinos de éste, que la recibía He- 
no de alegre entusiasmo, dando vivas al Perú 
y sintiendo ligero el peso que soportaban por 
Servirlo, atravesando caminos intransitables. 
Así se iban reemplazando, voluntariamente, 
aquellos buenos hijos de la nación en la peno- 
sa y lenta tarea. 

¡Cuántos sacrificios! ¡Cuánta abnegación re- 

} presentaban aquellos generosos esfuerzos, aque- 
tas patrióticas donaciqnes! 

¡De cuan diferente recompensa fueron mere- 
cedores! 

XI. 

Los sucesos políticos iban, intertanto, toman- 
do un sesgo diverso en el resto de la República. 

Cambiadas las circunstancias que hicieron de 
la Dictadura una necesidad en un momento 
dado, el país creyó conveniente derrocarla, bus- 
cando su unificación en el sistema de gobierno 
que reclamaban sus hábitos arraigados y sus 
naturales aspiraciones; bien podía seguirse tra- 
bajando por la regeneración nacional bajo la 
egida de las instituciones permanentes. 

El Gobierno establecido en Lima, que había 
proclamado el restablecimiento de esas institu- 
ciones, trabajaba con empeño por afianzarse y 
ganaba partido y terreno en toaas las seccio- 
nes del país. En el Sur \p reconocía el movi- 
miento efectuado por el coronel Latorre, el 7 de 



— 43 — 

Octubre, en Arequipa. En el Centro se prepa- 
rábala evolución del 14 de Noviembre, por la 
cual el ejército desconocía la dictadura y pro- 
clamaba al General Cáceres Jefe Supremo Pro- 
visorio de la República; designación con que el 
previsor patriotismo de este ciudadano le impi- 
dió investirse aceptando solamente el principio 
aclamado é invitando á la nación á constituir 
un triunvirato que la gobernase transitoria- 
mente. 

El General Montero, que, como queda dicho, 
se mantenía bajo el régimen dictatorial, no por 
adhesión á él como principio, sino por un sen- 
timiento de lealtad caballerosa, no dejaba de 
sentir la influencia de la corriente de opinión 
que llevaba al país á la constitucionalidad y era 
solicitado, para seguirla, por toda clase de exi- 
gencias poderosas, de carácter público y priva- 
do, entre las que egercían considerable peso las 
reiteradas instancias del señor Hurlbut, Minis- 
tro de los Estados Unidos, con quien estaba 
en continua correspondencia sobre los asuntos 
de la política internacional y que consideraba 
el reconocimiento del Gobierno provisorio, es- 
tablecido en Mayo, como la condición indispen; 
sable de una intervención directa de aquel 
Gobierno para la celebración de una paz que 
permitiese á la honra y á la integridad nacional 
quedará salvo. 

El Congreso de Chorrillos, en previsión, jus- 
tificada muy poco más tarde, de sucesos ines- 
perados, expedía la ley de 29 de Setiembre, 
sancionada el 4 de Octubre, que investía al ge- 



— 44 — 

neral Montero con el carácter de Vicepresi- 
dente de la República y lo autorizaba para asu- 
mir el Poder Ejecutivo en el caso de impedi- 
mento del ciudadano que desempeñaba esas 
funciones. El General Montero recibía este 
nombramiento y se reservaba el dar contes- 
tación á él según y cuando lo indicasen la opor- 
tunidad y las conveniencias. 

La constitucionalidad proclamada en Lima, 
y reconocida en el Sur; la actitud del ejército y 
el proyecto de un gobierno tripersonal de tran- 
sición, proyectado portel General Cáceres en 
el Centro; el régimen, dictatorial acatado toda- 
vía en el Norte, eran tres entidades políticas, 
que dividían el país, constituyendo el más po- 
deroso elemento de anarquía y de discordia^ 
qué' era preciso evitar á todo trance. 
: Era indispensable optar pronto y definitiva- 
mente poruña de filias, que estaba indicada 
pbr la fcierza de la opinión, y ¡quizá también, ó 
aun sin quizá, por el interés privado. 
. Lá necesidad primordial de la unificación se- 
ñalaba la tonstitupkmalidadcomo el sendero 
más ffecto y atinado, y así lo reconoció también, 
poco dfespués, el General Cáceres, inspirado 
en las> mismas consideraciones de amor patrio, 
alexpedír su decreto de 24 de Enero de 1882, 
reconociendo al Gobierno Provisorio, adhirién- 
dose al régimen constitucional, rehusando ter- 
itiinantemente el carácter de Jefe Septenio con 
que se 'le invistió en la Chosica y conservan- 
do solamente la autoridad de Jefe Superior que 
venía desempeñando. 



— 45 — 

En estas circunstancias, el General Montero 
no quiso proceder siguiendo sólo sus. propios 
impulsos para adoptar una actitud, y acatando 
la sana indicación de personas de buen crite- 
rio como eí $ Dr. D. Rafael Villariue va su Se^ 
cretario Óeneral, el Dr. Puga^y otras que lo 
rodeaban, convocó, invitando pública y * priya- 
idamente, á todas las autoridades políticas, ju- 
diciales y municipales y á todos los ciudadanos 
notables de lps Departamentos de su jurisdic- 
ción, para una junta general en que se mani- 
festase categóricamente la opinión y la volun- 
tad de los pyeblos del Norte. 

Esa reunión, celebrada en Cajamarca el. 8 de 
Noviembre, se pronunció en favor del régimen 
constitucional, suscribiendo un acta en que ha- 
cía constar la voluntad de los pueblos que re- 
presentaba, é invitó al jefe Superior par^que 
propendiese á la unificación nacional, acogién- 
dose á aquel régimen tutelar. El ejército del 
Norte, á quien fué sometida en consulta, aca- 
tó esta decisión, formulando, á su turno, un ac- 
ta en el mismo sentido que la de los ciudada- 
nos. En consecuencia el General Montero se 
sometió á estas deliberaciones y entró de lle- 
no en el sendero de la Constitución, desde el 9 
de Noviembre de i88í. 

Jira esta la primera vez en la República que 
un movimiento político no era elresultado.de 
;una iniciativa de cuartel, impuesta por la fuer- 
za de las armas. El ejército acataba la volun- 
tad de los ciudadanos y se adhería á ella; la 
autoridad se sometía á las deliberaciones de la 



-46- 

opinión general y las secundaba. El procedi- 
miento era .correctamente republicano. 

En todos estos sucesos y en todos los docu* 
méntos que los consignaban, la primera pala- 
bra juiciosa, la primera firma, era siempre lá 
del Dr. Puga. 

En- el resto del país se sucedían otros muy 
graves acontecimientos con pasmosa i^apidez; 

El 6 del mismo mes reducía el enemigo chi- 
leno á prisión al Presidente Provisorio señor 
García Calderón, y lo expatriaba del territorio* 

Este atentado se supo en Cajamarca el 14 
de Noviembre, y decidió al General Montero 
á aceptar el nombramiento hecho por el Con- 
greso de Chorrillos y á encargarse del depó- 
sito sagrado que se encomendaba á su patrio- 
tismo, El 15 de Noviembre, expedía el decre- 
to asumiendo el mando supremo de la Repú- 
blica y prestaba el juramento legal ante la 
Corte Superior de Cajamarca, salvando, con 
ese procediixüento, la soberanía autonómica de 
4a Nación y la existencia constitucional y legal 
del poder publico. 

El General Montero era ya Jefe del Estado, 
era ya Presidente de la República. 

La Jefatura Superior del Norte quedaba 
temporalmente en suspenso. Bien pronto, la 
marcha del Gobierno hacia el Sur, exigida im- 
periosamente, hizo necesario su restablecimien- 
to y el designado para desempeñarla fué D. 
Miguel Iglesias. 



— 47 — 



XIL 



«La Ingratitud tes la independencia del cora* 
zón,» ha dicho un célebre publicista. 

Parece qué esa imdependencia del corazón es 
una de las condiciones inherentes al modo de 
ser de los individuos constituidos para hom- 
bres públicos. 

Raro es aquel que ha sabido distinguir, de 
entre la turba de cortesanos, á sus verdaderos 
¿amigos, á los que con más noble desinterés 
los han secundado, coadyuvando con la abnega- 
do más sincera al triunfo de la causa que pro* 
clamaran, para otorgarles siquiera la retribu- 
ción moral de que son dignos. Los allegados, 
los intrigantes, los favorecidos con las simpatías 
personales, los apadrinados, son los que dis- 
frutan siempre de las primeras y de las mejores 
recompensas. En cuanto á los que sirvieron de- 
sinteresadamente, á los que no saben manejar 
el incensario de la lisonja, á los que se conten- 
tan con la satisfacción del deber cumplido; 
esos quedan arrinconados, cuando no son víc- 
timas de la malediscencia calumniosa. 

El general Montero, en su carácter de hom- 
bre público, no tenía por qué no estar someti- 
do al imperio de aquella ley de la naturaleza hu- 
mana, y el efecto de sus manifestaciones debió 
dejarse sentir sobre muchos de los que le eran 
más allegados, de los que mejor supieron ayu^ 
darlo en toda su complicada labor. 

Hubo de ello numerosos testimonios. 



'S 



• . - 4» — 

Amigos de la niñez y de los tiempos adver- 
sos, fueron desconocidos y menospreciados; je- 
fes dignos y honorables, soportaron desaires y 
fueron depuestos sin cáu&a justificada, ni apa- 
renté, para ser sustituidos por otrps ipcompe- 
ténteg, advenedizos y aun peligrosos*., ; 

El íntegro, inteligente é ilu^tradp. , cajamar- 
quino, Dr. Rafael Villanueva, que, como secre 
tario de la Jefatura superior fué el alma de sus 
operaciones, y uno de los más enérgicos y efi- 
caces impulsores del movimiento que se les 
imprimió, y que, después, como encargado del 
"despacho general de las cinco carteras ministe- 
riales, mientras se organizaba por el nuevo Je- 
fe del Estado un ministerio definitivo, había cia- 
do pruebas relevantes de su competencia y de 
sü expedición én cualquiera de los ramos, no 
fué siquiera considerado á propósito para el 
desempeño circunscrito- de .ninguno de.e}los. 

i Aberraciones de los mandatarios! 

No hay para que tener contento al ^mjgo ni 
acariciar su afectó; ya nos lo ha ofrendado y nos 
pertenece. Todas las consideraciones han de ser 
para el indiferente y aun para' el enemigo, á fin 
dé atraerlo. 

Por ótrá parte, el prisma de las falsas. C9n- 
veniénciás y de la intriga política, aplicado, des- 
de ló alto, hace verlas cosas al través de una 
refracción equivocada, que induce Qasi siempre 
á errores muy difíciles de enderezar. 

Decidida la maroha del Gobierno hacia el 
Centró y Sur de la República, al separarse el 
general Montero de la sección del Norte, en 



— 49 — 

donde dio principio el ejercicio de sus funcio- 
nes superiores y supremas, no debía abando- 
narla sin que quedase bajo el amparo dpi pa- 
triotismo verdadero, del celo cauteloso, de la 
previsión jenerosa y de un interés afectuoso y 
directa, que pudiera llamarse paternal. 

El único, hombre que, por el momento, reu- 
nía aquellas condiciones, que podía mantener 
el Norte, en las disposiciones de solidaridad 
con el resto del país, en el peligro presente, 
era el Dr. Puga, quien, desde los primeros ins- 
tantes había contribuido tan poderosamente al 
éxito hasta entonces alcanzado, y contaba con 
fortuna propia, con prestigio reconocido y con 
buena voluntad decidida, tanto hacia su patria 
como en favor del. mandatario que acababa de 
encargarse de sus destinos. 

Pero el general Montero, dominado quizá, 
por influencias agenas aun á su misma volun- 
tad, no creyó ver al hombre necesario para 
aquel objeto, y en aquellas circunstancias, si- 
no en la persona de don Miguel Iglesias, y es- 
te fué el escogido por él para quedar en su 
lugar, 

¡Error funesto, cuyas consecuencias ha te- 
niao ocasión de lamentar hondamente el país! 

Tqdos los sacrificios de los puebíos, toda la 
serie de conflictos . nacionales, toda la sangre 
pecana vertida durante tres años, se hubiesen 
ahorrado, si, en vez de doij Miguel Iglesias, hu- 
biese quedado el Dr. Puga, el amigo leal, el 
patriota abnegado, al frente de la situación en 
el Norte. 



— 5o — 

El producto de un año entero de labores 
persistentes, de esfuerzos constantes, se p\iso 
en manos de Iglesias, al nombrársele Jefe su- 
perior, político y militar, de los departamentos 
del Norte; al confiarle, en aquel puesto; el en- 
cargo de velar por elíos, de cuidar el orden pú- 
blico; al encomendarle la defensa nacional en 
aqueíla parte del territorio; al depositar en él 
lá más plena y amplia confianza y al entregarle 
todos los recursos reunidos de víVerfes, pertre- 
chos, armas, una fuerza efectiva de certa de 
2,óóo hombres disciplinados, dinero en consi- 
derable, cantidad para sostenerlos y siete pie- 
zas de artillería; todo allí concentrado con inau- 
dito trabajo. 

Sabido es el uso que hizo de aquellos valio- 
sos elementos. 

En la conciencia del general Montero debía 
estar, como estaba en la de todos los que á su 
lado veíamos de cerca, los acontecimientos, y 
podíamos juzgar á las personas, que no era 
atinada ni conveniente, la designación que se 
hacía en don Miguel Iglesias para colocarlo al 
frente de aquella situación, ni fueron tampoco 
escasas las advertencias con que sé le llamó la 
atención en tal sentido. . ? ' 

Bien $e comprendía que el hombre que todo 
se lo negara á la patria, en momentos supre- 
mos de reacción, envolviéndose en una atmós- 
fera de ensimismamiento egoísta, encastillán- 
dose dentro de los linderos de Udima, á la 
sombra de la figura que las circustancias le 
dieron oportunidad jie hacer en San Juan y 



— 5i — 

detrás de una gloria conquistada que, si bien 
era luctuosa pudo conservar limpia; bien se de- 
jaba comprender que ese hombre que todo se 
lo negara al Jefe superior, cuando se le pedia 
su cooperación prestigiosa, para emprender 
desde el Norte, una nu^va cruzada reparadora 
y de redención, no procedía lealmente con la 
autoridad al aceptar, á última hora, el puesto 
que se.le ofrecía. , : / 

Bien se adivinaba que $us protestas de adhe- 
sión y de amor patrio eran un pretexto maño- 
so é hipócritamente pérfido para aprovecharse 
de una oportunidad inesperada y ponerla al ser- 
vicio de la ambición personal. 

Bien se dejaba comprender que el hombre 
que, en más de una ocasión, había puesto tropie- 
zos y servido de remora al funcionario público, 
para impedirle llevar á cabo, con prontas faci- 
lidades, los anhelos del patriotismo, no podía 
ser consecuente con el caballero de quien reci- 
bía las pruebas más marcadas de estimación y 
la recompensa de su conducta pasada, confirién- 
dole el grado de general, que ningún congreso 
hubiera negado para él al presidente que soli- 
citara su confirmación. 

Bien se presentía que el hombre de las am- 
biciones consuetudinarias» al recibir la delega- 
ción absoluta de la autoridad constitucional, 
prometiendo atender ai bien de la república en 
el Norte y el bien del Norte en la unificación 
nacional, desataría todos los vínculos que lo li- 
gaban con el mandatario y con la patria en pro- 
vecho propio; rompería la unidad conquistada, 



— 5* — 

tomando la mentira por pretexto; erizaría el 
cabello de serpientes, de la anarquía, dirigiendo 
sus lengüetas envenenadas á todos los miem- 
bros de la madre eomün, y vulneraría la honra 
de la nación echándose én brazos del enemigo, 
con tal de' que le quedase un pedazo, por san- 
griento que fuese, del cadáver de la patria des- 
cuartizada en que asentar su dominio. 

Ya se escuchaban los acentos de la calumnia 
política con que se pretendería justificar proce- 
dimientos ulteriores. • 

Duras, muy duras son las palabras con qué 
ha sido preciso, siempre que de ella se ha trata- 
do, calificar la conducta observada por Iglesias, 
pero ellas han sido y son indispensables cuando 
se conoce de cerca el origen del movimiento que 
llevó á cabo; cuando se recuerdan los primeros 
escalones en que se apoyó para realizar sns 
planes. 

Y no se alegue en su favor ni el pregonado 
anhelo por devolver la paz á la República, as- 
piración unánime, vehemente é imperiosa de 
aquella época, que pudo satisfacerse por .vías 
menos funestas y odiosas; ni el criterio turba- 
do por influencias perniciosas. Hay responsa- 
bilidades personales que son ineludibles y pro- 
cedimientos que nada puede disculpar. Iglesias 
con patriotismo verdaderamente desinteresado 
pudo llegar al mismo resultado sin divorciarse 
con la autoridad que en él depositó su con- 
fianza. 

Pero es muy conocido su proceder. 

Por un decreto, expedido el 20 de Setiembre 



— 53 — 

de 1882, declaró segregado de la autoridad na- 
cional el territorio confiado á su custodia, se re- 
veló contra el gobierno reconocido y acatado 
en todo el país y al que había jurado servir; se 
proclamó Jefe absoluto de aquella sección de 
caprichosa independencia; convocó una asam- 
blea en quien declinar su responsabilidad; bus- 
có la connivencia del enemigo, ofreciéndole, en 
cambio del apoyo para sus planes, el sacrificio 
á ciegas de una parte de la patria, y expidió 
un manifiesto calumnioso, en que trataba de 
justificar su conducta lanzando contra el Gene- 
ral Montero la acusación de que, al separarse 
del Norte, en momentos en que su presencia 
era indispensable en otros puntos, dejaba aban- 
donados á su propia suerte aquellos departa- 
mentos y se desligaba de los deberes que su 
condición de Jefe del Estado le imponía para 
con ellos. 

Distribuyamos justicia con toda serenidad. 

No era cierto que el General Montero deja- 
se aquellos Departamentos entregados á sus 
propios destinos* desde que, para regirlos y con- 
ducirlos por el sendero de la felicidad en la 
unión, designaba á un ciudadano que creyó 
capaz de alcanzarla. 

Lo dejaba á él, al señor Miguel Iglesias, pa- 
ra que, sin necesidad de más mentores, reali- 
zase el bien en nombre de la Patria y cumplie- 
se las aspiraciones de aquellos mismos pueblos. 

No es exacto que el Jefe del Estado se des- 
lígase de sus deberes para con el Norte, cuan- 
do confió en la lealtad de ese mismo señor 



— 54 - 

Iglesias, para delegarle la satisfacción de su 
'Sagrado cumplimiento. 

Quién abandonó á los pueblos del Norte, 
aslándolos de los comunes sentimientos de 
amor patrio y de cohesión nacional, de que 
ellos habían dado antes y dieron después prue- 
bas contra él; quien los dejó entregados á des- 
tinos aciagos, levantando en ellos las llamas 
del incendio y de la discordia y empapándolos 
en lágrimas y sangre; el que no cumplió nin- 
guno de sus deberes, fué el señor Iglesias, que 
no quiso por que no pudo y no pudo porque 
no supo corresponder á la confianza en él de- 
positada. 

Este fué el error positivo que cometió el Ge- 
neral Montero; ésta la falta de que siempre 
tendrá que arrepentirse. 

XIII. 

¿Cuál seria la situación de ánimo del Dr. 
Puga, al esperimentar tan honda descepción; 
al considerar que todos los elementos que el 
había contribuido 4 retiñir, á costa de multipli- 
cados esfuerzos y de sacrificios personales, 
erah entregados en manos de su enemigo irre- 
conciliable; al ver que el país de su nacimien- 
to quedaba á merced de un hombre que nun- 
ca podría ser considerado como un benefactor; 
al quedar él mismo expuesto á ser víctima de 
previstas persecuciones? 

El resentimiento puede invadir, en ocasiones, 
el corazón mejor templado y dominar, por un 



— 55 — 

ihomento, la resignación más calmada y persis- 
tente; la amargura reconcentrada puede enve- 
nenar el espíritu más reflexivo y arrastrarlo al- 
guna vez desde su serena altura, impeliéndolo 
4 cometer actos impremeditados ó Inconsultos; 
el patriotismo engañado que cree percibir el 
bien de la patria al extremo del camino que se 
ha trazado, y que siente de improviso cambia- 
da la dirección que á el conduce, puede cegar- 
se un instante y extraviar la ruta directa, al in- 
sistir en perseguirlo. 

El doctor Puga era vehemente en sus pasio- 
nes y sincero en sus afectos; amaba fervorosa- 
mente á su patria y anhelaba intensámepté la 
prosperidad de su suelo natal: cualquier extra- 
vío momentáneo hubiera podida excusársele en 
las condiciones de espíritu que pueden supo- 
nerse, porque su procedimiento era honrado y 
de buena fé, porque no emanaba de sentimien- 
tos aviesos ni de erróneas convicciones, sino 
de una transitoria exacerbación de sus ideas y 
de una impaciencia momentánea, llevada, con- 
tra su voluntad, á la exasperación. 

Iglesias era su adversario político y su ene- 
migo personal; Puga tenía por fuerza que enca- 
rársele de frente en su camino. Montero, que 
lo lanzaba en aquella vía, tenía que sufrir de^ 
rechazo las consecuencias de la situación que 
debía crearse. 

Es preciso, además, tener en cuenta que 
Puga no era una personalidad aislada: era el 
jefe de un partido importante y numeroso que 
se veía amenazado; era el representante de 



- 56 — 

tina gran parte de la sociedad del Norte, que 
se veía desairada en su persona y ofendida enr 
lo más delicado de su suceptibilidad civil y po- 
lítica. Eran muchos los intereses afectados, rio 
solamente en Cajamarca sino en todo el De- 
partamento, con el nombramiento de Iglesias, 
y muchos los descontentos promovidos, para 
que no sobreviniese una exitación que impul- 
sase á buscar los medios de reparar el daño 
común. 

Las ocasiones tentadoras suelen, en casos 
semejantes, presentarse por sí solas. 

El Dr. Puga encontró una, puede decirse 
preparada á propósito, y no resistió al impulso 
de ponerse al frente de una oposición que po- 
día formalizarse y que, apoyada siempre en los 
sanos principios de su conciencia honrada y en 
los propósitos más nobles y patrióticos, se 
mantuvo viva y peíisistente, alterando alguna 
vez su forma objetiva, pero sierftpre en incan- 
sable actividad, hasta que el asesinato vino á 
paralizarla, antes de que la víctima tuviese la 
satisfacción de ver el logro de sus anhelos, pe- 
ro cuando ya había afianzado el esfuerzo ge- 
neral lo bastante para que muy pronto fuese 
un hecho su triunfo definitivo. 

XIV. 

En el mes de Enero de 1882, los pueblos 
de la provincia de Chota se resistieron al pago 
de las contribuciones y en esta resolución fue- 
ron secundados por sus vecinos de la de Hual- 



— 57 — 

gayoc, sin que los respectivos Sub-prefectos 
pusiesen ningún esfuerzo de su parte para re- 
ducirlos al buen camino, tolerando ó si se quie- 
re autorizando esa actitud, mientras en Caja- 
marca se trataba de tomar las medidas pruden- 
tes que fuesen necesarias para remediar este in- 
conveniente. En estas circunstancias sobrevinie- 
ron los incidentes que dieron por resultado la 
renuncia del Dr. Puga del mando del cuerpo 
que había organizado y que tenía 'á sus órde- 
nes y el desligamiento que se vio forzado á ha- 
cer de todos los compromisos que lo unían con 
el Gobierno; se llevaba á cabo el nombramien- 
to de D. Miguel Iglesias para Jefe Superior y 
se disponía la marcha inmediata de todo el 
tren gubernativo con dirección á Huaraz. 

Los Sub-prefectos de las referidas provincias, 
amigos políticos y personales del Dr. Puga> 
adversos, por consiguiente á todo * régimen 
iglesista, se unieron con todos los notables de 
su jurisdicción que pertenecían al mismo par- 
tido y prefesaban las mismas ideas, y aprove- 
chando la actitud asumida por los pueblos re- 
solvieron protestar contra los últimos procedi- 
mientos del Gobierno, acusando al General 
Montero, al mismo tiempo, de falta de deseo 
de hostilizar al enemigo chileno en el Norte y 
calificando de desacertada su conducta políti- 
ca, puesto que los antecedentes de Iglesias los 
hacían abrigar serios temores de que trastor- 
naría el orden público. Entonces designaron 
á varias personas influyentes de Cajamarca 
para ponerse de acuerdo con ellas y llama- 



- 58- 

ron al Dr. Puga para que asumiese la direc- 
ción del movimiento de protesta. Después de 
conferenciar extensamente con sus amigos y 
partidarios en Cajamarca, se tomó la resolu- 
ción de que el Dr. Puga se constituyera en 
Chota y que de Cajamarca se le remitirían los 
elementos de armas, pertrechos y oficialidad 
que pudieran conseguirse, corriendo todos los 
gastos por cuenta del Dr. Puga. 

En efecto-, el 14 de Febrero salía éste de 
Cajamarca y el 1 5 era recibido en la hacienda 
de «Apán,» de propiedad del señor Justiniano 
Novoa, sub-prefecto de Hualgayoc, por él mis- 
mo y por todos los amigos notables de las dos 
provincias, quienes resolvieron investirlo con el 
carácter de Director constitucional de los mo- 
vimientos que deberían emprenderse. De allí 
se trasladaron á Chota, en donde se reunió ^el 
pueblo para asentar el acta de protesta, en que 
hacían constar su decisión. ( Anexo Kfi 6 ) El 
Dr. Puga, por su parte, ponía de manifiesto 
sus ideas y sentimientos, en la proclama que 
dirigió á sus conciudadanos. {Anexo N** 7.) 

Establecido el cuartel general en Chota, se 
procedió á la organización de fuerzas, pudien- 
do reunirse por lo pronto 600 hombres de in- 
fantería y caballería, cuyo sostenimiento costó 
al Dr. Puga S/ 1 3,000 de su peculio, sin ape- 
lar en nada á las cajas del Estado ni de los par- 
ticulares. 

Como el pensamiento dominante en el Coro- 
nel Puga, era siempre la defensa nacional y la 
hostilidad al enemigo chileno, y el objeto pri- 



— 59 — 

mordial del movimiento iniciado era utilizar, 
en ese mismo sentido, los esfuerzos de los bue- 
nos peruanos, tan luego como el Coronel Puga 
pudo disponer de un conveniente número de 
fuerza organizada, quiso dar una prueba de la 
sinceridad de sus propósitos y de su verdade- 
re patriotismo, y despojándose del carácter con 
que se le había investido, dirigió, con fecha 17 
de Abril, una nota á Iglesias proponiéndole 
unir las fuerzas de que ambos podían disponer, 
y que él dirigiría, para proceder á batir inme- 
diatamente las fuerzas chilenas que se encontra- 
ban acantonadas en Chiclayo. [Anexo N° <?.) 
Esta nota fué entregada á D. Miguel Igle, 
sias por el Dr. D. Juan de Dios Torres Lara, 
que por este solo hecho, fué reducido á una ri- 
gurosa prisión, de dos meses. Iglesias no dio 
contestación á la propuesta de Puga. Por el 
contrario, en virtud de plan concebido, mandó 
agentes secretos á Chota que sobornaran las 
tropas allí organizadas, y lo informaran minu- 
ciosamente dq la situación en que se encontra- 
ba esa ciudad. La buena fé de Puga estaba 
"muy lejos de sospechar que se tramaba contra 
él. Los comisionados de Iglesias llenaron su 
objeto, y éste dispuso marchar sobre Chota, 
comuna fnerza de 1,200 hombres de lastres 
armas. Iglesias establecía su cuartel general 
en Bambamarca, á 4 leguas de Chota, y el 4 
de Mayo mandaba el coronel Puga en su bus- 
ca una descubierta de 60 hombres, al mando 
de un capitán Pérez, que era uno de los sobor- 
nados. Este, después de reducir á prisión al 



— 6o — 

jefe de cuerpo, coronel Matías Novoa y al sar- 
gento mayor Antonio Rivero, ambos de línea, 
los condujo al campamento enemigo, poniéndo- 
se con su fuerza á órdenes de los de Iglesias. 
Tan pronto cqmo se supo en Chota este 
acontecimiento, el coronel Becerra, nombrado 
Prefecto y Comandante general del departa-* 
mentó y el coronel Justiniano Novoa, coman- 
dante general de división, procedieron á desar- ^ 
mar las fuerzas, mandaron las armas y muni- 
ciones en direcciones diversas, y tomaron pri- 
sionero al Dr. Puga y á las demás personas adic- 
tas á él, con el objeto de entregarlos á Igle- 
sias. Puga gestionó ante ellos, y consiguió que 
se pusiese en libertad á todos sus amigos, de- 
biendo quedar presos únicamente él y el co- 
mandante Tomás Romero y Flores. Pero és- 
tos, merced á los auxilios oportunos que les 
suministraron los señores don Bartolomé Mon- 
toya y don Marcos Tapia, pudieron burlar la 
vigilancia y evacuar la población, momentos 
antes de que llegaran las fuerz&s de Iglesias, 
que penetraron tranquilamente en Chota. 

Con este desgraciado desenlace, ocacionado 
por los mismos que lo habían promovido, ter- 
minó el movimiento de Chota, cuya dirección 
había aceptado el Dr. Puga, en un momento 
quizá de^ precipitada ofuscamiento, muy com- 
prensible y excusable, como queda esplicado, 
en las condiciones en que se vio colocado. 



6i — 



XV. 



Aislado completamente, después de estos 
sucesos, se dirigió Puga, en compañía del co- 
mandante Romero y de algunas personas de 
su casa á la hacienda de «Pauca,» en donde per- 
maneció, como particular, hasta el mes de Julio. 

Preocupado siempre con la idea de la defen- 
sa nacional, al saber allí que se proyectaba en 
Cajamarca un ataque contra los chilenos que, 
á la sazón, se hallaban en San Pablo, no pudo 
dominar sus patrióticos arranques, é inmedia- 
tamente redactó una nota para Iglesias ofre- 
ciéndole su contigente personal y el de los ami- 
gos que estaban con él, para contribuir á re- 
forzar el ejército de la defensa nacional, y soli- 
citando para sí y para ellos, el puesto de solda- 
dos rasos, en la línea de batalla. {Anexo N^ 9) 

Esta oferta, tan patriótica como noble y des- 
interesada, fué desechada de plano por Iglesias, 
que hizo incorporar como recluta al teniente 
£). Mercedes Llaque, conductor de los docu- 
mentos. 

Bien merecía el bien de la patria que Iglesias 
hubiese pospuesto sus pasiones en aquellas cir- 
cunstancias y hubiese permitido á un enemigo 
personal conquistarse un destello de gloría con 
el valor y el patriotismo, que el Dr. Puga ha- 
bría sabido, en aquella ocasión, poner muy en 
alto. 



— 62 



XVI. 



Puga había podido organizar una pequeña 
fuerza de seguridad, compuesta de individuos 
de sus fundos, armados, equipados y sosteni- 
dos por él, á los que Había agregado unos tres ó 
cuatro oficiales para que los adiestraran militar- 
mente, de manera que ya contaba con una 
pequeña base de ejército para pensar, en algún 
momento dado, en emprender alguna nueva 
serie de operaciones con que intranquilizar á 
Iglesias en el territorio de su mando. 

En esos momentos apareció el manifiesto de 
Montan proclamando la Regeneración. 

Semejante documento en que Iglesias decla- 
raba categóricamente que se revelaba ^contra 
el Gobierno constitucional que le había delega- 
do sus poderes y depositado toda su confianza; 
en que declaraba abiertamente la intención de 
entrar en connivencias con los chilenos y nego- 
ciar con ellos la desmembración del territorio 
nacional, produjo el escándalo en toda la repü 
blica y la exitacíón de todo pecho verdadera- 
mente peruano. 

Este inaudito atentado de lesa patria suble- 
vó el ánimo de Puga y vino á colmar la medida 
de su animadversión contra Iglesias, haciendo 
que, desde esa época, jurase, como los antiguos 
paladines, no dejarle un instante dé tregua ni 
reposo en el puesto que había asaltado ni co- 
mer pan á manteles hasta no sucumbir ó ver 
al intruso castigado. 



- 6 3 - 

Vuga, que sólo en un momento de justificado 
extravío y por un motivo intimó se había apaf- 
tado del Gobierno constituido, principió por 
adherirse nuevamente á él con anhelo más fer- 
voroso y suscitó la primera protesta armada, 
<|ue lbs pueblos de Huamachuco y Cajabamba 
levantaron con el objeto de debelar, por la fuer- 
za, en su cuna, aquella hidra anárquica, que ame- 
nazaba afianzar su poder y que ya dejaba pre- 
sentir las terribles y desastrosas consecuencias 
•que había de acarrear al país. 

Desde este momento principió aquella serie 
■de aventuradas expediciones en que Puga, con 
una actividad vertiginosa, con una energía in- 

Quebrantable, con una resignación á prueba de . 
escalabras y éxitos felices alternativos, man- 
tuvo despierta, viva y palpitante en el Norte la 
hostilidad contra aquel exótico y aborrecido or- 
den de cosas, hasta ser inmolado en aras de su 
idea, pero cuando ya tenía la evidencia de su 
triunfo final, porque la veía irradiar en el glo- 
rioso pendón levantado en el Centro y en el 
Sur por el impertérrito y denodado General 
Cace res. N 

VII. 

Era preciso principiar por acumular elemen- 
tos cuanto antes. 

Vivaqueaban, á la sazón, en San Marcos 30 
hombres enviados por Iglesias, para cobrar la 
contribución, y el Coronel Puga hizo que los 
atacasen 10 hombres mal armados, y peor mu- 



- 6 4 - 

rticiónados, al mando del coronel D. Jacinta Dá- 
vila. La rapidez y el arrojo con que tanto este 
jefe como sus soldados ejecutaron el ataque, 
infundió el pánico en aquella guarnición, y des- 
pués de un ligero tiroteo, que dio por resultado 
dos muertos y algunos heridos, fueron captura- 
' dos los que no pudieron fugar y tomadas todas 
sus armas y municiones. 

Con este intrépido y feliz golpe pudo el Dr. 
Puga hacer subir su fuerza á 6o hombres, arma- 
dos de toda clase de armas, y estableció su 
cuartel general en «Pauca.» 
w ~ Mientras tanto, se puso de acuerdo con los 
señores Porturas, Cuadra y Marino, que habían 
organizado columnas en Cajabamba, y Huama- 
chuco y los decidió á unírsele para dar un ata- 
que sobre Cajamarca, donde había regresado 
ya Iglesias con más de 200 hombres. 

En efecto, las fuerzas indicadas, reunidas en 
Cajabamba, avanzaron sobre Cajamarca, por la 
ruta de San Marcos, el 14 de Noviembre de 
1882. Puga, según convenio previo, hizo mar- 
char su gente al punto llamado «Ríoseco,» acor- 
dado para la reunión de todas las fuerzas. El 16 
por la noche llegaron á las inmediaciones de la 
capital y acamparon en una eminencia llamada 
«Agomarca.» 

En la mañana del día siguiente se reconoció 
la posición del enemigo y se dispuso lo conve- 
niente para el buen éxito del ataque. A las dos 
de la tarde se divisó la fuerza enemiga que ve- 
nía á buscarlos en sus posiciones, ál mando de 
D. Lorenzo Iglesias, y media hora después se 



— &5 - 

habla empeñado el combate con igual ardor por 
ambas partes. 

No correspondió el entusiasmo que, en los 
primeros momentos, habían desplegado las co- 
lumnas de Huamachuco y Cajabamba, con sus 
procedimientos posteriores. Compuestas de 
gente nueva y poco disciplinada, abandonaron 
sus puestos cuando el ataque del enemigo se 
hizo más serio y antes de dos horas ya no exis- 
tían en el campo sino algunos de sus jefes y las 
gentes de Puga que dirigidas por él con valor 
y serenidad permanecieron combatiendo, sin 
perder un solo hombre, hasta las siete de la 
noche, hora en que el enemigo, debilitado por 
sus pérdidas y convencido de que no alcanzaría 
ninguna ventaja, tocó retirada hacia Cajamarca. 

Entonces 'el Dr. Puga hizo tocar llamada pa- 
. ra compulsar las fuerzas existentes y ver si po- 
día, perseguir al enemigo y atacarlo en la mis- 
ma población; pero tanto él como el coronel 
Dávila, 2 9 jefe de la fuerza, perdieron esta es- 
peranza, viendo: que sólo contaban con los su- 
yos> pues nadie de las otras columnas acudió á 
la llamada; y que faltaban municiones á los po- 
cos que quedaban, muy fatigados por el com- 
bate del día, por lo cual no se hallaban siquie- 
ra en situación de resistir un segundo ataque. 
En consecuencia, resolvieron emprender una 
retirada ordenada en la misma noche, para no 
perder los elementos que conservaban y los que 
pudieron recojer del campo. Así lo verificaron, 
dirigiéndose tranquilamente, todos montados, á 
« Cocha m bul,» 3 leguas distante de Cajamarca. 



— 66 — 

De allí se dirigió otra vez la fuerza á su centro 
do operaciones, establecido en «Pauca,» donde 
se procuró reorganizarla y aumentarla para re- 
sistir un ataque esperado. Los antiguos com- 
pañeros del doctor Puga habían hecho abstrac- 
ción de la política después del descalabro de 
Cajamarca y no fué posible conseguir de ellos* 
en lo sucesivo, cooperación moral ni material de 
ningún género. 

Desde entonces, el coronel Puga solo, aban- 
donado á sus propios esfuerzos y sin más cotv 
tingente que su actividad, su patriotismo y sus 
recursos, continuó, por su cuenta, la resisten 
cia al gobierno Regenerador de Montan. 

XVIIL 

No se hizo esperar, mucho tiempo la invasión 
de las fuerzas iglesistas á las haciendas de 
«Huagal» y «Pauca.» En 15 de Enero de 18&3, 
el coronel Manuel Callirgos Quiroga, — que du- 
rante la permanencia del General Montero en 
Cajamarca había pedido, como fiscal, sentencia 
de muerte contra don Miguel Iglesias, en un 
consejo de guerra que se le siguió en ausen- 
cia por el descubrimiento de un contingente de 
armas y pertrechos de precisión que tenía en 
su casa preparado para algún golpe de mano so- 
bre la Jefatura Superior, — era enviado por ese 
mismo Iglesias, al mando de 500 hombres de 
las tres armas. Callirgos llegó á « Azufre,» in- 
cendió este caserío, avanzó á «Huagal,» en 
donde pasó la noche y preparó su fuerza para 



- 6 7 - 

el caso de una resistencia en su tránsito á 
« Pauca.» 

El coronel Puga, enterado de antemano de 
la expedición, resolvió esperarla y librar com- 
bate, á pesar de no tener más de 50 hombres 
mal acondicionados, en un sitio conocido con 
el doble nombre de « La Bachota » ó « Coyor- 
conga;» preparó convenientemente su escasa 
fuerza, colocándola bien parapetada en los ex- 
tremos de un paso estrecho y obligado para el 
enemigo; amonestó á sus soldados, exitándolos 
á la defensa de sus familias y de sus intereses 
y esperó el momento oportuno. Este acertado 
plan produjo un efecto satisfactorio, pues cuan- 
do el enemigo, sin advertir el golpe y desorien 
tado por la niebla de la mañana, había entrado 
ya en el desfiladero, sufrió repentinamente un 
ataque tan enérgico, que retrocedió en el acto, 
dejando en el campo muy cerca de 80 cadáve- 
res. 

Este golpe de audacia hubiera determinado 
completamente la victoria por parte de Puga, 
si, con mayores elementos hubiera podido abal- 
donar sus posiciones y continuar la carga; pero 
obligado á ejercitar sólo la defensiva y á batir- 
le en retirada, ocasionando pérdidas sucesivas 
á los contrarios, no pudo aprovechar el golpe 
y el enemigo, vuelto de su estupor, pudo re^ 
hacerse, no sin grandes esfuerzos, reconocer 
el terreno y tomar también buenas posiciones. 

Como en este caso ya no podía ser ventajoso 
el combate, atendida la gran diferencia del nú- 
mero, el coronel Puga, siguiendo su plan, em- 



— 68 — 

prendió la retirada en orden y llamando siem- 
pre la atención al enemigo, que seguía avan- 
zando receloso y amedrentado por sus pér- 
didas. 

Comprendiendo Callirgos que su persecu- 
ción lo llevaría á sepultar 'todos sus hombres 
en los desfiladeros de «Pauca,»en donde se atrin- 
cheraba Puga, no hizo más que llegar á las ca- 
sas de la hacienda y resolvió regresarse; pero 
no sin entregar primero aquella antes hermo- 
sa y próspera propiedad al furor vandálico de 
sus soldados. La casa, las oficinas y productos 
que contenían, los sembríos; todo fué talado 
con brutal enzañamiento, saqueado, destruido y 
entregado á las fauces dsvoradjras del más 
espantoso incendio. 

Callirgos, que, al entrar en combate con los 
suyos, debía ir resuelto á matar, pero también 
á morir, llevaba etx su compañía á un hijo su- 
yo, sargento mayor, llamado Eloy, joven de 
buenas prendas, que murió en la refriega. Pa- 
ra vengarlo no fueron suficientes aquellas atro- 
cidades cometidas sobre los objetos materiales; 
necesitaba algo más, y fusiló, en el acto mismo 
de aprehenderlos, y sin más trámites, á los tres 
jóvenes decentes, Víctor Cedillo, sobrino car- 
nal de Puga, Manuel Montoya y Alejandro 
Verchi, á quien mutilaron cruelmente, vivo 
aún, cortándole hasta la lengua, y disfigurándo- 
lo de la manera más horrorosa, al extremo de 
dejarlo imposible de ser reconocido. 

Al retirarse, en su paso por la hacienda de 
«Huagal», entregó también este fundo á las 



- 6 9 - 

mismas depredaciones, dejándolo igualmente 
arrasado. 

Después de todos estos horrores, regresó á 
Cajamarca, arriando, en inmenso número, to- 
dos los ganados de distintas especies délas 
dos haciendas; y dio cuenta de sus hazañas á 
Iglesias, Este ordenó el remate de los ganados 
y bestias, de propiedad del Dr. Puga, extraí- 
dos de sus fundos. 

XIX. 

Considerando Iglesias que la actitud asumi- 
da por el Dr. Puga, y su decidida actividad, 
constituían una amenaza terrible y un peligro in- 
minente para él y para su gobierno, dispuso un 
ataque más formal, que debería efectuarse des- 
pués de que se verificase la marcha para Li- 
ma, que ya tenía dispuesta. 

Mientras tanto, el Dr. Puga aprovechaba el 
tiempo haciendo enganches, comprando rifles, 
equipos y municiones, asaltando en diferentes 
puntos, algunas comisiones armadas del ene- 
migo, con cuyos despojos aumentaba su mate- 
rial de guerra, y siendo, de ese mo r do, en todas 
partes, el pánico de las fuerzas de Cajamarca. 

Como durante los últimos tiempos, y por ra- 
zón y de las distancias y la premura de los mo- 
mentos, había llevado á cabo todas esas opera- 
ción por cuenta propia y sin más autoridad que 
la personal; como se encontrase á la cabeza de 
•fuerza armada, sin más carácter que el pura- 
mente militar, y sin más título que el derecho 



-- / 



— 7o — 

de sostener una causa justa, creyó el coronel 
Puga necesario unificar sus procedimientos con 
los que la autoridad legal practicaba, en el res- 
to del país, y uniformar la idea inscrita en su 
bandera, con la de los demás pueblos simpáti- 
cos á ella. Con tal objeto se dirigió oficialmen- 
te á la autoridad superior, representante del 
gobierno nacional, que estaba más inmediata, 
y que era el Sr. Jesús Elias, investido con el ca- 
rácter de Jefe Superior político y militar, del 
Norte, establecido en Huaraz, para informarle 
de su actitud, de su conducta, de los trabajos 
que había emprendido, y de los resultados que 
hasta entonces llevaba conseguidos, y para ello 
envió á Huaraz, en comisión, al teniente coro- 
nel Romero y Flores. 

La comisión de éste no sólo se redujo á co- 
municar al Sr. Elias los sucesos referidos, sino 
también á manifestarle, el estado de debilidad 
en que se encontraba Iglesias, y la deficiencia 
de elementos con que contaba el Dr. Puga; la 
actitud patriótica y la buena voluntad de los 
pueblos, y la posibilidad de dar un golpe segu- 
ro sobre Cajamarca, si se aprovechaban aque- 
llas circunstancias y se auxiliaba al coronel 
Puga con una cantidad conveniente de rifles y 
municiones; comprometiéndose, en caso de 
conseguir el auxilio solicitado, á batir en el mis- 
mo Cajamarca las fuerzas disidentes, y des- 
truirlas por completo. 

El comandante Romero no encontró en 
Huaraz al Sr. Elias, y tuvo que seguir hasta 
Cajatambo, en donde se hallaba éste con el co- 



\ 



— 7i — 

mandante en jefe del ejército nacional del Norfc 
coronel Isaac Recabarren. Allí les expuso el 
objeto de su misión, y ellos, en la imposibili- 
dad de marchar inmediatamente al departa- 
mento de Cajamarca y de suministrar contin- 
gente alguno de armas ó de otra clase, no pu- 
dieron hacer, por entonces, más que limitarse 
á investir al Coronel Puga, con la autoridad de 
Prefecto y comandante general de aquel depar- 
tamento y aprobaron los cuadros de jefes y ofi- 
ciales, de las fuerzas que debían servir bajo 
sus órdenes inmediatas. 

Al regreso del comandante Romero, el Coro- 
nel Puga, que había establecido su cuartel gene- 
ral en el Azufre, asumió el carácter que se le 
confería, y pasó con sus fuerzas á San Marcos, 
donde se juramentó. 

Autorizadas ya, y con mayor esfera de acción 
sus opefaciones, tomó la resistencia un aspecto 
más imponente, ascendiendo en ese momento 
las fuerzas disponibles, al número de ioo hom- 
bres, 

XX. 

En los últimos días del mes de Mayo de 
1883, resolvió Iglesias mandar á San Pablo, 
cerca del coronel ruga, una comisión compuesta 
de los Srs, Vicente Sousa, Juan Castro, Manuel 
E. Arce, Telésforo Castro, F. de P. Grosso y dos 
reverendos padres Franciscanos. Esta comisión 
llevaba por objeto ofrecer, á nombre de Igle- 
sias, al Coronel Puga y á los suyos, toda cía- 



- r* — 

se de garantías, y la indemnización al primero 
de todos sus gastos, y de los perjuicios ocasio- 
nados por Callirgos en el incendio y saqueo de 
«Huagal» y «Pauca;» pero con la condición de 
que depusiera las armas, reconociera al gobier- 
no de Montan, y se sometiese á el. Los comi- 
sionados reforzaron sus argumentos, manifes- 
tando la seguridad que tenían de que el gene- 
ral Cáceres había sido batido en el Centro porN 
los chilenos, dispersándose sus fuerzas comple- 
tamente, lo que lo había obligado á reconocer 
al gobierno de Cajamarca y que el generad 
Montero había hecho otro tanto en Arequipa. 
Era demasiado grosera la mentira de esta expo- 
sición, para que el coronel Puga pudiese darle 
crédito, y rechazó las propuestas con la patrió- 
tica altivez propia de su carácter, despidiendo 
á los comisionados. 

XXI. 

Continuaba el Coronel Puga su sistema de 
atacar las comisiones que salían de Cajamarca, 
á cobrar contribuciones ó colectar víveres de los 
pueblos. Este era el medio más seguro de ha- 
cerse de elementos, y lo ponía en práctica con 
tal precaución y acierto, que muchas de ellas 
fueron sorprendidas y desarmadas totalmente, 
aun sin disparar un tiro, llegando á hacerse tan 
temible, y á hostilizar al enemigo de tal modo, 
que no volvió á salir de Cajamarca ninguna 
fuerza reducida, manteniéndose aquella plaza 
poco menos que sitiada. 



— 73 — 

i\l par que procuraba de este modo organi- 
zar una fuerza suficiente, mantenía seguida 
correspondencia con «1 Jefe Superior, señor 
Elias y con, el coronel Recabarren, dándoles 
cuenta oportuna de sus procedimientos, y pi- 
diéndoles le hicieran conocer el plan de opera- 
ciones que ellos contaban seguir, para poder 
secundarlos eficazmente. Ese plan lo mismo 
«que la línea de conducta que el coronel Puga 
•debía adoptar, le fueron puntualizados por el 
coronel Recabarren. {Anexo N** /o.) 

Esta correspondencia con la autoridad Su- 
perior tuvo qu« ser interrumpida por el arribo 
de la expedición chilena á Huamachuco, á las 
órdenes de Gorostiaga, destinada á batir las 
fuerzas que organizaba Recabarren, antes de 
que llegaran á unírsele las que conducía del 
Centro el General Cáceres, perseguidas por 
Urriola, 

Los chilenos avanzaron hasta la hacienda de 
« Angasmarca » 13 leguas al Sur de Huama- 
chuco, donde tuvieron noticia de que, unidas ya 
las fuerzas del Norte con las del Centro, se ha- 
llaban próximas á ellos, y contramarcharon, á 
jornadas forzadas, hasta Huamachuco, perse- 
guidos muy de cerca por el ejército peruano. 

Todos estos datos eran comunicados al Co- 
ronel Puga sólo por particulares y fueron con- 
firmados, posteriormente, por una carta del se- 
ñor Elias, dirijida de Mollepata, con fecha 4 de 
Julio, en la que, además, le participaba su 
próximo arribo á Huamachuco y le indicaba la 
necesidad de colectar reses y víveres para el 

10 



— 74 — 

sostenimiento del ejército, así como bestias de 
silla y de carga para relevar las brigadas que 
venían en pésimo estado; {Anexo N° u), ope- 
raciones que demandaban contracción y tiempo, 

XXIL 

¿Por qué no se encontró el Coronel Puga en 
la batalla de Huamachuco? 

¿Por qué funesta contrariedad los fervientes 
anhelos de su asendrado patriotismo no llega- 
ban nunca á verse alguna vez colmados y sa- 
tisfechos? 

¿Por qué no le fué dado sucumbir heroica- 
mente en esa inmortal jornada del 10 de Julio, 
para subir al cielo de los mártires de la patria 
al lado de Prado, Silva, Luna y cuantos más 
escribieron en el cielo con sangre y en la his- 
toria con el sacrificio sus nombres inolvidables? 

¿Por qué no conquistó para sí una rama del 
laurel inmarcesible que orla la frente gloriosa 
de los que sobrevivieron? 

¡Arcanos inescrutables! 

Puga ignoraba por completo la inminente 
gravedad de la situación. 

Confinado en la zona de San Marcos, á más 
de 30 leguas del teatro de los sucesos; amena- 
zado á vanguardia y retaguardia por los de 
Iglesias y los de Chile; aislado y contraído á 
las atenciones inmediatas y ai peligro circun- 
dante, su situación era por demás anómala y 
angustiosa. 

Nótese muy especialmente que en la lacóni- 



— 75 — 

ca comunicación referida, fechada cuatro días 
antes de la batalla, escrita con el tono de la 
más segura tranquilidad y la única de carácter 
auténtico y autorizado que informaba al Coro- 
nel Puga de lo que sucedía, no se revela ni re- 
motamente la presencia de un peligro cercano; 
no se le llama á la acción; se limita la esfera de 
sus. procedimientos, de una manera determina- 
da, á colectar víveres y requisar bestias y se le 
hace la promesa amistosa de una próxima en- 
trevista. 

En vista de ella, el procedimiento del Coro- 
nel Puga estaba trazado: esperar tranquilamen- 
te y dar cumplimiento á las instrucciones reci- 
bidas, como lo comprueba uno de los docu 
mentos que nos quedan á la mano. {Anexo 
A<? 12). 

No se había, pues, tomado en consideración 
el pequeñísimo contingente que podía prestar 
el Coronel Puga, y casi no podía ser de otro 
modo, dadas las condiciones en que todos los 
ejércitos estaban colocados. 

Los chilenos, con una fuerza inferior en nú- 
mero, huyendo á Huamachuco para tomar la 
ruta de Trujillo hasta unirse con el refuerzo que 
habían pedido y que estaba ya en marcha, eva- 
dían un combate, seguros de su derrota; por el 
contrario, nuestro ejército, con gran aliento mo- 
ral, superior en número, (pues aún no había 
acaecido la defección de Tres Ríos), y con ele- 
mentos suficientes, si bien bastante fatigado 
por la rapidez de las marchas, procuraba al- 
canzar al chileno á todo trance, contando con 



-76- 

una victoria que se tenía por tan completa 
como indudable. 

¿Podía el Coronel Puga, conocedor de estas 
halagüeñas perspectivas y en vista de la comu- 
nicación precitada, sospechar siquiera que se 
libraría inmediatamente un combate entre am- 
bos ejércitos? ¿Sería oportuno y eficaz, aún al 
saber que llegaba ese caso, el apoyo de su pe- 
queña fuerza? ¿Debía prestar este apoyo no 
solicitado y estimado, sin duda, como inútil, 
contrariando al mismo tiempo, las instrucciones 
recibidas? 

Sólo al segundo día después de comprome- 
tida la batalla, es decir el 9 de Julio, á las 5 de 
la mañana, y alas 5 de la tarde, y en vista de 
que habían variado las circunstancias, se pensó 
en oficiar, por el Señer Elias, al Coronel Puga, 
que se encontraba en el pueblo de Matara, dis- 
tante 21 leguas del teatro del combate, para 
llamarlo á la acción, como consta de los anexos 
mínzs. ij y 14. 

Esas dos comunicaciones fueron recibidas 
por el coronel Puga á las 2 y á las 9 de la ma- 
ñana del mismo día 10, en momentos en que se 
hallaba con su fuerza muy reducida, pues ha- 
bía, mandado una comisión de 80 hombres, á 
órdenes del comandante Romero, á las inme- 
diaciones de Cajamarca. 

Tan luego como recibió la primera nota del 
señor Elias, puso propio á Romero, que se ha- 
llaba en la finca denominada ((Otuzco», 6 leguas 
mas allá de Matara, ordenándole que cofttramar- 
chase inmediatamente; preparó la fuerza que 



— 77 — 

tenía y salió con dirección á Ichocán, donde pidió 
rancho para dar á la tropa mientras esperaba á 
Romero. Éste, habiendo recibido á las 8 de la 
mañana la orden de contramarchas se le reu- 
nió á las 6 de la tarde, después de una rápida 
jornada en que no permitió á la tropa el más 
ligero descanzo. 

Reunida toda la fuerza y sin más demora que 
la indispensable para que los recién llegados 
tomasen algún alimento, continuó la marcha 
hacia Cajabamba, á cuyas inmediaciones llegó 
en la mañana del 1 1, habiendo engrosado en el 
tránsito sus filas con muchos voluntarios. 

Antes de entrar en dicha población se pre- 
sentó al Coronel Puga una comisión de varios 
notables, manifestándole que el día anterior se 
había terminado definitivamente la batalla con 
éxito favorable para los chilenos; que, en tal si- 
tuación, no era posible prestarle ninguna espe- 
cie de auxilos y que sólo consiguiría, con su pre- 
sencia en Cajabamba, llamar la atención del ene- 
migo, que permanecía en Huamachuco, y atraer 
algún aestacamento chileno que podría hacer 
del pueblo objeto de atrocidades y de brutales 
abusos. 

Estas razones detuvieron la marcha del Co- 
ronel Puga, pero no dándoles completo crédito 
y deseando cerciorarse de toda la verdad, desta- 
có al comandante Romero con 30 hombres *y él 
se retiró á«Pur¡huab) á esperar los avisos conve- 
nientes. 

Impuesto Romero de todos los pormonores, 
los trasmitió al Coronel Puga y aprovechóla oca- 



- 7 8 — 

sión de prestar los auxilios que pudo á los dis- 
persos que tomaban su dirección. Recibió en- 
tre ellos á varios jefes del ejército, y el 13 con- 
tramarchó, llevándose á muchos, para reunirse 
con Puga que estaba ya en Ichocán. 

¡mediatamente después de tan funesto desas- 
tre, y cuando todavía los chilenos permanecían 
en Huamachuco, el Prefecto iglesista de Caja- 
marca, D. Agustín Iturbe, salió al mando de 
una fuerza respetable en persecución del Coro- 
nel Puga, que, por evitar un encuentro con 
fuerzas muy superiores, que procedían en com- 
binación con los chilenos, se regresó al Mara- 
ñen por la ruta de sus haciendas. Iturbe lo si- 
guió hasta la distancia de dos leguas de las po- 
siciones que tomó para resistir, pero temiendo 
aventurarse por terrenos demasiado dificultosos, 
regresó á Cajamarca, saqueando é incendiando, 
por segunda vez, las haciendas de «Pauca» y 
((Huagab), en donde se había principiado á em- 
prender algunas refecciones. 

Después del regreso de Iturbe, y no obstan- 
te el desaliento que infundió, generalmente, 
la catástrofe de Huamachuco y de no tenerse 
absolutamente noticias del General Cáceres, el 
Coronel Puga procuró conservar sus fuerzas, 
sosteniendo en «Pauca» su cuartel general. 

Cuando se reflexiona en las aflictivas condi- 
ciones en que quedaba colocada la resistencia 
al sistema de Montan, después de la calamidad 
de Huamachuco, á causa del abatimiento que 
naturalmente sobrecogió los ánimos y de laca 
si imposibilidad de una reacción en el Norte, 






— 79 — 

por la dificultad de conseguir elementos, se com- 
prende la sabiduría de los designios, providen- 
ciales que impidieron al Coronel Puga concurrir 
á la batalla. En ella, á no rendir su vida, hu- 
bieran, sin duda, sucumbido su fuerza y sus 
recursos bélicos. Mientras tanto, Puga queda- 
ba reservado para que mantuviese levantada la 
4 bandera constitucional y viva siempre la pro- 
testa contra el dominante régimen abusivo, en 
aquella parte del país, que, sin él, habría que- 
dado inerme en poder de Iglesias y á su tran- 
quila y pacífica disposición. 

El sentimiento que impulsaba á Puga era in- 
quebrantable; su patriotismo no se arredraba 
con las sucesivas calamidades; su abnegación y 
su actividad estaban á prueba de desastres. 

Bien pronto principiaría á dar de ello nuevas 
pruebas, 

XXIII/ 

Durante su permanencia en el cuartel gene- 
ral de « Pauca », tuvo conocimiento de que el 
Sub-prefecto de Huamachuco, Manuel Vera, 
tenía cincuenta hombres bien armados, y resol- 
vió batirlos. Mandó, en efecto, una pequeña 
fuerza á órdenes del Comandante Romero Flo- 
res, que segía siempre á su lado. Esta fuerza 
llegó á Huamachuco el 6 de Setiembre y libró 
por dos horas un combate con las de Vera, en 
que hubo que lamentar pérdidas de ambas par- 
tes, pero que terminó con el triunfo completo 
de las de Puga y con la retirada de Vera á la 



— So — 

Provincia de Pataz, dejando en poder de Ro- 
mero todas las armas y municiones. Con este 
triunfo, quedó expedita la plaza de Huamachu- 
co, á la que pudieron ingresar, seis días des- 
pués, los señores Elias, Jefe Superior, Coronel 
Tafur, Prefecto nombrado de la Libertad y Co- 
ronel Justiniano Borgoño, con otros jefes y ofi- 
ciales que hasta entonces habían permanecido» 
en la Provincia de Pataz. 

Después de la llegada de estos jefes> el Co- 
mandante Romero regresó al cuartel general 
del Coronel Puga, establecido ya en Cajabamba^ 

XXIV. 

Por fallecimiento delCoronel Tafur fué nom- 
brado Prefecto y Comandanta General de la 
Libertad, el Coronel Borgoño, que procedió á 
organizar fuerzas en Huamachuco. 

Este jefe se constituyó en Cajabamba des- 
pués del nombramiento que en él hizo el señor 
Elias y manifestó al Coronel Puga que debían 
acordar un plan de operaciones, para lo cual es 
taba plenamente autorizado por el Jefe Supe- 
rior. En esta virtud, convocaron un consejo de 
Guerra, en el que se resolvió unir las dos frac- 
ciones de fuerzas que tenían y atacar la plaza 
de Cajamarca. Mas, el Coronel Borgoño, en 
vez de hacer venir sus fuerzas, regresó á Hua- 
machuco é informó al señor Elias que aquella 
determinación, que contrariaba sus planes, ha- 
bía sido adoptada única y exclusivamente por 
el Coronel Puga. Este informe díó motivo pa- 



— Si - 

ra que el "señor Elias creyese desconocida sü 
autoridad é hiciese dimisión de la Jefatura. 
{Anexo número fj.) En contestación á la nota 
que contenía este aviso, el Coronel Puga hizo 
referencia de todo lo ocurrido con el Coronel 
Borgoño, Con la lealtad que caracterizaba to- 
dos sus procedimientos, encaminados siempre á 
propender al bien de la causa nacional, y no 
queriendo aparecer nunca con pretensiones de 
absorción ni de exclusivismo personal^ impidió 
que el señor Elias llevase á cabo su resolución 
-de renuncia, dimitiendo él, por su parte, el 
puesto, que desempeñaba, para no servir dé 
obstáculo á la autoridad superior, y pidiendo 
siempre el último puesto entre las servidores 
desinteresados del país. 

En vista de esta exposición, [Anexo número 
1 6) el^eñor Elias retiró su dimisión, y ño acep 
tó la renuncia del Coronel Puga {Anexo nú- 
mero i y.) 

En seguida de este incidente, los señores 
Elias y Borgoño establecieron su cuartej ge- 
neral en Santiago de Chuco, á donde hicie- 
ron llamar al Coronel Puga para convenir 
definitivamente en los procedimientos ulterio- 
res. Llegado éste, sin demora, el señor Elias 
convocó y presidió un consejo de guerra, reu- 
nido el 12 de Octubre, en el cual se resolvió 
nuevamente expedicionár sobr^ Cajamarca, en 
fuerza de razones poderosas que indicaban las 
conveniencias y las ventajas de este plan. 

En consecuencia, el Coronel Puga contra- 
marchó á Cajabamba á aprontar sus tropas y á 

11 



— 82 — 

* — 

preparar, en los pueblos del tránsito, rancho y 
movilidad para las que debía conducir d Coro- 
nel Borgoño. 

Pero este jefe tenía repugnancia contra la ex- 
pedición á Cajamarca y, sin conocimiento deí 
Jefe Superior, desfiló con su fuerza sobre Ótuz- 
co. (Anexo número 18.) 

Habiendo fracasado así Ja expedición pro- 
yectada, el señor Elias se separó cuatro días 
después, es decir el 16 de Octubre, de la Je- 
fatura Superior, dejándola en completa acefa- 
lía, lo que comunicó á los pueblos en una cir- 
cular. {Anexo número ip.) 

En contestación á esa circular, é\ Coronel 
Puga dirijió una nota al señor Elias, por la cual 
declinaba en éste toda responsabilidad. {Anexo 
número 20.) 

El Coronel Borgoño se encargó en seguida 
de la Prefectura y Comandancia General del 
Departamento de la Libertad, y parecía anima- 
do del deseo de proceder, en todo, en armonía 
y buen acuerdo con el Coronel Puga, como 
puede verse por la nota en que le participa ha- 
berse encargado de ese puesto. (Anexo núme- 
ro 21.) 

XXV. 

Consecuente con lo acordado en el consejo 
de guerra del 12, desfiló el Coronel Puga con 
sus pequeñas fuerzas á Cajamarca, pero en cir- 
cunstancias en que ya las que guarnecían esa 
plaza habían salido también á batirlo. 






-8 3 - 

El Coronel Puga tuvo conocimiento de que 
las fuerzas enemigas eran cuatro veces supe- 
riores á las suyas en número y elementos, y 
demandó, en oficio de fecha 30 de Octubre, la 
protección del Coronel Borgoño; perQ esta pro 
tección le fué negada, según aparece en la con- 
testación que recibió el Coronel Puga. {Ane- 
xo número 22.) 

Habiendo avanzado las fuerzas de Cajamar- 
ca hasta San Marcos, el Coronel Puga tomó po- 
siciones en el punto denominado «Llollón», una 
milla distante de Ichocán, y dispuso allí con- 
venientemente la línea de batalla que debía, 
con sólo doscientos hombres mal armados, opo- 
ner victoriosa resistencia á trescientos hombres 
de las tres armas, que comandaba el Corone). 
Antay. 

La descripción minuciosa del extraordinario 
combate, conocido con el nombre de Llollon, 
que tuvo lugar el i 9 de Noviembre de 1883 y 
en el que brillaron la audacia, el valor, la acti- 
vidad y el acierto, así de Puga, que fué el al- 
ma de esa victoria, como de todos y cada uno 
de los que lo acompañaban, sería superfluo; 
está consignado en el parte que de ella se pa- 
só. {Anexo N° 24.) 

Cuéntase por todos los testigos presenciales 
de esta jornada, que la actitud, en ella, del Co- 
ronel Puga fué un verdadero prodigio de valor. 
Hubo un momento en que su reducida tropa 
comenzaba á desfallecer, abrumada por el fue- 
go nutrido y persistente de los contrarios; al 
ver él Coronel el peligro de un fracaso, siente 



- 8 4 - 

un arranque de brioso denuedo, se lanza solo 
al centro mismo de las filas enemigas y dispa- 
rando, á derecha é izquierda, su revólver y re- 
partiendo mandobles con su espada, introdúcela 
confusión entre ellas, les infunde el pánico, y 
decide la derrota; siguen su ejemplo algunos de 
sus tenientes, reanímase la tropa, y dando una 
nueva carga, avanza y pone en fuga al ene- 
migo. 

El éxito de esta brillante jornada fué la •ocu- 
pación de la ciudad de Cajamarca, que era 
así rescatada de manos de los que allí levan- 
taron el pendón disociador de Montan, y 
donde entró el Coronel Puga el 4 de Noviem- 
bre, lanzando en la misma fecha dos patrióti- 
cas proclamas, en las que consignó la sinceridad 
de sus sentimientos y la nobleza de sus propó- 
sitos (Anexos A rrOB 2$ y 26.) 

XXVL 

El Coronel Puga ajfrovechó el tiempo que 
duró su permanencia en Cajamarca, en dar 
mayor ensanche á la organización de fuerzas y 
en expedir algunos decretos relativos á los di- 
versos ramos de la administración, y otros que 
tenían por objeto asegurar el orden y las garan- 
tías y reponer en sus puestos á las autoridades 
constitucionales. 

Pero antes de que hubiesen trascurrido diez 
días de la ocupación de la plaza y antes de que 
la benéfica acción de la autoridad legítima se 
hubiera dejado sentir, llegó la fatal noticia del 



-8 5 - 

sometimiento de Arequipa por el ejército chi- 
leno y del falso desistimiento del General Cá- 
ceres, de continuar la campaña; hechos que fue- 
ron conñrmados por la disolución de las fuer- 
zas que tenía el Coronel Borgoño bajo sus ór- 
denes, en Otuzco y con la entrega que hizo el 
Alcalde Municipal de dicha población, de los 
elementos bélicos que concervaba, al Prefecto 
¡glesista de la Libertad. 

Sucesos tan graves, que habían concluido, 
al parecer de una manera violenta, con toda la 
resistencia que podía oponerse al enemigo co- 
mún y al emanado de su apoyo, pusieron al 
Coronel Puga en una situación por demás di- 
ficultosa, manteniéndose aislado y con escasísi- 
mos elementos, en medio del desaliento que 
se apodera siempre de los pueblos después de 
toda catástrofe, reagravado con la idea de que 
la que acababa de sufrirse era absoluta y defi- 
nitiva. 

Para salir de tal situación, el Coronel Puga 
procedió, como kuprudencia lo aconsejaba, des- 
pachando comisiones numerosas para cercio- 
rarse de la verdad y resolvió salir de Cajamar- 
ca y mantenerse en su anterior Cuartel Gene- 
ral de Ichocán á fin de esperar allí los datos que 
deberían servirle para normalizar sus procedi- 
mientos posteriores. 

XXVII. 

Evidentemente, cualquier otro hombre que 
no hubiese reunido la firmeza de alma, y la se- 



— 86 — 

rena resignación del Dr. Puga, en aquel mo- 
mento, en que se creyó todo perdido, y en que 
no quedaba otra perspectiva, que la de luchar 
sin esperanza contra innumerables y encarni- 
zados enemigos, sin alcanzar otro resultado 
que una muerte cierta, ó vivir indefinidamente 
en condición amarga é insoportable, habría 
abandonado su actitud armada, y se hubiera 
sometido á las condiciones del vencedor, ó hu- 
biera elegido un punto distante donde retirar- 
se á descansar, como particular, en el seno de 
su angustiada familia, que lo reclamaba con el 
ahinco del amor en agonías, y con la agorera 
zozobra de la desgracia. 

Pero Puga, ya lo hemos dicho, era incontras- 
table en su resignación é impertérrito en que- 
rer cansar á la fatalidad, que perseguía tanto 
á la patria cómo á él, y lejos de someterse á 
los fallos de una fortuna ingrata y rigurosa, y 
preferir la tranquilidad del hogar doméstico, á 
lbs azares de una campaña desesperada, re- 
templó su energía con las noticias de nuestras 
desgracias, y más resuelto que nunca á sacri- 
ficarse, aunque fuese solo, en aras de la patria, 
constituyó un nuevo campamento en Ichocán, 
y procuró animar é inspirar confianza á sus 
compañeros dé abnegación y sacrificio. 

XXVIII. 

Eeunidos en el saltfn del Estado Mayor Ge- 
neral los jefes y oficiales que acompañaban,, 
siempre fieles, al Coronel Puga, junto con algu- 



-8 7 - 

tios notables de las inmediaciones, resolvieron 
investir á este caudillo con el carácter de Jefe 
Superior Político y militar, ya porque tal era 
la voluntad manifiesta de muchos pueblos en 
diferentes actas y comunicaciones, ya porque 
era de indispensable necesidad llenar una pla- 
za tan importante, que estaba en acefalía y que 
no sólo daba mayor unidad y amplitud á los 
trabajos sino que facilitaba inmensamente la 
adquisición y concentración de elementos béli- 
cos¿ esparcidos en la zona del Norte, y ya, últi- 
mamente, porque el ánico jefe capaz y digno, 
jtor sus méritos y condiciones, de asumir tan 
delicado puesto era aquel hombre singular. 

Procedieron, en consecuencia, á sentar el ac 
ta del caso, {Anexo N* 2j) y á reconocer la 
autoridad designada, con cargo de dar cuenta 
de estos procedimientos al Benemérito Gene- 
ral Cáceres, de quien ya se sabía ser falso el 
desistimiento anunciado y que estaba, por el 
contrario, encargado del mando supremo de la 
República, como 2° Vice-presidente elegido por 
el congreso de Arequipa. 

Mandaron, en efecto, una comisión cerca del 
Coronel Puga para que pusiera en su conocí 
miento la resolución adoptada por el ejército y 
le exijiera, en nombre del patriotismo y de las 
necesidades de la situación, á encargarse de 
aquel puesto. El doctor Puga se vio obligado 
á vencer esa susceptibilidad que le era peculiar, 
pero que en aquellos momentos no tenía pdí" 
c(ué recelar aventuradas suposiciones; y en vis- 
ta de las exigencias y reflexiones de sus ami- 



— 88 — 

gos, que no aceptaron ninguna de sus excusas 
y negativas, se encargó transitoriamente de la 
Jefatura Superior, como consta de los documen- 
tos que con este motivo se expidieron. (Anexosr 
Nos. 28 y 2pyjo). 

XXIX, 

Evacuado Cajamarca por las tropas del Co- 
ronel Fuga, fué ocupado poco después por don 
Lorenzo Iglesias, con 700 hombres de infante- 
ría y caballería, perfectamente armados y equi- 
pados, como que llegaban de Lima con todos 
los elementos necesarios, y después de perma- 
necer unos días en esa plaza, salió el 16 de Di- 
ciembre en persecución del Coronel Puga, quien, 
al arribo de las fuerzas enemigas á San Mar- 
cos, ocupó las importantes posiciones de Schi- 
tamalca, á dos leguas de distanda del campa- 
mento enemigo. 

No obstante ser las fuerzas de Puga, como 
siempre, sumamente inferiores en número y 
calidad á las de Iglesias mantuvo á éstas en 
constante jaque por 15 días. 

Durante este tiempo resolvió Iglesias entrar 
en conferencias con el Coronel Puga y le envió 
al efecto, dos comisiones, contando con enga- 5 
ñarlo por medio de las farzas y promesas de 
costumbre, Hízole preponer, como en la oca- 
sión de San Marcos, que depusiera las armas, 
en razón de que no podría resistir á fuerzas tan 
superiores como las que traía, y apoyaba su 
propuesta fingiendo, otra vez, que el General 



— 89- 

Cáceres había ya reconocido en lea el régimen 
de Montan; que, por lo tanto, no tenía objeto 
ninguno seguir el derramamiento dé sangre 
peruana, y que no le quedaba otro camino que 
«1 sometimiento, en cambio del cual le ofrecía 
las más amplias y sólidas garantías. 

Seguro el Coronel Puga de que no eran el 
patriotismo ni la buena fé, sino la cobardía 
quien había dictado la idea de las conferencias, 
rechazó enérgicamente tales proposiciones, que 
ni aun siendo sinceras habría aceptado, decla- 
rando imposible todo arreglo. 

Ésta protesta y la actitud amenazadora de 
Puga, convencieron á Iglesias de que debía re- 
solver, de una vez, por las armas, lo que su 
tonta diplomacia no podía conseguir, y lo de- 
cidieron á librar un combate definitivo. 

El i 9 de Enero de 1884, todo el grueso de 
las fuerzas de Iglesias atacó las posiciones 
del Coronel Puga, que, por haber destacado va- 
rias comisiones, solo contaba con poco más de 
350 hombres regularmente armados, pero con 
muy escaso número de municiones. 

A las dos de la tarde principió un combate 
desigual y encarnizado que terminó á las seis 
con la completa derrota de Iglesias y su reti- 
rada, en confuso desorden, á San Marcos, de- 
jando un sin número de bajas» armas, pertre- 
chos y bagajes en poder de Puga, cuyas tropas 
sólo sufrieron la muerte de un soldado y la he- 
rida de un jefe. 

Para completar este triunfo, aprovechando el 
sobrecojimiento y la confusión, que reinaban 



— 90 — 

en las filas de Iglesias, pretendió Puga atacar- 
las esa misma noche en San Marcos, para aca- 
bar de dispersarlas; pero, hecho en el campa- 
mento el balance de las municiones, no alcan- 
zaban á 300 las cápsulas útiles con que se con- 
taba, porque las tomadas al enemigo eran de 
sistema diferente. 

En vista de tal necesidad resolvió el Coronel 
Puga proveerse en el parque mismo del ene- 
migo y con ese objeto mandó, al siguiente día, 
al comandante Romero, con 40 hombres, á Ca- 
jamarca para que diese un ataque sobre la casa 
prefectural, defendida sólo por la gendarmería 
que había quedado en la plaza, y extragera el 
abundante y variado parque que existía en ella; 
pe;ro el jefe de la expedición recibió aviso en el 
tránsito de que se encontraban en marcha al- 
gunas cargas de munición que remitía el prefecto 
Iturbe al Campamento de Iglesias, escoltadas 
por 40 hombres; creyó más conveniente tomar 
este refuerzo que pasar á Cajamarca, lo que 
demandaba mucho tiempo, y á las 1 2 del día 3 
alcanzó el contingente en la hacienda de « Na- 
mora », en donde, después de un pequeño tiro- 
teo, se apoderó de siete cargas de munición y 
de los rifles de la escolta, que casi toda cayó 
en su poder, regresando en el acto con este 
botín al campamento de «Schitamalca,» donde 
llegó el 4 á las 6 de la tarde. 

Este movimiento y los trofeos del triunfo 
del día i 9 , aprovechados convenientemente, me- 
joraron mucho las condiciones del ejército; pero 
Iglesias se retiraba de San Marcos el mismo 



— 91 — 

día $ también á las 6 de la tarde, imposibili- 
tando la realización del plan de Puga, 

XXX. 

A fin de sacar el mayor partido posible del 
triunfo de « Schitamalca », al abandonar esas 
posiciones, dejó el Coronel Puga parte de su 
fuerza en Ichocán á órdenes de Romero, con 
el objeto de impedir nuevas invasiones; y con 
el resto, que ascendía á 200 soldados, empren- 
dió rápidamente campaña sobre Trujillo, en don- 
de estaba de prefecto el señor D. José Antonio 
Alarco, á fin de batir en esa plaza la guarnición 
que allí mantenía Iglesias y conseguir todos los 
elementos que ese valioso departamento podía 
ofrecerle en materia de recursos y de fuerzas. 

Pero I3. guarnición de Trujillo no dio comba- 
te y la plaza fué ocupada pacíficamente el 8 de 
Febrero de 1884. 

Los pormenores de la ocupación, del viaje 
que hizo el Coronel Puga á Ascope y de las di- 
ferentes medidas que tomó para llenar su ob- 
jeto, están extensamente puntualizados en do- 
cumentos. {Anexos N** 32 y jj.) 

La conducta del Coronel Puga en eáta expe- 
pedición, no pudo ser más digna, más correcta 
ni más caballerosa, como lo reconocen los mis- 
mos para quienes fueron adversas sus conce- 
cuéncias. 

Al saberse en Lima los acontecimientos del 
8, mandó Iglesias, en el acto, fuerzas chilenas 
de infantería y caballería para que recuperasen 



— 9 2 — 

la plaza de Trujíllo, y que desembarcaron en 
Pacasmayo, en número de 600 hombres. 

Como las fuerzas de que disponía el Coronel 
Puga eran muy reducidas y comprometer un 
combate no habría tenido otro resultado que 
una derrota segura y funesta, la prudencia 
aconsejaba desocupar la plaza, que fué recupe- 
rada por el Prefecto Alarco. 

La patriótica é históricamente heroica ciudad 
de Trujilo fué, desde jei primer momento, emi- 
nentemente enemiga del gobierno entronizado 
por Iglesias y acojió al coronel Puga con el en- 
tusiasmo con que se recibe siempre á los liber- 
tadores. 

Era preciso castigarla por estas conviccio- 
nes, y por el entusiasmo y cordialidad con que 
saludó á Puga, y albergó en su seno, al caudi- 
llo de la resistencia en el Norte, para cuyo efec- 
to, se le impuso, en el acto, un cupo de cien mil 
soles. 

Ál dejar á Trujillo, se dirigió el Coronel Pu- 
ga á Cajabamba, donde lo esperaba Romero y 
Flores, ya ascendido á coronel, con su fuerza 
aumentada á 300 hombres, durante la ausencia 
del Jeje superior. 

En su tránsito había también Puga engrosa- 
do sus tropas con muchos voluntarios, y adqui- 
rido algunos recursos. En principios de Mayo 
llegó á Cajabamba, y trasladó su cuartel gene- 
ral á Huamachuco. Allí se ocupó de dar nue- 
va organización al ejército, que había llegado 
ya á un pié respetable, formando dos divisio- 
nes, de las que la 1* fué confiada al coronel 



— 93 — 

Romero y Flores, y la 2^ al coronel Augusto 
Barren echea. 

A su regreso á Cajabamba, descubrió el Co- 
ronel Puga que el soborno y el cohecho habían 
vuelto á tratar de introducirse en sus filas. Só- 
lo se esperaba su llegada para hacer estallar un 
complot en quq estaban comprometidos algu- 
nos subalternos y mezclados unos cinco chile- 
nos; pero descubierto esta vez, por fortuna, con 
oportunidad, pudo evitarse el golpe y sus conse- 
cuencias, que habrían puesto en peligro la vida 
de Puga y el éxito de las operaciones proyec- 
tadas. 

XXXI. 

Estando el ejército en condiciones de abrir 
campaña sobre otras plazas en donde existían 
fuerzas enemigas, se reunió en Huamachuco, 
el 15 de Mayo de 1884, un consejo de guerra, 
convocado por el Jefe superior, en el que se 
debía resolver lo más conveniente. 

Existían, á la sazón, dos plazas igualmente 
importantes, que dividían la atención del ejér- 
cito del Norte; Cajamarca y Trujillo, defendi- 
das, la 1* por una fuerza de 700 hombres y la 
2* por 400. 

Hubo en el consejo encontradas opiniones, 
sobre cuál de ellas era la que convenía atacar 
de preferencia; discutiéronse lo bastante las 
ventajas é inconvenientes que cada una pre- 
sentaba; los comandantes de ambas divisiones, 
optaron por la marcha á Trujillo, é hicieron 



— 94 — 

<jue constara su opinión, pero teniendo en su 
contra una gran mayoría, que opinaba por ex- 
pedicionar sobre Cajamarca, se decidió así, 
dándose, al efecto, por el Jefe superior y por 
los jefes divisionarios, las órdenes y disposicio- 
nes que al caso requería. 

El ejército salió de FLuamachuco al día si- 
guiente. En Cajamarca se dividió en dos cuer- 
pos, que debían marchar por caminos diferen- 
tes, y atacar la plaza por dos puntos opuestos. 
Ambas divisiones llegaron á las alturas que 
dominan á * Cajamarca, el -3 de Mayo por la 
mañana, y el mismo día se libró un combate 
reñido que duró 4 horas, y cuyos pormenores 
se registran en el anexo núrnero. 34. t 

A pesar del valor, la precaución y los esfuer- 
zos que allí, como en todas partes, desplegó el 
Coronel Puga, la victoria, en esta vez, no quiso 
serle favorable, pero atenuados en mucho los 
resultados del mal éxito, se retiró del campo 
ordenadamente, y sin haber sufrido mermas de 
gran consideración. 

XXXII. 

Reconcentrado de nuevo en el cuartel gene- 
ral de Ichocán, dejó allí una base de fuerza á 
órdenes del coronel Romero, con el objeto de 
reorganizar el resto del ejército y de recojer 
los elementos extraviados, é igualmente al co- 
mandante Heredia montando una pieza de 
artillería en Cajabamba, y abrió, inmediatamen- 
te, rápida campaña sobre Huaraz. 



— 95 — 

Apenas hubo tenido conocimiento de su 
aproximación, el Prefecto iglesista que allí man- 
daba, coronel Vargas Quintanilla, preparó la 
fuerza de que disponía, en número de 200 sol- 
etados, y resolvió oponerse al paso de la expe- 
dición del Coronel Puga é impedir, á toda cos- 
ta, que penetrase en el Departamento de An- 
cachs. Con tal fin colocó sus fuerzas en las 
inespugnables alturas de Huaylas, á donde ya 
se aproximaba Puga. Conocedor éste de las 
medidas de Vargas Quintanilla, dispuso también 
sus fuerzas y las preparó para combatir, sin 
que los inconvenientes que se le oponían, lo 
determinasen á contramarchar ni á diferir si- 
quiera las operaciones. 

A la cabeza de su gente, llega á avistarse con 
el enemigo el 25 de Junio y le carga con tal 
ímpetu y denuedo que bastan pocas descargas 
para ponerlo en precipitada fuga, dejándole pri- 
sioneros y elementos bélicos. Entra en segui- 
da en Huaylas triunfante la fuerza constitucio- 
nal y allí recibe la más entusiasta y generosa 
acojida. Quintanilla llega á Caraz, pasa allí el 
resto del día, procurando reorganizar su fuer- 
za, y cortando el puente de esa ciudad, pre- 
para, en la opuesta orilla del rio una nueva re- 
sistencia para el siguiente día 27, pero inme- 
diatamente llegan tras él las fuerzas victorio- 
sas de Puga, ansiosas por combatir con el ene- 
migo hasta destruirlo totalmente, y, á pesar 
del obstáculo creado por la ruptura del puen- 
te, ejecutan con prodigosa actividad, la doble 
maniobra de reconstruirlo y de sostener los 



-96 — 

fuegos contra los de Quintanilla, que, cubiertos 
de pánico desde Huaylas, no oponen ya sino 
una débil resistencia, dominados por la auda- 
cia de los asaltantes, que pronto pasarían ei 
río y harían segura presa en las fuerzas y aun 
talvez eri el mismo Vargas Quintanilla. Para 
evitarlo emprende éste una segunda retirada, 
reservándose todavía la tercera para Huaraz. r 

El 29 llegaron eV Coronel Puga y sus va- 
lientes alas puertas de aquella Capital; pero* 
Quintanilla, derrotado dos veces y seguro de 
que, en una lucha franca, habrían bastado po- 
cos momentos para concluir con su fuerza des- 
moralizada y completar el triunfo de su adver- 
sario, apeló á una estrategia de las de la es- 
cuela de D. Lorenzo Iglesias y envió un par- 
lamentario al Coronel Puga indicándole que 
quería tratar pacíficamente la rendición de la 
Plaza. 

No obstante las ventajas adquiridas el 25 y 
el 26, que le permitían entrar en Huaraz á vi- 
va fuerza y con la mayor facilidad, cediendo el 
Coronel Puga á la generosidad de su carácter 
y deseando economizar sangre peruana, con- 
vino en entrar en arreglos y mandó hacer alto 
á sus tropas, dando crédito á la palabra oficial. 

Pero en esos momentos observó que Var- 
gas Quintanilla ocupaba, con sus fuerzas, la im- 
portante posición del Balcón de Judas, (¡curio- 
sa coinsidencia de nombre!) preparándose pa- 
ra resistir en ella, y comprendió que el en- 
vío del parlamento no había tenido más objeto 
que ganar tiempo. 



— 97 — 

Entonces ordenó Puga, en el acto, el ataque, 
que se efectuó con singular arrojo. Quintan!- 
lia hizo desesperada resistencia, pero, como 
ya en ésta, que era la tercera, iba de vencida, 
fué batido completamente, dejando casi todos 
sus soldados muertos ó prisioneros y gfan nú- 
mero de elementos de guerra; logrando esca- 
par, él con unos cuantos hombres en dirección 
a Casma. 

Puga ocupó, sin demora y sin resistencia nin- 
guna, la ciudad de Huaraz, que lo recibió con 
cariñosa esplendidez apresurándose á demos- 
trarle sus simpatías personales y su adhesión 
Á la causa constitucional. Consagróse allí, de 
preferencia, á organizar una 3* división del ejér- 
cito del Norte, cuyo mando en jefe encomen- 
dó al Coronel Duran; restituyó en sus puestos 
á las autoridades legítimas, nombró Prefecto 
del Departamento al Dr. Pedro José Porturas 
y reorganizó la administración del Departamen- 
to, recorriéndolo en distintas direcciones (Ane- 
xos N°- 35 y 36.) 

Se encontraba el coronel Puga en camino 
para Casma, cuando tuvo conocimiento de ha- 
berse pronunciado Trujillo en favor-del orden 
constitucional, con motivo de haber llegado á 
esa ciudad el comandante Herediacon algunas 
fuerzas, 

XXXIIL 

Describiremos incidentalmente y á la lijera 
ia expedición de este jefe. 

13 



- 9 8- 

Montado ya y bien dotado el cañón que se 
le había confiado, aumentó su fuerza con vein- 
te hombres armados, que pidió al coronel Ro- 
mero, y se puso en marcha el 8 de Junio de 
1884 de Cajabamba para Huamachuco, sin co- 
nocimiento ni licencia del comandante general 
del Departamento, señor Odónovan, que esta- 
ba también en Cajabamba. 

De Huamachuco se dirijió á Ascope, y tomó 
un tren que en ese día habí- 3 salido de Tru- 
iillo y obligó al telegrafista que pidiera otra 
máquina, pretextando que la primera se había 
descompuesto, y le fué remitida inmediatamente. 

Dueño ya de ambas, embarcó su fuerza y se 
dirijió á Trujillo. Hizo parar el convoy en la 
puerta de la Sierra, después de artillar un ca- 
rro de carga y parapetar en él á sus sol- 
dados, é intimó rendición, por medio de un 
parlamento, al Prefecto iglesista don Hernán 
de Vivero, que disponía de cuatrocientos hom- 
bres, y cuya respuesta fué mandar una compa- 
ñía que, después de un pequeño tiroteo, se re- 
concentró á la plaza, habiendo sufrido algunas 
bajas. 

Heredia había conseguido hacer creer que 
era conductor de una gran fuerza; que en Virii 
se encontraba el señor Cononel Puga con qui- 
nientos hombres y en Galindo el coronel Ro- 
mero con cuatrocientos. Con tales noticias y 
con su actitud resuelta impuso al Prefecto Vi- 
vero, que consultó á la Municipalidad lo que 
debía hacer en tal emerjencia: ésta, en cabildo 
abierto, contestó al Prefecto que, si pretendía 



— 99 — 

dar combate, lo hiciera fuera de la población, 
pero que, á su juicio, lo más prudente era 
evacuar la plaza con sus fuerzas y embarcar- 
se para Lima. Vivero convocó un consejo de 
guerra que optó por esta resolución y, en con- 
secuencia, abandonó la ciudad. 

Mientras tanto, Heredia había regresado a 
Ascope á esperar la resolución del Prefecto, 
y el pueblo de Trujillo, una vez abandonada la 
plaza, se reunió precididopor la Municipalidad,, 
reconoció al gobierno del señor general Cáce- 
res, sometiéndose desde luego á la autoridad 
inmediata del señor Coronel Puga, y proclamó 
como Prefecto del Departamento al señor Co- 
ronel Borgoño, quien, además, tenía, de an- 
temano, nombramiento expedido por el Gene- 
ral Cáceres, para desempeñar dicho puesto. El 
nuevo Prefecto se constituyó en Ascope y lle- 
gó á Trujillo con el comandante Heredia y su 
fuerza el 19 de Julio. 

XXXIV. 

Estas noticias, comunicadas por expreso al 
Coronel Puga, lo decidieron á dirijirse á Tru- 
jillo con el objeto de afianzar la ocupación, re- 
forzar la plaza, organizar nuevas tropas, reunir 
recursos y acordar lo conveniente á fin de despa- 
char, como en efecto se hizo, un comisionado 
á Panamá, que lo fué el señor José Antonio 
Godoy, para que comprase armas, municionas 
y demás elementos bélicos, con una considera- 
ble cantidad de dinero que le fué entregada. 



IOO — 

La marcha de Puga acompañado de la «Guar 
dia de Honor» y del ((Escuadrón Escolta», fué 
rapidísima; debiendo seguirlo de cerca el bata- 
llón «Cazadores de Cáceres.» 

El 31 de Julio llegó á Trujillo; permaneció 
allí sólo el tiempo indispensable para dejar bien 
establecido el orden - constitucional, efectuar 
los arreglos indicados y esperar al batallón que 
estaba en marcha. 

Llegado éste y unido al resto de las fuerzas, 
con un total de trescientos hombres y una pie- 
za de artillería, abrió campaña sobre Chiclayo, 
plaza guarnecida por cuatrocientos regenera- 
dores, á las órdenes del Prefecto, Coronel don 
Ignacio Alarco. 

A su tránsito, los pueblos todos daban las 
muestras más significativas de estimación y 
respeto á su persona y de adhesión al orden 
constitucional, supeditada solamente por la pre- 
sión de las bayonetas que salían de los panqués 
de Chile; engrosándose las fuerzas de Puga con 
multitud de voluntarios. El 27 de Agosto lle- 
gaba á las puertas de Chiclayo con una fuerza 
decidida y respetable. 

Inmediatamente intimó rendición al jefe de 
la plaza, que, seguro de su derrota si combatía, 
se entregó á discreción. Puga ocupó la ciudad, 
recojió todos los elementos que el enemigo 
conservaba en ella, concedió libertad y pasa- 
pprtes al Prefecto y oficialidad, aceptó los es- 
pontáneos ofrecimientos de las tropas que ma- 
nifestaron el deseo de servir bajo sus órdenes 



IOI 

á la causa constitucional y restableció el siste- 
ma legítimo en el Departamento. 

m XXXV. 

La rápida y ventajosa ocupación de tres De- 
partamentos tan importantes como Ancahs, 
Lambayeque y Libertad, agregándolos al de 
Cajamarca, con la sola exclusión de su capital, 
y contando con los de Amazonas, Loreto y 
Piura, en donde se mantenía activa la resisten- 
cia, dejaba unificado todo el Norte y sometido 
á la autoridad directa del Coronel Pugá, lo que 
traía, como consecuencia inmediata, el recono- 
cimiento completo del gobierno constitucional, 
representado por el general Cáceres. En estas 
condiciones, y contándose con un ejército con- 
siderable, que, reunidas sus diferentes fraccio- 
nes, ascendía á poco menos de tres mil hom- 
bres, en el Norte, y procediendo en combina- 
ción y acuerdo con los de todo el Sur, el Go- 
bierno espurio de la fementida Regeneración, 
que no contaba con más apoyo que las fortifi- 
caciones de Lima, en donde había hecho recon- 
centrar todo su ejército, se hallaba completa- 
mente debilitado, y próximo á una caída tan 
estrepitosa como inevitable. 

Sobre la insignificante y ridicula base de diez 
hombres mal armados con que dio principio á la 
campaña en San Marcos; sin recursos, rodeado 
siempre de innumerables enemigos, dominan- 
do todos los reveces y sobreponiéndose á todos 
los rigores de una campaña que no interrum- 



102 — 

pían las estaciones ni las inclemencias de la na- 
turaleza ni de la fortuna, y sólo merced á su 
inquebrantable patriotismo, á su probado va- 
lor, á su resignada abnegación, á su inalterable 
firmeza de voluntad, y apoyado en la lealtad de 
unos cuantos jefes dignos y buenos que poseían 
análogas virtudes y que á su lado soportaban 
idénticas viscitudes, se hallaba, al fin, el Doctor 
Puga al frente de una tercera parte del territo- 
rio nacional, y en posibilidad de ver cumplidos 
sus anhelos de contribuir á la salvación y al 
-engrandecimiento de su patria. 

Para conseguir este objeto, consagró enton- 
ces toda su atención, y dirigió todos sus cona- 
tos y combinaciones á estudiar el modo más^ 
fácil de reunir, con el del general Cáceres, toda 
la cifra de su ejército que no fuese indispensa- 
ble para sostener la situación en la zona de que 
-se había encargado, y decidir así, con su coope- 
ración, la caída definitiva de un simulacro de Go- 
bierno desprestigiado, aborrecido y sin más 
apoyo que un ejército mercenario. 

XXXVI. 

Estos planes del Jefe Superior del Norte co- 
incidieron con el llamamiento que, recibido cctn 
demasiado retardo, por desgracia, cuando esta- 
ba ya en Chtclayo, le dirigía desde Chicla su su- 
perior el Jefe Supremo de la República, el im- 
pertérrito General Cáceres, manifestándole que 
había resuelto un ataque sobre Lima y que, con 



— io3 — 

tal objeto y para asegurar el éxho, era necesario 
<jue, el Coronel "Puga concentrase todas sus 
fuerzas en la Provincia de Chancay, donde de- 
bía esperar instrucciones para el plan que de- 
bía llevarse á efecto. 

Tan luego como hubo recibido esta orden, 
reunió el Coronel Puga un consejo de guerra 
para acordar la mejor manera de darle inme- 
diato cumplimiento, subsanando, en cuanto fue- 
se posible, los efectos del atraso sufrido por 
la comunicación. 

Por fortuna, como anticipadamente había pen- 
sado ya el Coronel Puga en expedicionar sobre 
el Centro, tenía resuelto abordar dos vapores 
para embarcar la fuerza, y esta idea, propuesta 
por él al consejo, fué aceptada sin inconvenien- 
tes, resolviéndose ponerla en práctica, sin demo- 
ra, en los dos primeros vapores del Sur y del 
Norte que debían tocar en el puerto de Eten. 
En ellos debía conducirse el ejército, de una 
manera rápida, al punto designado. Las órde- 
nes de concentración estaban dadas y las de- 
más del caso fueron impartidas en el acto. 

¡Irrisiones de la suerte! 

El día oportuno para la captura de los va- 
pores, estando ya en Eten el Coronel Puga 
con la fuerza que debía ejecutarla, llegó prime- 
ro el que conducía la Mala del Norte y co- 
municó que en Paita había recibido cablegra 
ma anunciándole ... ¡la tremenda catástrofe 
del 27 de Agosto en Lima . . . ! 

Esta funesta noticia fué confirmada pocas 
horas después por el vapor del Sur, en comu- 



— 104 — 

nicaciones oficiales y particulares que no deja- 
ron lugar á duda. 

¡Siempre la misma fatalidad! 

¡Siempre el mismo suplicio, para aquel nue- 
vo Tántalo del patriotismo, apartando de sus 
manos el agua de la redención al ir ya á to- 
marla para verterla en l?s heridas de la patria! 

¡Después de los primeros esfuerzos, Hu ama- 
chuco! 

¡En pos ¿te Llollón, Arequipa! 

¡Al par de Chiclayo, el 27 de Agosto! 

¿Hasta cuándo? — ¡No importa! 

Preciso y posible es seguir adelante. 

XXXVII. 

Evidentemente, las fuerzas constitucionales 
habían sufrido un serio rechazo en Lima y un éxi- 
to tan fatal para ellas como ventajoso para Igle- 
sias tenía que producir, como resultado inme- 
diato, la nueva campaña para someter el Nor- 
te, emprendida desde Lima, sin perder tiem- 
po después del triunfo, enviando á Tujillo á 
don Lorenzo Iglesias con un ejército de 2,800 
hombres de las tres armas. 

Para conocimiento perfecto y pronto de lo 
ocurrido y de lo que pudiera sobrevenir, así 
como para mejor combinación de planes ulte- 
riores, el Coronel Puga resolvió reconcentrar 
sus fuerzas en Trujillo, dejando sólo guarnicio- 
nes reducidas en los lugares importantes de los 
otros departamentos; é impartidas las órdenes 
conducentes, se embarcó para Salaverry, el 



— 105 — 

misino día, con algunos ayudantes. La fuerza 
de Chiclayo, que pasaba de 700 hombres, que- 
daba mandada por el coronel don Joaquín Miró 
Quezada, nombrado Jefe de Estado Mayor Ge- 
neral del Ejército del Norte y debía marchar 
por tierra. 

Cuando estas fuerzas se encontraban de trán- 
sito en Pacasmayo, se avistaron dos trasportes 
del Sur que conducían fuerzas del enemigo. 
Después que entraron á la bahía, pero antes de 
que largaran anclas, ordenó aquel Jefe se les 
hicieranMos disparos, por efecto de los cuales 
volvieron á retirarse con rumbo al Norte, hacia 
el puerto de Eten; pero no atreviéndose á de- 
sembarcar allí, por suponer aquel puerto igual- 
mente defendido, como en efecto lo estaba por 
la gendarmería de Chiclayo, entraron á la Ca- 
leta de Chérrepe, en la cual soltaron dos lan- 
chas con gente armada para comenzar el de- 
sembarco. Por estar el mar muy ajitado en esa 
Caleta, sólo pudieron saltar á tierra, después 
de veinticuatro horas de trabajo, 14 hombres 
desarmados, y casi desnudos, pereciendo aho- 
gados casi todos los demás que se desprendie- 
ron de las lanchas. 

Calculado de antemano por el coronel Miró 
Quezada, el intento del enemigo de desembar- 
car en Chérrepe, que estaba indefenso, mandó 
allí, para impedir el desembarco, al comandante 
Anticona, con un v escuadrón de caballería; mas, 
antes de llegar este jefe al punto indicado, cre- 
yó que había desembarcado ya todo el ejército 
enemigo, y, sin intentar siquiera un reconoci- 

14 



— io6 — 

miento más exacto, regresó á Pacasmayo y dijo 
al Jefe de Estado Mayor que el enemigo esta- 
ba todo, no sólo en tierra, sino aun ya en per- 
secución de las fuerzas que estaban de tránsito» 
eri Pacasmayo, En virtud de estos informes, el 
coronel Miró Quezada ordenó la marcha inme- 
diata con dirección á Trujillo. 

Mientras tanto, personas adictas á Iglesias 
avisaron á los comandantes de los trasportes, 
que se hallaban en Chérrepe, la retirada de las 
fuerzas de Pacasmayo, dejando este puerto ex- 
pedito para que el ejército que condudan pu- 
diese desembarcar fácilmente. 

Practicada esta operación, D. Lorenzo Igle- 
sias dejó en Pacasmayo 200 hombres de infan- 
tería, y mandó la caballería á Eten á protejer 
el desembarco del resto de las fuerzas que de- 
bían ocupar el Departamento de Lambayeque, 
abandonado por el Prefecto, Sr. Moisés Mon- 
doñedo, sin intentar resistencia alguna. 

El Coronel Miró Quezada, continuaba, avan- 
zando y llegaba con sus fuerzas á Trujillo, des- 
pués de una marcha desordenada y violenta. 

Ya en Trujillo también el Jefe Superior, re- 
cibió esas fuerzas y tuvo varias conferencias 
con el Prefecto de la Libertad, Coronel Bórgo- 
ño: en ellas se resolvió que el señor D. To- 
más Ganosa se encargase de la Prefectura y 
que el Coronel Borgoño asumiese el puesto 
de Comandante en Jefe del ejército, que acep- 
tó el día 11. 

Después de la aceptación del señor Borgo- 
ño se convocó, un consejo de guerra que se 



— 107 — 

reuniría en la noche del día 15 de Setiembre 
y al que debía concurrir el Coronel Borgoño. 
Pero en la mitad de ese mismo día, el señor 
Borgoño se dirijió á Salaverry, donde se em- 
barcó para Panamá en el vapor que pasaba 
en esa fecha, abandonando la Comandancia en 
Jefe sin haber dado aviso de su resolución al 
señor Jefe Superior. Cuando éste lo hizo bus- 
car en la noche, estando ya reunido el Conse- 
jo, supo con sorpresa que no había regresado 
de Salaverry, y habiéndole hecho un parte te- 
legráfico al Capitán de ese Puerto, para que 
diera noticia del Coronel Borgoño, se informó, 
por su respuesta, de lo ocurrido. 

En la misma fecha se mandó áf Paiján al Co- 
ronel Romero, con 80 hombres para que, al 
mismo tiempo que sirviese de avanzada, hosti- 
lizara cuanto le fuese posible al enemigo. Es- 
te jefe, con movimientos bien combinados que 
tenían por objeto aparentar un ataque con 
fuerzas superiores, obligó al enemigo á aban- 
donar la provincia de Pacasmayo y emprender 
una retirada forzada á Cajamarca, dejando 
abandonados algunos hombres y unos pocos 
elementos. Recuperaba esa Provincia, el Co- 
ronel Romero restableció á las autoridades le- 
gales en sus puestos y, dejando la fuerza que 
le obedecía á órdenes del Coronel Barrenechea, 
regresó á Trujillo á dar cuenta y pedir refuer- 
zo para conservar el dominio de la Provincia y 
repeler á la fuerza enemiga, en caso de que se 
presentase. 

Entregáronse á este jefe, como refuerzo, 200 



— 108 — 

hombres, que dividió en dos fracciones; que- 
dándose él con la una para defender el Puerto, y 
el camino de la Sierra con la otra que enVió á 
«Tecapa,» pero habiendo sido atacado en Pa- 
casmayo por las fuerzas que iban de Lima 
en número considerable, se retiró á«Tecapa,» 
por San Pedro, á fin de unirse con el desta- 
camento que allí había enviado y seguir al 
Cuartel General, en conformidad con instruc- 
ciones recibidas. Al llegar, encontró que el 
destacamento de «Tacapa» se batía en retira- 
da y uniéndose á él emprendió la marcha, 
por Paiján, en la noche del 27 de Setiembre. 

En este punto y en momentos tan peligrosos 
para la causa,, lo sorprendió una noticia ines- 
perada que lo obligó á detenerse. 

El Coronel Puga había sido reducido á pri- 
sión á consecuencia de un movimiento político 
efectuado en Trujillo en la mañana del mismo 
día. 

Véase lo que había sucedido. 

XXXIX. 

Conocedor el Coronel Puga, Jefe Superior 
Constitucional, del verdadero estado de sus 
fuerzas y de las ventajosas condiciones eñque 
atacaba el enemigo, manifestó, en Junta de 
Guerra, el peligro que había de resistir en Tru- 
jillo y la conveniencia de retirarse á Otuzco, 
en donde se podrían ocupar buenas posiciones 
y esperar en ellas el ataque con probabilidades 
de buen éxito, al mismo tiempo que se daba 



— 109 — 

ocasión para que se reuniesen todas las frac- 
ciones del ejército que estaban diseminadas y 
que hubieran formado un total de más de 2,000 
hombres; fuerza suficiente para contar con un 
triunfo seguro. 

Pero había intereses contrarios, ideas opues- 
tas y compromisos contraídos que quisieron 
sacar partido de las sinceras y atinadas opinio- 
nes del Coronel Puga y que se aprovecharon 
de ellas para explotarlas en favor de planes 
proconcebidos y que era preciso llevar á cabo. 
Supúsose que el Coronel Puga opinaba en 
contra de la resistencia en Trujillo por temor 
ó cobardía, y, en aquellos momentos supre- 
mos, se le acusó de pretender aprovechar para 
sí del éxito futuro de la contienda; es decir 
se le hacía protagonista de una nueva edición 
de la fábula de la piel del Oso. 

No podía imaginarse jamás el Coronel Puga, 
y mucho menos en aquellos instantes, que en 
Trujillo pudiera haber quienes tramasen contra 
él, sin embargo de que no faltó un noble cora- 
zón de mujer que le advirtiese de la existencia 
de un peligro que lo amenazaba aun con el ve- 
neno. 

Reunido el senáculo que, en Trujillo repre- 
sentaba la intriga que favorecía aquellos inte- 
reses, en la casa del Sr. Pascual de Vivero, en 
junta que presidió la Señora Isabel Gonser, es- 
posa de éste, y con asistencia de los Sres. Jesús 
Elias, recién llegado de Lima; Coronel Santos 
Heredia, comandante general de artillería; Co- 
ronel Domingo Cueto, jefe de batallón; Co- 




— no — 



mandantejÉftiei¿*ai Otoya, jefe del Zepita y al- 
gunos otros conspiradores más, resolvieron dar 
el golpe de mano que eliminase al Coronel 
Puga y los librase de su presencia. Este objeto 
debía conseguirse atacando al Jefe superior 
cuando se encontrase durmiendo en su cama y 
reduciéndolo á prisión á viva fuerza ó dándole 
muerte, en caso de resistencia. 

Efectivamente, en la mañana del 27 de Se- 
tiembre, estando de servicio y montando la 
guardia en la Jefatura superior el batallón Ze- 
pita, penetraron los conjurados en el cuarto, 
en que dormía también el Coronel Miró Que- 
zada, y sorprendieron al Coronel Puga, dormi- 
do aún. El capitán Ricardo Herrera se le acer- 
có, y después de apoderarse del revólver que te- 
nía á la cabecera y de aplicarle al pecho el ca- 
ñón de un rifle, lo despertó, dándole la voz con 
que le intimaba prisión. Apenas hubo desper- 
tado, Puga creyó que iba á disparar sobre él y 
tomó violentamente el rifle de Herrera para 
desviarlo; esta acción ocasionó una luch^ entre 
Puga y el Capitán, para poner término á la cual, 
el comandante Otoya disparó, por sobre el hom- 
bro de Herrera y casi á boca de jarro, dos tiros 
de revólver sobre el Coronel Puga, de los que 
uno le hizo una raspadura en el cuello. A los 
disparos, Puga se dejó caer al suelo para hacer 
creer que había muerto. Este ardid surtió efecto, 
pues, Otoya, creyéndolo así en realidad, se reti- 
ró del dormitorio, dejando de custodia á los que 
lo acompañaban y, al salir, manifestó á Here- 
dia, que entraba, que todo estaba terminado. 



\ 



— III — 

Al retirarse Otoya, recibió 'un tiro de revól- 
ver que le disparó, desde una habitación conti- 
gua, el Dr. José Santos Mercado, hiriéndolo 
levemente en el cuello. 

Los tiros y el escándalo ocasionado en el dor- 
mitorio del Coronel Puga pusieron en alarma 
á los ayudantes y demás militares que dormían 
<en otras habitaciones y se lanzaron á saber lo 
que ocurría; Dos de esos ayudantes, los jóvenes 
«Goycochea y Arbulú, fueron asesinados, sin 
resistencia, por los soldados de Heredia. Este y 
Otoya se retiraron del teatro del atentado. 
En la misma mañana se encargaba de la Jefatu- 
ra superior eL Sr. D. Jesús Elias y el Coronel 
Miró Quezada era nombrado Prefecto del De- 
partamento. Estas nuevas autoridades dispu- 
sieron que el Coronel Puga fuese trasladado al 
puerto de Salaverry, donde era custodiado 
por fuerzas que se iban relevando, hasta que> 
para complementar el escandaloso atentado, 
se le embarcara en un buque de vela que estaba 
ele viaje para Guayaquil y que debía tocar en 
los puertos ocupados por fuerzas iglesistas. 

Comprendiendo los amigos del Coronel Puga 
el riesgo que éste corría de ser extraído en el t 
viaje, ya por las autoridades enemigas de tierra» 
ya por las fuerzas de Iglesias que recorrían la 
costa en el vapor «Santa Rosa», gestionaron 
ante los Sres. Elias, Miró Quesada y Heredia, 
y consiguieron de ellos la orden de libertad pa- 
ra Puga, con la condición de que se internara 
para la sierra por la vía de Virü. 

Puga, sin embargo, interesado como estaba 



/ 



— 112 

por el éxito de las operaciones en favor de la 
causa nacional, permaneció en Guañape hasta 
el mismo dia 10 de Octubre en que tuvo lugar 
el desastre de las fuerzas constitucionales en 
Trujillo, que, sin duda, su presencia hubiera im- 
pedido, y sólo después de saber el funesto de 
senlace de aquella memorable jornada se diri- 
jió á Cajabamba con unos pocos amigos que lo 
acompañaban. • 

Véase hasta donde llegaba la nobleza.de 
aquella alma y el patriotismo de aquel corazón: 
Apesar del golpe que acababan de asestarle 
tuvo todavía, en la hora suprema del peligro, la 
abnegación de pedir á> los mismos que lo ha- 
bían lastimado, un puesto cerca de ellos para 
pelear como soldado por su patria y por su 
causa. 

No tuvieron valor para aceptarlo. 

XL. 

¿ A qué influencia obedecía aquel escandalo- 
so procedimiento, en aquella hora de angustia- 
da situación ? 

¿ Qué objeto tenía aquel movimiento político 
sin causa ostensible, sin pretexto justificado, 
sin bandera ninguna que levantar? 

¿ Qué motivo había dado el Coronel Puga 
para que su persona fuese señalada como víc- 
tima de una alevosía tan inaudita como inútil? 

Las rivalidades mezquinas, las intrigas de 
camarilla, las susceptilidades personales, el es- 
píritu de preponderancia individual, la vanidad 



— H3 — 

exagerada, la envidia disociadora, fueron siem- 
pre causa predisponente de la serie de desas- 
tres que hemos presenciado durante ocho años. 
Para cada uno de ellos podría encontrarse nom- 
bre y apellido en que dar encarnación á una de 
aquellas ruines pasiones. 

Todas ellas se unieron para producir el que 
sobrevino después de ese golpe de mano, naci- 
do de una acusación sin fundamento y de una 
suposición gratuita. 

Acusar de cobardía al Dr. Puga era romper 
las recientes páginas de su historia, escritas en 
fresquísimas hojas de glorioso laurel. 

Suponerle miras y propósitos de ambición 
personal para el porvenir, era aplicar el aposito 
antes de que se hubiesen anunciado los prime- 
ros síntomas de la enfermedad. 

Una y otra cosa significaban desconocer, en 
lo absoluto, el carácter del Dr. Puga. 

Ahí están sus actos individuales, la serie su- 
cesiva de sus procedimientos, y los numerosos 
documentos que expidió, publicados unos, con- 
servados otros en los diferentes archivos re- 
partidos en los lugares que le sirvieron de 
cuartel general, y en el del mismo General 
Presidente, si no fueron interceptados por los 
enemigos de diversos matices; ahí están algu- 
nos de ellos insertos más adelante, para acre- 
ditar la nobleza de sus sentimientos, para pa- 
tentizar la lealtad de su proceder, para des- 
vanecer envidiosas calumnias, para avergonzar 
mentirosas procacidades, hoy que la libertad 
de la prensa, garantida, permite que pueda po- 



— te- 
nerse á la vista de la nación todo lo que antes 
se puso especial empeño en ocultarle. 

Ya va á sonar la tora de las revelaciones, y 
cuando haya vibrado su última campanada, ha- 
brá muchas frentes que no aparecerán tan lim- 
pias de sombras, cómala sombra de Puga se 
ostentaría de radiosa, sí se presentase, á su vez 
acusadora, á reclamar la limplieza de su me- 
moria. 

Pero, por fortuna, el atentado de Trujillo na 
la empaña; al contrario, lo levanta muy alto, 
para que pueda mirársele bajo mejor luz. El 
pregona la gran significación de Puga, cuando 
se le creía suficiente para nivelar el fiel de la 
balanza política; él indica la importancia de sus 
procedimientos, cuando se les juzgó bastan- 
tes, para servir de pedestal á una alta figura 
del porvenir; él revela, acaso también, medro- 
so pavor de conciencia para algunos á quie- 
nes su presencia hubiera servido de perenne 
torcedor. 

Si Puga aspiraba, en loíntimo de su alma, á 
alguna recompensa de la nación, tenía demasia- 
da delicadeza para arrebatársela, por asalto, á 
aquél que se le había adelantado en conquistar- 
la; tenía una abnegación demasiado bien probada 
para exigirla, y mucho menos tomársela por su 
mano; era su patriotismo suficientemente re- 
signado, para que no hubiese sabido aguardar 
la parte que le correspondiese en la distribu- 
ción del reconocimiento de la patria, para con 
sus buenos hijos. 

La alevosía de Trujillo no significó para Pu- .. 



— n5 — 

ga, más que cualquiera de las otras contrarie- 
dades, que tantas veces hicieron renacer, más 
férvido, su patriotismo, de las cenizas en que 
se consumían las esperanzas de la Nación. 

Talvez no significará lo mismo para los que 
sobreviven de entre los que la consumaron ó 
consintieron en ella. 

XLI. 

Estrañádo del teatro de los acontecimientos 
el Jefe Superior, Coronel Puga, y depuesto del 
mando político y militar del Norte, por una re- 
volución ó más bien por una celada, incalifica- 
ble de parte de sus fuerzas y de sus jefes, pro- 
dujo su separación los resultados que inevita- 
blemente debían esperarse, en un ejército orga- 
nizado por él, merced á. sus esfuerzos y com- 
puesto, en su mayor parte, de hombres de rela- 
tiva ignorancia, más adictos á la persona que al 
principio que defendían. 

Fué el primero y el más inmediato la defec- 
ción, en una tercera parte, de las tropas, en po- 
cos de los días trascurridos desde la prisión de 
su legítimo jefe. 

Un acontecimiento que envolvía, á un tiem- 
po, el doble crimen de arrebatar violentamen- 
te al Coronel Puga, la autoridad legal que ejer- 
cía y de engendrar la deserción y el descon- 
tento, al frente del enemigo poderoso, que es- 
taba á las puertas, tuvo que traer, como segun- 
do resultado, el decidir á ese enemigo á em- 



— u6 — 

prender un ataque sobre la plaza, en donde an- 
tes había visto la tumba de su ejército, y en 
donde contemplaba después, entusiasta y con- 
fiado, un triunfo que le facilitaba recuperar, por 
completo, el perdido dominio del Norte. 

Suponiendo, como era natural, que muy 
pronto debían ser atacados por la fuerzas de 
Iglesias, el señor Elias ofició al Coronel Ro- 
mero, que permanecía en Paiján con más de 
200 hombres que le obedecían, para que inme- 
diatamente se reconcentrara en Trujillo con 
sus fuerzas; pero el Coronel Romero contestó 
el oficio en que se le llamaba con una enérgi- 
ca protesta, en que desconocía la autoridad 
usurpada del Sr. Elias; pedía la restitución del 
Coronel Puga á su puesto, y manifestaba que 
él, como partidario leal de la causa, cumpliría 
su deber para con ella, y estaba listo á resistir 
al enemigo hasta donde le fuera posible, pero 
que no podía reconocer á los que, sin derecho 
alguno, habían operado un cambio político de 
fatales consecuencias para la causa y quitado 
la autoridad que, legalmente y con título bas- 
tante desempeñaba el Coronel Puga. Esta 
contestación, la defección escandalosa de las 
fuerzas y el peligro inminente en que se en- 
contraba la plaza, decidieron á Elias á dimitir 
la Jefatura á los pocos días de haberla acepta- 
do, quedando tan sólo subsistente, como auto- 
ridad, el Prefecto del departamento. 

Entre tanto, el enemigo se acercaba á las 
puertas de la ciudad, que resolvió aprontarse 
para la defensa. 



— ii7 — 

Viendo el Coronel Romero que había llega- 
do el momento de combatir con el enemigo, 
único objeto para que se habían organizado las 
fuerzas del Norte, pidió un tren y partió para 
Trujillo, donde llegó el 7 de Octubre, y mani- 
festó al Prefecto que, sin someterse á lo hecho, 
concurría solamente al acto de la batalla, por ser 
ese su deber. 

Tres días después tuvo lugar el sangriento 
y desgraciado combate, cuyo éxito dejó aniqui- 
lado al ejército constitucional, que ninguno de 
los que arrebataron el poder al Dr. Puga hu- 
biera pensado en reorganizar. 

XLII. 

Pero existía aún, felizmente, en el Norte, el 
hombre infatigable, el patriota que no deses- 
peró nunca, á pesar de los desengaños y de las 
contrariedades, el Coronel Puga, que llegó á 
Cajabamba, dio una proclama á los pueblos 
{anexo núm. 37,) y comenzó una vez más la ar- 
dua tarea de buscarse hombres y elementos, 
para organizar un nuevo ejército, no exitiendo 
ya sino algunos fragmentos esparcidos, del 
que tuvo en Trujillo, y algunos buenos amigos 
que, después del desastre, fueron á reunírsele, 
lo mismo que algunas fracciones de fuerza que 
se conservaban en Otuzco y Huamachuco. 

Con esta pequeña base principió la reorga- 
nización, que, atendida la falta de fé y el can- 
sancio de muchos hombres de espíritu débil, 
era sumamente difícil. 



-»i8- 

Sin embargo, no dejó de adelantarse con al- 
guna rapidez, reuniéndose más de 200 hobres 
en sólo el trascurso de 30 días próximamente. 

Iglesias, que, por su parte, pretendía impe- 
dir á todo trance la reorganización, persiguien- 
do los restos del ejército hasta diseminarlos to- 
talmente, emprendió, á principios de Noviem- 
bre, una campaña formal sobre Cajamarca, con 
500 hombres de las tres armas, y obligó al Co- 
ronel Puga, en vista de la suma escasez de mu- 
niciones, á emprender nueva retirada sobre el 
Marañón. 

Llegado Iglesias á Cajabamba y establecido 
allí su campamento, se le presentó D. Alejan- 
dro Cuadra, antiguo amigo, partidario y com- 
pañero del Coronel Puga, para ofrecerle sus 
servicios y proporcionarle datos minuciosos de 
las fuerzas que conducía Puga y proponién- 
dole que le confiase una comisión para batir y 
capturar á dicha fuerza, inclusive sus jefes. 
Iglesias le entregó 300 hombres, y con ellos se 
dirigió á las haciendas de «Huagal» y «Pauca,» 
donde suponía encontrar al Coronel Puga; pero 
como éste estuviese muy distante con sus fuer- 
zas, y sólo la familia hubiese permanecido en 
la primera, la tomó Cuadra, sin duda, por ^1 
enemigo que buscaba, no atreviéndose *á per- 
seguir al otro hasta donde estaba, y trabó con- 
tra ella descomunal batalla, en que esposa, se- 
ñoritas y niños de toda edad, fueron reducidos 
á prisión y tratados con el rigor más brutal y 
despiadado, confinados en una reducida habita- 
ción sin techo ni puertas, devorados antes por 



— 119 — 

<el incendio y que servía de cuerpo de guardia; 
•donde se cometíala bárbara crueldad de no 
permitirles más alimento que carne cruda; en 
donde se multiplicaban los centinelas de vista 
y donde se proferían los denuestos más atroces 
y las injurias más incalificables. 

Por otro lado, Cuadra libraba combates dia- 
rios contra las propiedades, que eran, por terce- 
ra vez, entregadas al saqueo y á la destrucción, 
pero ahora de una manera más metódica y for- 
mal, sirviendo como botín de guerra todos los 
capitales, trapiches, molinos, alambiques y de- 
más enseres, que unos eran enviados á Caja- 
marca, otros trasladados á la hacienda de Mal- 
camachay y otros, los que no podían ser con- 
ducidos, arrojados al Marañón. 

En «Huagal» permaneció Cuadra quince días, 
£n cada uno de los cuales iba aumentando los 
rigores de la prisión de la familia Puga. 

Con el pretexto, una vez, de buscar común i- 
caciones, se apoderó de una maleta en que con 
servaba la señora algunas alhajas y dinero; to- 
do, hasta la ropa de los niños, fué sustraído y 
repartido á los soldados y á las rabonas. 

Por fin, cuando ya nada quedaba que arra- 
sar, dio por terminada esta campaña y em- 
prendió la retirada hacia Cajamarca, conducien 
do un convoy de prisioneros de guerra com 
puesto de mujeres y niños á quienes, si hizo 
dar las peores bestias y los más ridículos ape 
ros, proporcionó, en cambio, escolta formidable. 

Al llegar alas inmediaciones de la ciudad 
recibió la familia la orden de libertad, en mo- 



— 120 — 

mentos en que Don Lorenzo Iglesias llegaba 
de Cajabamba con el resto de sus fuerzas y ha- 
cía su entrada triunfal en Cajamarca, precedido 
de aquel significativo trofeo militan 

XLIIL 

Entre tanto, el Coronel Puga, que durante 
su permanencia en el Marañón había sido hos- 
tilizado por fuerzas que en Pataz tenian los 
íglesistas á órdenes de Pazos y Vera y por 
otras que operaban por Celendín, resolvió lle- 
var su fuerza á Chachapoyas, para organizaría 
allí con más tranquilidad y procurarse elemen- 
tos, que le habían sido ofrecidos del Departa- 
mento de Amazonas. 

Con tal objeto mandó de vanguardia setenta 
y cinco hombres al mando del comandante Jo- 
sé María Zavala, los cuales, al segundo día de 
su llegada áLeimebamba, fueron sorprendidos, 
el 8 de Diciembre, por los habitantes reunidos 
de cinco pueblos y asesinados de la manera 
más cruel y espantosa. Allí sucumbieron el jefe / 
Zavala, los comandantes Mmmmm Romero„¿¿&M¿*¿*/ 
González y Soto, salvando únicamente seis in- * 
dividuos de una manera milagrosa, entre los 
que se cuenta el coronel Don Augusto Barre- 
nechea. 

La noticia de este terrible acontecimiento sor- 
prendió al Coronel Puga en las inmediaciones 
de Leimebamba y lo obligó á contramarchas en 
dirección á San Marcos. Allí dispuso que el co- 
ronel Romero viniese á Lima con objeto de en- 



tenderse con los agentes del General Cáceres, 
ponerse al corriente, con la mayor exactitud 
posible, de las condiciones en que se encontra- 
ba la resistencia dirijida en el Centro y Sur por 
=este General y restablecer con él la correspon- 
dencia direuta,á fin de recibir sus instrucciones 
respecto al plan que debería seguirse para enca- 
rrilar la situación en el Norte, procurando con- 
tinuar, si era necesario, hasta Arequipa y en- 
tenderse con él personalmente. 

Después de la salida de Romero continuó el 
Coronel Puga en San Marcos con una peque- 
ña fuerza, siguiendo siempre el mismo sistema 
de hostilidades á los falsos regeneradores, que 
tan buen éxito le produjo durante la primera 
campaña,; pero, además de la pérdida sufrida 
en Leimebamba, había tenido algunas desercio- 
nes, y conocedores los de Iglesias en Cajamar- 
ca de la situación en que se encontraba, des- 
tacaron una fuerza de cuatrocientos hombres, 
á las órdenes del coronel don Alejandro Ló- 
pez, para que lo persiguiera. 

Como Puga estaba en la imposibilidad de 
resistir el choque de una fuerza tan numerosa, 
se retiró primero al valle de Condebamba y 
luego á Huatún donde se detuvo porque el 
enemigo lo persiguió sólo hasta el primer pun 
to, desesperado al no poder darle alcance. 

El Coronel Puga regresó entonces de Hua- 
tún á Ichocán, pasando por la hacienda de «Ca- 
lillan» donde se hallaba refugiada su familia, 
que había logrado salir de Cajamarca burlando 
la vigilancia de los espías de Iglesias, para es- 

*' 16 



Lv 



— 122 

caparse de constantes vejámenes y persecu- 
ciones. ^ 

Fué ésta la última vez que estrechó contra 
su generoso y noble corazón á su esposa y & 
sus hijos. 

La escena final, la más trájíca del interesante 
drama militar y político en que el Doctor Puga 
había sido heroico protagorrista r iba á desarro- 

Harse - *4W^ 

El 15 de Ma^e de 1885, emprendíala última 

Jornada de su larga y accidentada campaáte. 

XLIV. 

Tenía el Subprefecto ígiesísta f Manuel J, Ve- 
ra, en Huamachuco, una fuerza de ciento cin- 
cuenta hombres, y el Coronel Puga emprendió 
operaciones con el objeto de batirlo. Al aproxi- 
marse á la población, el 1 7, encuentra al ene- 
migo parapetado en un morro de difícil acceso; 
lo ataca y lo desaloja de esa posición al ruido- 
de unas pocas descargas; retírase el enemigo 
y organiza dentro de la ciudad una tenaz resis- 
tencia; Puga avanza con su denuedo y valor 
acostumbrados, carga en las calles con ímpetu 
violento, y da cima á la victoria principiada en 
el cerro, después de dos horas de fuego nutri- 
do é incesante. 

El enemigo huye hasta fuera de los extramu- 
ros del lado opuesto de la ciudad, dejando en el 
campo muchas bajas y en poder de Puga todos 
sus elementos. 



— 123 — 

El triunfo era completo, pero aún se dispa- 
raban algunos tiros resagados á distancia. 

Se ocupaba el Coronel Puga en perfeccionar 
la victoria, cuando recibió aviso de un falso de- 
sorden cometido por algunos de los suyos, y á 
fin de evitar cualquier abuso que la fuerza triun- 
fante pudiera cometer, vuela solo, recorriendo 
á galope la ciudad y seguido, desde muy lejos, 
únicamente por un ayudante. 

Al retirarse, en su derrota, los tenientes de 
Iglesias habían apostado en una casa un grupo 
de asesinos encargados de sorprender y apro- 
vechar un momento oportuno y preparado; al 
aparecer Puga en la calle en que estaban, vie- 
ron á la mano la ocasión premeditada de asesi- 
narlo y de hacer desaparecer, en aleve celada, 
al denodado caudillo de la resistencia constitu- 
cional en el Norte de la República. 

Al descubrirlo le hacen una descarga que 
arroja por tierra al caballo herido en el cuello 
y tiende al Coronel Puga con una pierna des- 
trozada y oprimido bajo el peso del corcel. 
Viendo entonces los asesinos que aun no apa- 
recía ninguno de los partidarios de Puga, salen 
de su escondite, se arrojan sobre él y desar- 
mándolo, lo ultiman, haciéndole saltar el cráneo 
con un tiro de su propio revolver. 

Huamachuco, la heroica de Bolívar y la infor- 
tunada de hoy, había sido testigo de un crimen 
más de los muchos que poco antes enlutaran su 
atmósfera; había agregado otro nombre en el 
martirologio de peruanos ilustres, cuyas cenizas 
debe conservar con patriótica veneración. 



% 



— 124 — 

No tardaron las fuerzas victoriosas en sor- 

[>render el cuadro fatídico que presentaba aque- 
la calle de la ciudad. 

Enmudecido en el momento su entusiasmo, 
comprendieron, con pesar y abatimiento pro- 
fundos, que la fatal pérdida de su siempre ama- 
do jefe era )a más trascendental, y la más po- 
sitiva derrota que podía sufrirse. 

Sobrecogidos de lloroso respeto procedieron 
á depositar el cadáver en una casa particular 
y al día siguiente lo trasladaron á Cajabamba 
en donde, después de hacerle los honores fú- 
nebres, quedó sepultado en una capilla de la 
iglesia matriz. 

XLV. 

No existe ya el Dr. José Mercedes Puga y el 
lápiz del biógrafo puede correr con fácil liber- 
tad y sin temor de ser tildado de parcialidad in- 
teresada, al tributar debida justicia á su memoria. 

Durante el largo período en que estuvo en 
el Norte al frente de la situación, así en la con- 
tienda internacional como en la discordia civil, 
ya como coadjutor de un gobierno legítimo, ya 
como organizador de la resistencia opuesta por 
aquellos pueblos á un gobierno usurpador, ya 
como Jefe superior, delegadb del Gobierno le- 
gal que la nación anhelada restablecer definiti- 
vamente y representante del principio constitu- 
cional, que sostenía con esforzado empeño, el 
Dr. Puga, haciendo ostentación de cTn prtriotis- 
mo ejemplar, no creyó nunca hacer masque cum- 
plir su estricto deber, sin omitir sacrificio alguno 



— 125 — 

para ello, y lo hacía, no sólo con satisfacción 
para su propia conciencia sino también para la 
conciencia nacional que ha de juzgarlo. 

En la prolongada serie de sus evoluciones 
militares, en las tres zonas geográficas que fue-> 
ron teatro de sus proezas: desde Chachapoyas 
hasta Huaraz y desde las márgenes del Mara- 
nón hasta las playas del Pacífico, no hay un so- 
te pueblo que conserve de él ingrata memoria; 
nj> habrá una voz que pueda levantarse para 
proferir justa queja contra su conducta. Vivos 
están los testigos y colaboradores de su incan- 
sable labor, para pregonar la noble y generosa 
hidalguía de sus procedimientos. 

Por su constancia inalterable por su afanosa 
y casi mágica actividad, por su resignación an- 
te la desgracia y el sufrimiento, Puga dio mues- 
tras de pertenecer á esa raza privilegiada de es- 
píritus superiores que, durante la conquista, ju- 
raban, lo mismo destruir un imperio que domi- 
nar la naturaleza, ora atrepellando legiones con 
Francisco, era allanando selvas y montes, desnu- 
da la planta, con Gonzalo Pizarro; demostró te- 
ner el mismo temple de alma de aquellos proce- 
res de la magna época, que, desde el Orinoco 
hasta el Bío-bío y desde el Guayas hasta el Plata, 
obligaron á un mundo á confinarse en un hemis- 
ferio para dar libertad é independencia al otro. 
Sin duda, había recibido una parte de aquella 
herencia de vigor y grandeza, legada por ellos, 
y de que Cáceres guarda en su seno las demás. 

En medio de caprichosas y continuadas alter- 
nativas de triunfo y derrota, si hoy creaba un 



I2Ó 

ejército para perderlo, sacaba mañana otro de 
la nada para conseguir una victoria; y siempre 
inalterable -en su abnegación y patriotismo. 

En esa actitud armada, jamás descendió de 
su puesto de leal caballero, por que compren- 
día que, levantando el estandarte de una causa 
que sólo era la suya personal por ser la de la 
nación, le correspondía únicamente acatar la ley, 
y seguir, en sus movimientos, el impulso impreso 
por la dirección superior, secundándola con celo 
ardoroso, pues su papel, lo mismo que el de su 
ejército, por más que alguna vez se vio éste ele- 
vado á la crecida cifra de 3,000 soldados, tenía 
que ser subsidiario, al lado del gran caudillo de 
la Nación. Tanto mejor desempeñaba esa mi- 
sión, cuanto mayores obstáculos oponía el ene- 
migo, cuanto mayor número de fuerzas le obli- 
gaba á distraer, para tratar de someterle), des- 
truyéndolas á veces, diezmándolas casi siempre. 

Por último rindió la vida en holocausto por 
la Patria y en aras de la causa nacional triunfante 
hoy, que supo sostener con tan admirable de- 
cisión. 

Más que del acontecimiento, más que de 
la evolución política, fué víctima de la zana im- 
placable de sus antiguos enemigos, encarniza- 
dos é irreconciliables. 

XLVI. 

Hay una manera de comprender la igualdad 
social que consiste, no en buscar el nivel , su- 
biendo para equipararse á los mejores sino impi- 



— 127 — : 

diendo, á todo trance, que éstos se destaquen 
ó deprimirlos después de levantados. 

Tal sentimiento es patrimonio de todas las 
almas ruines, que poseen el raro privilegio de 
ver en el sol las manchas que tienen en los ojos. 

Esto esplica por qué no han faltado quienes 
hayan pretendido arrojar sombras sobre la con- 
ducta y los procedimientos del doctor Puga, 
propalando contra él aseveraciones pérfidamen- 
te calumniosas, á las que ha dado paso esa in- 
vencible tendencia humana á deleitarse en la 
difamación escandalosa y que son siempre reco- 
jidas con satisfacción por los que creen ver lle- 
gar á sus filas uno más con quién repartir al- 
gunos salpiques del lodo que les corresponde. 

Se ha pretendido acusar al doctor Puga de fal- 
ta de delicadeza en el manejo de los fondos de 
que ha tenido que servirse para atender á las 
múltiples necesidades de la situación en que se 
había colocado. 

Si semejantes acusaciones pudieran ser jus- 
tas con respecto del doctor Puga, la misma jus- 
ticia existiría para que fuesen víctimas de ellas 
todos cuantos jefes, en las diferentes secciones 
de la República, han tenido que emprender 
campañas, practicar evoluciones y conducir ejér- 
citos, que, por cierto, no se alimentan de sólo 
patriotismo y buena voluntad, y que, forzosa- 
mente, tienen, en mucho, que vivir del país 
que pisan. 

Demasiado conocido y demasiado soportado 
es el estado de penuria en que, desde hace tiem- 
po, se encuentran los pueblos, para compren- 



— 128 — 

der los grandes sacrificios que habrán tenida 
que hacer para desprenderse de óbolos escasí- 
simos con que atender, repetidas veces, á las 
necesidades de situaciones semejantes; y muy 
poco sentido común se necesita para imaginar- 
se los apuros en que, en mil ocasiones, habrán 
debido verse y los ingeniosos arbitrios de que 
habrán tenido que echar mano, los que hacían 
frente á ellas. 

Cuando, después de cada descalabro, que 
lo anonadaba hasta dejarlo reducido al aisla- 
miento, emprendía el persistente caudillo la 
tarea de reorganizar un nuevo ejército, eran 
sus bienes, puestos al servicio de su tesón 
inquebrantable, los que hacían frente á todos 
los gastos y vencían todas las dificultades de la 
acumulación de toda clases de elementos. Puga 
compró y recompró muchas veces, al precio de 
20 soles de plata, rifles que pagaba dando por 
cada uno, á razón de 16, un quintal de coca 
de sus plantaciones, que valía treinta. Once 
rifles fueron vendidos á Puga en una ocasión, 
por nueve muías de sus arrias: Vive en Caja- 
bamba el vendedor y existen las muías en su 
poder. 

Estos ejemplos, que pudieran multiplicarse, 
hablan con bastante elocuencia. 

Sa ha propalado que en su primera expedi- 
ción á Trujillo sacó el coronel Puga de la adua- 
na de Salaverry la enorme suma de setenta mil 
soles fuertes que remitió íntegros á su esposa; y 
no se han avergonzado los que aseguraban que 
ésta. ha enterrado secretamente, (de seguro que 



— 129 — 

arañando ella misma la tierra con los dedos 
para abrirles sepultura), más de doscientos mil 
soles de plata de análogas procedencias. 

Basta la exageración de semejantes necias 
aseveraciones para patentizar su absurda fak 
sedad. 

Los fondos que pudieron existir en Salave- 
rry habían sido sacados y remitidos á Lima por 
el prefecto, señor Alarco* y cuando el coronel 
Puga llegó á esa Aduana para reorganizar su 
administración, sólo se encontraron en sus al- 
macenes un cajón de chaquetas de soldado y 
otro de kepis, que se nos ocurre no habrían de 
servir para nada á las hijas del coronel Puga. 

Lá contribución voluntaria con que expon- 
táneamente se suscribió la ciudad de Trujillo 
para atender alas urgencias del momento, as- 
cendió á cerca de doce mil soles, oro y plata, de 
los cuales tres mil fueron enviados á Lima y 
recibidos aquí por persona de alta significación, 
para hacer frente á las dificultades que ofrecía, 
en esa época, la comunicación con el teatro de 
operaciones del Centro; el resto alcanzaría es- 
casamenté para dar una buena cuenta al sufri- 
do y valeroso ejército existente, por entonces 
bastante numeroso. 

Al asumir el Dr. Puga la actitud eri que se sos- 
tuvo desde el primero hasta el ultimó instante, 
estaba seguro de que no debía contar con apoyo 
más positivo ni más eficaz, que el de su propia 
fortuna, y se resolvió á sacrificarla íntegra. 

Es preciso hacer constar que las campañas 
de tres años en el Norte, para derrocar al go- 

13T 



— T30 

ínerno de hecho encabezado por don Miguel 
Iglesias y sostener el principio constitucional,, 
restablecido hoy, no han dejado un centavo de 
deuda á la Nación, de que el erario público 
tenga que responden . 

Mal puede acusarse de haber distraído fon- 
dos públicos en su provecho propio, á quien 
no vaciló nunca en comprometer su crédito 
personal, por sumas que han llegado constituir 
crecida cifra, para conseguir fondos con que 
salvar una situación dificultosa, ó practicar al- 
guna operación indispensable, cuando la penu- 
ria, el egoísmo, la oposición política, la mez- 
quindad ó el miedo al enemigo, se negaban á 
proporcionarlos. 

Ahí está la interesante viuda, agregando al 
luto, á las lágrimas y al desconsuelo de su irre- 
parable pérdida, la angustia de atender, con la 
cumplida exactitud posible, á la mejor manera 
de honrar la firma de su esposo; pagando los 
compromisos contraídos por él, para servir á su 
patria. 

Mal puede acusarse de haber especulado con 
la miseria de los pueblos, á quien nunca vaciló 
entre ver á su propia familia reducida á esa mis- 
ma miseria, y ofrendar su cuantiosa fortuna, á la 
causa constitucional, á que tan desinteresada- 
mente se consagró. 

Ahí están ocho huérfanos contemplando las 
ruinas de su herencia, de cuyas valiosas pro- 
piedades sólo escombros en el terreno, árido y 
devastado, dejan el sacrificio, la zana, el robo y 
el incendio. 



— i3i — 

Todas las cantidades en dinero sonante, en 
moneda metálica, recaudadas en los tres años 
que duró la resistencia armada en el Norte, y 
que nunca fueron suficientes para equilibrar 
los ingentes y variados gastos permanentes, 
alcanzarían apenas para indemnizar la mitad de 
los perjuicios sufridos por el Dr. Puga en sus 
propiedades. — «Todavía les quedan pájaros en 
el aire,» — decía un conspicuo regenerador, ya di- 
funto, cuando se encaminaba á ellas, la cuarta 
expedición depredadora. Los soldados de Ca- 
llirgos se complacían en atizar el fuego para 
hacer hervir su rancho, con las cabezas de las 
aves de corral, vivas, que alegraban los patios 
de las haciendas, y que, no pudiendo comérselas 
por su abundancia, dejaban luego abandonadas. 
El doctor Puga se dedicó al servicio de la 
causa constitucional como rico, como ilustrado, 
como valiente, como hidalgo y, más que todo, 
como honrado; arriesgaba en ella mucho que 
perder; muy poco se Te presentaba en perspec- 
tiva que ganar, á no ser la satisfacción de su 
conciencia, 

No puede decirse tanto de muchos de los 
que, como él, se dedicaron á sostenerla. 

Nunca el coronel Puga usó de la violencia ni 
cometió violentas exacciones para proporcionar 
recursos á sus ejércitos, — díganlo los pueblos; 
— ni manejó jamás por sí mismo los fondos co- 
lectados con tal objeto, que eran siempre admi- 
nistrados por los respectivos comisarios de gue- 
rra ó por los cajeros fiscales de los departamen- 
tos que ocupaba. 



— 132 — 

De su peculio particular salieron siempre sus 
gastos personales durante toda la campaña; y 
no fueron pocas las ocasiones en que hubo de 
sufrir penurias por falta de fondos oportunos. 
En Huaraz tuvo que deshacerse de su reloj 
para la marcha que emprendía cuando recibió 
noticia de los sucesos de Julio en Trujillo. 

Llega, á última hora, á nuestra vista un docu- 
mento, sumistrado expontáneamente por el Ca- 
jero Fiscal de Ancash, Sr. Comandante D. Fer- 
nando Suárez Olivos, en que consta que durante 
su permanencia en ese departamento no perci- 
bió el Coronel Puga un solo centavo por suel- 
do ó ajustamiento, ni para gastos personales, 
procedente de los fondos públicos. {Atizxo 
mímero 37.) 

Refiérenos enternecido este jefe que un día 
en Huaraz, lo sorprendió el Coronel en la calle 
preguntándole cómo se encontraba de fondos, 
y que temiendo quizá un pedido de conside- 
ración, le contestó con timidez que eran insufi- 
cientes para los gastos del día. — No me refiero 
á los públicos, dijo Puga. — ¿Y cuánto necesita 
US? — Veinte centavos para darme un baño 
que deseo, y no los tengo. El comandante Suá 
rez, sacó la única pezeta que tenía en el bolsi- 
llo y se la entregó lleno de vergüenza y de 
respeto. 

Ese era el hombre á quien se acusó de in- 
delicado; ése el caudillo de quien se ha supues- 
to que, á la sombra de la autoridad que ejercía, 
pudo especular con la situación y sacar de ella 
ventajas particulares . . 



— *33 — 

Pero . . . ¡Es verdad! Puga tenía, de tiem- 
po atrás, émulos, envidiosos y enemigos irre- 
conciliables. 

¿Qué mucho, que se pusiera empeño en de- 
sopinarlo? 

El criterio nacional de hoy puede juzgado 
mejor. 

Por lo demás, listas están, para ser presenta- 
das al respectivo Tribunal, lasquen tas de algu- 
nas de las oficinas creadas para el manejo de 
fondos. Lasque aún faltan llegarán también; in- 
teresados están en presentarlas todos los em- 
pleados de hacienda á cuyo cargo corrían. De 
su examen y del balance general que ellas arro- 
jen resultará el fallo oficial. 

XLVIL 

Hasta aquí hemos tratado de bosquejar los 
perfiles de Puga como ciudadano en ejercicio, 
como hombre público, como figura política. 

¡Está muerto! y su tranquila inmovilidad ha 
prestado firmeza á nuestro pulso para poder 
ser correctos. 
- ¿Encontrasteis exagerado el retrato? 

Sin duda no conocisteis el original. 

Réstanos ahora agregar algunos rasgos de 
su fisonomía como hombre particular» 

Puga era un caballero cumplido. 

La llaneza cortés y la afable jovialidad distin- 
guían su trato. Sabía hacerse estimar y querer. 

Bajo un color ligeramente trigueño sus fac- 
ciones eran correctas y de conjunto simpático. 



— *34 — 

Su mirada, revelaba la energía en el fondo, 
atemperada por la suavidad en el modo. 

Su frente alta, prolongada hacia atrás por la 
invasión de calvicie inicial, ofrecía los signos 
ostencibíes de una inteligencia despejada. 

Vestía con decencia, sin pretensiones de ele- 
gante. 

No era pronto en gastar, pero, llegado el 
caso, que nunca esquivaba tampoco, gastaba 
con profusión. 

Incomparable como padre de familia, con- 
templaba á su esposa como un ídolo; la belleza 
y la virtud, la inteligencia y la bondad que la 
adornan le habían conquistado un altar en su 
corazón. 

No lo afeaba el vicio; el juego, el alcohol y 
las obligaciones extralegales no perturbaron 
nunca su tranquilidad doméstica. 

La hospitalidad y la caridad cuidaban Jas 
puertas de su c^sa, haciendo al menesteroso 
señas para que entrase. 

Hombre del hogar y del estrado, demostró 
serlo también del campamento y del baluarte. 

Procedía siempre con justicia y hablaba siem- 
pre la verdad. 

Si en todas las ocasiones aparecía como era, 
puede agregarse que era aún más de lo que 
aparecía. 

XLVIII. 

Pertinente es y conforme con la naturaleza 
de este bosquejo histórico-biográfico, consignar 
aquí, en breve aparte, algunos incidentes que 



— *35 — 

se relacionan, especialmente, con la parte, no pe- 
queña, que cupo á la familia del Dr. Puga en 
las peripecias y rigores de la campañas del 
Norte. 

No fueron escasos los sufrimientos de todo 
género que tuvo que soportar. 

Cuando la primera expedición de Callirgos 
á las haciendas, la familia tuvo que fugar á 
«Paypay» quebrada de clima sofocante y mor- 
tífero, donde llegó atravesando caminos casi 
impracticables, y permaneció 6 dias sin recur- 
sos de ninguna clase; allí, á excepción de la 
Señora y su hija mayor, se enfermaron con fie- 
bres perniciosas todos los niños y sirvientes. 
Al salir de este punto, la Señora ae Puga tuvo 
que agregar á los sufrimientos que le ocasiona- 
ra un trayecto peligroso y difícil, la angustia de 
ver á su anciana madre próxima 4 despeñarse 
en un ascenso obstruido por grandes piedras, en 
el que volcó la Señora y habría descendido has- 
ta un profundo abismo si no se la hubiese so- 
corrido tan rápida como eficazmente. 

Pasada la primera expedición aludida, la Se- 
ñora de Puga permaneció en la hacienda has- 
ta la expedición de I turbe, en la que el mis- 
mo Callirgos se encargó de avanzar hasta «Pau- 
ca» con el objeto de perfeccionar su obra 
de ruina y destrucción. En esta vez se retiró 
la familia, en compañía de su jefe, que condu- 
cía la fuerza, hasta un pueblo llamado «Ucun- 
cha», cuatro leguas al otro lado del Marañón, 
habiendo tenido que atravesar á pié hasta cua- 
tro leguas de camino con mil fatigas para los 



— 136 — 

niños, que continuaban todavía enfermos y es- 
tando la Señora en últimos meses de embarazo. 
Fácil será suponer lo que es el descenso- 
ai Marañen, el paso de este río y la subida á 
«Ucuncha,» cuando se sepa que en distancias que 
miden en línea recta menos de dos leguas, se em- 
plean doce horas de camino. Sin comer duran- 
te la parte del tiempo sin camas donde dormir 
llegó la familia al pueblo mencionado, de per- 
verso clima, formado por un grupo de peque- 
ñas casas de paja, sin recursos de ninguna cla- 
se; un verdadero nido de, garrapatas y toda 
clase de sabandijas, / 

Allí permanecieron cuatro dias y seis en el 
Marañen, alimentándole, á veces, tan sólo de 
frutas. Aunque todos estos horrores eran so- 
portados por la Señora con una firmeza , de 
ánimo superior á todo elogio, sin lanzar una 
sola queja en medio de la escasez ó del peligrp 
y sin reparar siquiera en el cuadro de ruinas 
que ofrecían sus propiedades, reducidas á es- 
combros, resolvió el Coronel Puga, una vez que 
hubieron salido del Marañón, pasar á la familia 
á Cajabamb^ 

Permaneció la señora en aquella población 
hasta el arribo de D«- Lorenzo Iglesias con las 
fuerzas que, después de triunfar en Trujillo el 
i o de Octubre, perseguían al Dr. Puga á fin de 
aniquilar en él la resistencia del Norte. El arri- 
bo de esas fuerzas fué tan sorpresivo, que la 
Señora, acompañada de su esposo y la pequeña 
fuerza que tenía, hubo de salir precipitadamen- 
te, á las h de la noche, en medio de una tem- 



— *37 — 

pestad desencadenada, llevando, dos de sus 
menores hijos enfermos de gravedad y siguien- 
do, á tientas, por un camino desconocido y sin 
guía de ninguna clase. 

Llegó á la hacienda de «Jocos» á las doce del 
día siguiente. Allí se detuvo cuatro días, pasan- 
do en seguida á la hacienda de«Malcamachay,» 
propiedad del funesto Cuadra, que, aparentan- 
do ser amigo de la familia, y con pretextos de 
la mayor buena fé, procuró agazajarla é inspi- 
rarle confianza. Mientras tanto, durante la no- 
che les hizo robar ocho bestias de las que los 
conducían, y seguro de que el Coronel Puga no 
podía seguir adelante dejando á los suyos, ofició 
¡r ^ por expreso á Iglesias el punto y las condiciones 
J en que se encontraban, garantizando su captura si 
c le mandaba en el acto fuerza para aprehenderlos. 

Felizmente ni esa fuerza salió á tiempo de Caja- 
bamba, ni la pérdida de las bestias fué un obstá- 
culo para que la familia continuara su marcha, 
aunque en las bestias ordinarias y lerdas que las 
ofrecieron algunos de los soldados de la fuerza 
que seguía al Dr. Puga. 

Así llegaron á «Huagal» donde permanecie- 
ron, no sólo ignorando lo que Cuadra había que- 
rido hacer, sino recibiendo de éste, diariamente, 
cartas en que ofrecía expontáneamente prestar 
sus servicios, comunicar noticias de la fuerza de 
Cajabamba y en que, en fin, demostraba su 
lealtad y comedimiento en razón directa de la 
magnitud de la traición que meditaba de ante- 
mano y que se había propuesto ejecutar. 

Para alcanzar mejor éxito, Cuadra se consti- 

18 






^ 



i3$- 



tuyo personalmente en Cajabamba y, compro- 
metiéndose formalmente con don Lorenzo Igle- 
sias á tomar á Puga y los suyos y entregarlos, 
le pidió la comisión y la fuerza de que ya nos 
hemos ocupado. 

Las cartas que anticipó á su marcha y que 
recibió el doctor Puga hasta la víspera de que 
Cuadra arribara á la hacienda, produjeron su 
efecto, pues no creyéndolo tan infame, reposa- 
ban tranquilos en la hacienda á pesar de los re- 
petidos anuncios de que la expedición ya esta- 
ba á sus puertas. Cuando se hubieron satisfe- 
cho de la verdad, sólo el doctor Puga y sus sol- 
dados pudieron salir, quedando en la hacienda 
la señora y sus hijos. 

Principiaron las hostilidades por remitir á la 
señora un oficio, con un capitán Rolando To- 
rres, jefe de la vanguardia enemiga, en que se le 
manifestaba que no debía moverse de la hacien- 
da, donde sería por todos considerada y respe- 
tada como lo merecía: después de este oficio se 
le presentó el mismo Rolando,y le manifestó que 
él la respetaba mucho y que no la faltaría nun-" 
ca. pero que Cuadra llevaba órdenes terribles y 
que si tema algo de valor lo escondiera en el acto. 
La señora' que, habiendo decidido aguardar á 
Cuadra se hallaba haciendo preparar á su gente 
un magnífico rancho, no dejó de alarmarse por 
la noticia, pero, sin darle completo crédito, se 
resolvió á esperar los acontecimientos. A poco 
se presentó Cuadra, y al distinguir á la seño- 
ra, le dirijió las siguientes palabras: « Nunca 
pensé venir á esta hacienda como amigo sino 



— i 3 9 — 

como enemigo, para vengarme, como lo voy á 
hacer.» Después ele este saludo ordenó la rigo- 
rosa prisión de la señora y sus hijos, en es- 
tricta incomunicación, y poniéndoles 5 centinelas 
de vista; se constituyó en seguida en la puerta 
de la prisión, dirijiendo á la señora insultos y 
recriminaciones y notificándole que iba á con- 
cluir c^n la vida de su marido y arrasar sus in- 
tereses. La señora protestó con energía y con- 
testó con desprecio las palabras de Cuadra, que, 
por hacer sufrir á la familia, desplegó la zana y 
el tratamiento más infames que se pueden ima- 
ginar, llegando hasta á amenazarla con una mor- 
daza, privó á la familia de todo alimento sano y 
aceptable; proporcionándole sólo carne oruda, 
que no podían hacer cocer. La señoray sus hijos 
soportaron con resignación heroica los denues- 
tos y las privaciones, afligiéndose sólo por el 
chico de pecho que estaba expuesto á morir de 
necesidad. 

Llegó á tal extremo la opresión de la familia, 
que un soldado chileno, llamado Baltazar Soria, 
se compadeció de ella y se declaró su protector, 
llevándole furtivamente unas veces el caldo del 
rancho y otras unas pequeñas tortas de harina, 
que él mismo hacía cocer en las brasas. Esto 
contribuyó á que pudiera sostenerse la familia, 
durante los prolongados días de su prisión. 

Mientras tanto, Cuadra no se ocupaba de 
perseguir al Coronel Puga, pues sabía se halla- 
ba á la banda del Marañón y sólo se concretó 
*á rodear' todo el ganado de ambas haciendas 
que hizo pasar á «Malcamachay.» 



— 140 — 

Ya queda referido el incidente ocurrido con 
una maleta de viaje de la señora, que hizo abrir 
para apoderarse de su contenido. La señora, al 
presenciar este robo escandaloso, se quejó de él 
al jefe militar de la fuerza, Comandante Rivera. 
Manrique, manifestándole que no era posible 
que después de haber arruinado sus intereses 
de Cajamarca sin dejarle ni una silla; después de 
haber talado é incendiado sus haciendas hasta 
no dejar siquiera en pié el rancho de un peón, 
y después de no haberle dejado cabeza de ga- 
nado de ninguna clase, no le permitieran ni 
conservar un peso para proveerse de lo nece- 
sario; á lo que el citado Comandante contestó: 
que se contentara con la idea de que «en el Sur 
habían dejado los chilenos sin poder disponer 
ni de un real á familias opulentas.» 

Por último, se notificó á la señora que se alis- 
tara para marchar presa á Cajamarca y mien- 
tras esto le imponían, hacían que los soldados 
se robaran las riendas y desguarnecieran total- 
mente las monturas de la familia, hasta dejar- 
las en fuste. En estos momentos llegaron de 
Cajabamba los Comandantes Relaize y Cañe- 
te, con más fuerzas, portadores de la orden 
de D. Lorenzo Iglesias para que la familia fue- 
ra llevada presa á Cajamarca. Estos caballeros 
trataron con más consideración á la señora y 
le procuraron alguna comunicación, á la vez que 
trataron de arreglar los avíos de montar, po- 
niéndoles riendas y cinchas de sogas y de pita, y 
aun cuando Cuadra había también hecho to- 
mar para los soldados las bestias regulares que 



— 141 — 

usaban la señora y sus hijos, remplazándolas 
por otras casi inútiles, ellos ofrecieron las dos 
bestias que mQntaban para conducir a la seño- 
ra y una de sus niñas. También se encargaron 
de servirle de escolta particular hasta Caja- 
marca. Siendo más generosos y ascequibles, 
podía siquiera la señora hablar con ellos y dis- 
minuir la tortura en que la había tenido Cua- 
dra. Asi llegó la familia hasta cerca de Caja- 
marca, donde recibió la orden de libertad y don- 
de entró uncida al carro del vencedor, sin que 
por eso hubiera dejado Iglesias de tenerla su- 
jeta á la más estricta vigilancia, persiguiendo y 
haciendo espiar todos sus pasos. 

Como la permanencia de la esposa en Caja- 
marca, no estaba garantida ni permitía tampo- 
co á su marido emprender operación de nin- 
guna clase; la señora se vio en la necesidad de 
salir de fuga una noche, burlando á sus espías 
y caminó á pié, junto con sus hijos y acompa- 
ñada de dos amigos, hasta una finca próxima, 
donde tomó las bestias que le habían hecho 
preparar. Llego á Matara al segundo día y 
allí permaneció hasta las 1 1 de la noche, siguien- 
do en seguida al ((Azufre,» punto donde, de re- 
greso del Marañón, había su esposo estableci- 
do su Cuartel General. Allí permaneció 30 
días en medio de las mayores incomodidades 
y de donde tuvo que salir al anunciarse la ex- 
pedición de López, en persecución del Dr. Pu- 
ga, con con 400 hombres. Cuando esta expedi- 
ción estaba próxima á San Marcos salió la se- 
ñora del «Azufre», á las 9 de la noche y llevan- 



— 142 — 

do un camino desesperado pudo llegar á la ha- 
cienda «Calluán» de las señoras Gálvez, á los 4 
días de marcha, habiendo tenido que caminar á 
pié de noche y sin encontrar en algunos pun- 
tos de su tránsito quien le diera posada por 
temor de comprometerse, como sucedió en la 
hacienda de «Succhabamba,» En la hacienda 
d^ «Calluán,» permaneció la señora con sus hi- 
jos hasta que recibió la fatal noticia de la muer- 
te su esposo, después de la que marchó á es- 
tablecerse en C&jamarca. 7 

XLIX. 

Al terminar nuestra grata labor observamos 
que el asunto que le ha servido de objeto es 
una epopeya. 

¿Pero cuál no la constituye, igualmente, de 
todos los episodios, ora funestos ora felices, que 
durante ocho años, se han disputado, día por 
día, una página de la historia patria, escrita con 
caracteres de diamante en las hojas de ui\ libro 
de oro abierto al sol? 

¡Dichoso el buril que tenga el poder de es- 
culpirlas con perfección! 

¡Lástima que para el relieve de nuestro cua- 
dro hubiera sombras demasiado acentuadas! 

Pero hemos tratado 4e atenuarlas; no deben 
destacarse sobre la blancura del mármol. 

Hemos rememorado acontecimientos que he 
mos presenciado, de cuyas intimidades esta- 
mos al cabo, que constan de los abundantes 
documentos de nuestro archivo, y que he- 



— 143 — 

inos tomado de fuente acreditada y verídica, 
sin sacar del conjunto de los sucesos que son 
del dominio de nuestros apuntes, más que lo 
que directamente se ha relacionado con el ob- 
jeto que teníamos en mira. Los demás quedan 
reservados para el lugar, la ocasión y el tiem- 
po oportunos; son materia de trabajo más se- 
rio y detenido. 

Los hechos consignados y las aseveraciones 
formuladas tienen comprobante suficiente en 
los documentos en que los hemos apoyado. 
Muchos más hubiéramos podido presentar, pe- 
ro los hemos suprimido por inoficiosos y por 
evitar recargo de fatiga á la atención de nues- 
tros lectores. Allí donde la verdad resalta por 
sí sola, toda demostración es superflua. 

Hemos escrito con demasiada rapidez por 
exigirla así las circunstancias; pero hemos tra- 
tado de ser sinceros y de hablar el lenguaje 
imparcial y desapasionado de la verdad: y cuan- 
do la narración podía acusar responsabilidades 
directamente personales, hemos puesto cuidado 
especial de que ellas resulten únicamente de los 
hechos por sí mismos y no de nuestra manera 
de apreciarlos. 

Más de una vez hemos tenido que levantar 
el lápiz para que no trazase los caracteres de 
algún calificativo demasiado fuerte, que pugnaba 
por deslizarse desde el cerebro hasta el papel, al 
través de la corriente magnética trasmitida por 
nuestros nervios. 

No hemos venido á formular cargos sino á 
realzar méritos. 



— 144 — 

A eso nos hemos concretado, y, satisfechos 
de nuestra intención, sana y absolutamente de- 
sinteresada, lo estaremos también del éxito que 
habremos alcanzado, si el criterio desapasiona- 
do y la opinión imparcial, al recorrer y juzgar 
los hechos que constituyeron la vida del Doc- 
tor José Mercedes Puga, tributan á su memo- 
ria el homenaje de justicia y de gratitud de que 
es digna. 

Lima, Octubre 20 de 1886. 



» ♦ i 



_j!iE_ 



ANEXOS. 



. , ¿ K , - ¿i fuiste b a; 
í f 'T Perú 



N.° 1. 

República Peruana. — Comisionado especial, cerca de los. 
Departamentos de Amazonas y Loreto. 

Chachapoyas y á ji de Jidio de 1881. 

Señor Secretario de la Jefatura Superior del Norte. 

Por mis anteriores oficios habrá tenido US. conoci- 
miento exacto de todo lo ocurrido á la expedición de 
mi mando, hasta su salida de Celendín el 24 del pre- 
sente; y ahora me cabe la satisfacción de elevar por el 
digno conducto de US. al Jefe Superior del Norte la 
relación suscinta de los acontecimientos realizados des- 
de la fecha que cito, hasta la presente. 

Después de dos días de marcha acampé en Tambo 
viejo, donde se hallaba de tránsito el señor coronel Pe- 
rey ra y por él tuve conocimiento de la actitud en que 
se hallaba la ciudad, y del errado procedimiento del sé- 
ñor Prefecto, de haber mandado internar á tres jorna- 
das de camino con dirección á la Provincia de Pataz y 
en calidad de desportados, á los señores Exequiel Bur- 
ga y Juan Crisóstomo Ludeña que venían á enterarme 
délos acontecimientos y á entenderse conmigo, y á 
nombre del pueblo, para arribar aun resultado satisfac- 
torio por medio de una conferencia parlamentaria que 
debía tener lugar entre ellos y yo. Comprendiendo las 
consecuencias que este ataque á los principios del de- 
recho público podia tener, ordené que partiera inmedia- 
tamente el señor Sub-prefecto Carbajal á decir al señor 



IV 

Santillán que dispusiera que estos señores fueran regre- 
sados en el acto. A mi llegada á Leymebamba, donde 
estaba residiendo con fuerza el Señor Prefecto, le pedi 
explicaciones de aquella violenta medida, y no encon- 
trándolas satisfactorias y sabiendo, por otra parte, que 
aun no había marchado el propio con la orden de que 
regresaran, le hice una nueva indicación, y á ella, fué 
despachado inmediatamente. 

Este mismo día recibí una nota y una carta en contes- 
tación á las que dirijí de Celendínal señor Elias Rodrí- 
guez, pidiéndole la exposición de las causas que habían 
motivado el movimiento bélico y su aceptación de la Pre- 
fectura; en ellas me manifestó, que aquel movimiento, en- 
teramente local, había partido expontáneamente del pue- 
blo, que no podía soportar por un momento más el yugo 
pesado y tiránico de la autoridad de Santillán, y que 
en virtud de haberle pedido ese pueblo su cooperación 
para el fin que se proponía y en vista de la acefalía en 
que estaba la capital por la fuga de la autoridad, había 
tomado temporalmente dicho cargo; pero que él y el 
pueblo estaban dispuestos á aceptar las medidas con- 
ciliatorias que á nombre de la autoridad que represen- 
to le-ofrecía. 

En armonía con las facultades é instrucciones que 
recibí de Su Señoría el Jefe Superior, al remitir el ofi- 
cio en que se lo participaba al señor Prefecto, invité su 
celo y acuerdo para obrar juntos y pedí pusiera á mi 
disposición las fuerzas y demás elementos de guerra 
con que contaba, en respuesta de lo cual me entregó 
1 6 hombres de la guardia civil y gendarmería, 39 ri- 
fles y 5,700 tiros de balas, sistema Minié, del que tam- 
bién era el armamento. 

El día 27 me dirijí al señor Elias Rodríguez jpara 
que depusiera las armas y el 28 partí para Santo To- 
más, á donde acampé en la noche. 

El 29 recibí en Magdalena un oficio én centestación 
del anterior, en el que accediendo á mis indicaciones, po- 
nía el señor Rodríguez á mi disposición todo el arma- 



— v — 

mentó que tenía, y por conducto de un ayudante puso 
también en mi poder su espada como signo de sumí- 
ción y respeto á mi autoridad; en ese mismo oficio me 
manifiesta el entusiasmo del pueblo, aclamándome co- 
mo et portador del orden y de la garantía de sus sa- 
grados derechos, y el placer conque se preparaba á 
recibirme; suplicándome sólo que no llevara en mi 
compañía á los señores Prefecto y Sub-prefecto. 

El di^ 30 proseguí mi marcha con la fuerza que co- 
mando en dirección á la capital; pero al llegar al pue- 
blo de Levanto tuve á bien indicar á los señores Santi- 
llán y Carbajal que creía una medida oportuna y con- 
veniente para asegurar el orden completo y las garan- 
tías de todos, que permanecieran en ese punto hasta 
que, consiguiendo la tranquilización de los ánimos y 
de la efervecencia del momento, obtenga que su entra- 
da sea pacífica, medida que consideraba enteramente 
justa para evitar el uso de la fuerza en caso de una 
probable agresión y aprovechar la buena disposición 
del pueblo, que accedía á todas mis disposiciones su- 
plicando se le concediese este pedido. Él segundo de 
esos señores lo aceptó sin escusa, pero el primero se 
resistió hasta el punto de hacer necesaria una intima- 
ción de mi parte, con la cual convino en mi propósito; 
pero apesar de esto, aprovechando de que el pueblo 
todo salía á mi encuentro, penetró por un punto opues- 
to de la ciudad y merced á esta circunstancia se evitó 
el conflicto qtie trataba de salvar con la prudencia de 
aquella medida. 

Como ya se me había anunciado por varias personas 
que salieron á mi encuentro, el pueblo estaba dispues- 
to á hacer una ovación magnífica eñ mi persona á la 
misión que traigo y á los principios que Su Señoría el 
Jefe Superior sustenta; en armonía con esta disposición 
me cupo la honra de verme rodeado de todo el pueblo 
sin distinción de clases ni personas que se aunaban pa- 
ra ofrecer sus manifestaciones de entusiasmo y regoci- 
jo. A mi llegada mandé una comisión para que reci- 



— VI — 

biera las armas que tenía el señor Rodríguez, y me fue- 
ron entregados 18 rifles sistema Minié, una corneta y 
una bayoneta, y junto con estas prendas, un oficio cu- 
ya copia tengo el honor de elevar por órgano de US. á 
Su Señoría el Jefe Superior. 

Actualmente me ocupo de exijir de la autoridad ju- 
dicial la mayor estrictez y actividad en la ventilación 
del juicio que se sigue sobre el asesinato de Carranza. \ 

Me cabe pues la satisfacción de manifestar á US. que 
este Departamento queda completamente vuelto al ré- 
gimen normal y dispuesto á secundar las patrióticas 
miras de Su Señoría el Jefe Superior, como verá por 
mi exposición y por las copias que adjunto, en la ase- 
cución de, la honra nacional, por medio de la guerra. 
Para alcanzar este laudable resultado he empleado to- 
dos los medios que tienden á conciliar los intereses ge- 
nerales del pueblo y los de la causa en que militamos, 
siéndome únicamente sensible haber hallado un obs- 
táculo en las pretensiones personales y demasiado exa- 
geradas del señor Santillán. En vista de mis intencio- 
nes, de los resultados que he obtenido y de mi manera 
de obrar, no dudo que Su Señoría el Jefe Superior 
apruebe las medidas y procedimientos que he puesto 
en práctica para llenar la consigna que se ha dignado 
confiarme. 

Dígnese US. elevar mi respeto y consideración á Su 
Señoría el Jefe Superior del Norte y aceptar los que 
ofrezco á US. 

Dios guarde á US. 

José Mercedes Puga, 



VII — 



Cajamarca, Agosto 8 de 1881. 

Visto el oficio anterior, por medio del cual dá cuen- 
ta el Señor Coronel Doctor Don José Mercedes Puga, 
encargado por la Jefatura Superior para restablecer el 
orden público en el Departamento de Amazonas, de 
los acontecimientos verificados desde su ingreso al in- 
dicado territorio hasta su arribo á la ciudad de Cha~ 
chapoyas; y apareciendo dClos hechos que relacionan 
la manera satisfactoria con que en mérito á la pruden- 
cia y sagacidad desplegados ha obtenido el éxito de su 
comisión sin hacer uso de la fuerza, y evitando en con- 
secuencia no pocas desgracias, á la vez que las resis- 
tencias opuestas por el señor Prefecto Don Pablo E. 
Santillin para la realización cumplida de las antedichas 
medidas: — apruébanse en su totalidad los procedimien- 
tos empleados para restaurar el imperio del orden en 
el Departamento de Amazonas, por el señor Coronel 
Pug a > y desapruébase la conducta del señor Prefecto 
Santiílán, por cuanto, desatendiendo la prevención que 
se le hizo de ponerse de acuerdo con el referido señor 
Puga, ha tratado de suscitar tropiezos para el cumpli- 
miento expedito del encargo que se le confió en aquel 
Departamento. 

Comuniqúese. 

m Montero. 

Rafael Villarmeva, 
Secretario. 



— VIII — 



N-° 3. 



República Peruana. — Comisionado especial, cerca de los 
Departamentos de Amazonas y Lorcto. 

Chachapoyas^ Agosto /? de 1SS1. 

Señor Secretario de la Jefatura Superior del Norte. 

Riendo mi misión cerca de este Departamento vol- 
verlo al orden y tranquilidad, se habrá US» informado 
por mi oficio fecha de ayer'de que la he llenado sin re- 
currir á otras medidas que á invocar el buen juicio y el 
patriotismo del pueblo; pero no sólo me basta haber 
conseguido este resultado hasta este momento, sino 
que creo que mi cometido no estará llenado mientras 
no tenga la entera persuación de que ese orden no se 
volverá á alterar y que el Departamento de Amazonas 
prestará el auxilio que está llamado á prestar de una 
manera estable, á la santa causa de la defensa nacional. 
Juzgando la disposición déla localidad y más de cerca 
las verdaderas causas que han engendrado los últimos 
acontecimientos, he visto y examinado también las ba- 
ses reales en que se debe cimentar el nuevo orden de 
cosas para la permanencia inalterable de los dos obje- 
tos de mi consigna; estas bases se reducen completa y 
simplemente á cambiar la autoridad del señor SaQti- 
llán, que se ha hecho absolutamente imposible por la 
profunda y popular odiosidad que hay contra él y á 
reemplazarla con una persona apropiada para el pues- 
to, que reúna también las simpatías del pueblo por sus 
buenas condiciones; mientras esto consiga y teniendo 
en consideración, como digo, que la permanencia de 
Santillán en el puesto es un obstáculo grande para ob- 
tener el resultado que persigo, he tenido á bien, en 
conformidad con las facultades é instrucciones que Su 
Señoría el Jefe Político me dio, asumir la Prefectura 



^- 1; 



— IX — 

<del Departamento. Lo que me es satisfactorio poner 
«en conocimiento de US. para que por su digno órgano, 
llegue al de Su Señoría el Jefe Superior. 

Dígnese US. presentar <:erca del ^General Montero^ 
mis vcítos deaxlhesión y * espeto, que son los mismos 
«que tengo el honor de ofrecer á US. 

Dios guarde á US. 

Joü Merades Puga. 



N-° 4. 
Cajamarca^ Agosto 8 de i88'i, 

Vi&o el oficio anterior en que dá cuenta el señor 
Coronel Don José Mercedes Puga, comisionado de la 
Jefatura Superior, en el Departamento de Amazonas, 
<le haber asumido la Prefectura de aquel territorio en 
mérito de las razones que aíjuce; y estando al tenor de 
los indicados fundamentos; apruébase la indicada me- 
dida, con prevención de que continué al frente del an- 
tedicho puesto hasta que la Jefatura Superior tenga 
por conveniente nombrar á la persona que debe reem- 
plazarlo. 

Comuniqúese en contestación. 

Montero. 

Rafael Villanueva^ 
Secretario. 






w 



X 



N- d 5. 



RepiMica Peruana. — Comisión especial de la Jefatura 
Superior al Departamento de Amazonas. 

Cafatnarca, Noviembre 18 de 1881* 

Señor Ministro General de Estado. 

Después de haber cumplido la comisión con que Su 
Señoría el Jefe Superior Político y Militar del Norte, 
me. honró en el Departamento de Amazonas, me en- 
cuentro en este Cuartel General, cabiéndome ahora el 
honor de concluir la exposición de lo que, en la esfera 
de mis aptitudes, he podido hacer para llenar los de- 
seos de Su Señoría y los míos, sjguiendo el camino se- 
ñalado por los móviles que me obligaron á aceptarla: 
el biqn de la patria y las simpatías que me ligan con 
aquel Departamento. 

Como he tenido ocasión de manifestar, dos eran los 
objetos de mi consigna: el 1? volver al orden el De- 
partamento, conciliando los intereses del sostenimiento 
de la autoridad con los bien entendidos del pueblo, y 
2? sacar algunos elementos que demandaba la subsis- 
tencia del Ejército del Norte, armado en la defensa 
nacional. No puedo contar entre esos objetos la debe- 
lación del movimiento político que con motivo del re- 
chazo de la pesada autoridad del señor Santillán se 
inició, por cuanto aquel movimiento no fué más que la 
invocación de la libertad popular, oprimida sin causa, 
en todos sus derechos, y el medio que el pueblo en- 
contró, en armonía con sus afecciones íntimas por los 
principios constitucionales, para vindicarla; por consi- 
guiente, hallando otro medio más obvio cual era pre- 
sentar sus quejas ante mí, calló la invocación del prin- 
cipio político sin prescindir de acuellas íntimas con- 



— XI — 

vicciones, indesarraigables, por otra parte, desde que 
ellas forman los verdaderos sentimientos democráticos 
y la opinión popular; de donde "se colije, pues, que la 
revclución quedó debelada por la lójica misma de su 
principio, en virtud de la justicia que el pueblo espe- 
raba obtener de mi personar volviendo sobre sus pasos 
en bien de la unificación política. 

Voy pues, á ocuparme de la manera como, en mi 
sentir patriótico y en la comprensión de mi deber, he 
llenado los otros puntos objetivos de la comisión. 

Antes de entrar en la Capital del Departamento me 
diriji á las personas que representaban al pueblo, com- 
peliéndolas á la deposición de las armas, lo cual fué 
aceptado por ellas inmediatamente, acompañando á su 
aceptación la súplica de que no entrara á la ciudad en 
compañía del indicado señor Santillan. Una vez que 
llegué á la capital lo repuse pacíficamente en su pues- 
to, y, apesar de las múltiples quejas y solicitudes que 
tenía para no restituirlo en la Prefectura, hize que to- 
mase posesión del mando del Departamento y lo sos- 
tuve en él por espacio de cuatro días; pero pasados 
éstos volví la vista á los llamamientos del pueblo y de 
la administración y encontré en los primeros la justicia 
de sus quejas y en la segunda el hondo resentimiento 
que su falta de decisión por el bien público habia pro- 
ducido. Era pues tiempo de verificar la conciliación: el 
sostenimiento del principio de autoridad se había lle- 
vado á cabo y para que el pueblo y el bien público re- 
cuperasen el dominio de sus intereses bien entendidos 
lo invité á que renunciara y asumí la Prefectura. Esta- 
ba realizado el primer objeto de mi comisión. 

Los recursos únicos que sin grave estorción se po- 
dían sacar del Departamento, eran la contribución per- 
sonal, los impuestos de guerra y las asignaciones de 
víveres y ganado á los propietarios. La primera no se 
habia cobrado por espacio de dos años y este atraso 
produjo un recargo que tenia que convertirse, como en 
efecto se convirtió, en una verdadera dificultad para el 



XII 

cobro en el corto tiempo de mi permanencia, pues la 
dificultad partía, no sólo del contribuyente, en razón 
del aumento, sino de no encontrarse cobradores sufi- 
cientemente afianzados para responder del monto total 
del recaudo, por la pequeña gratificación que asigna la 
ley; por esto, pues, previa autorización de Su Señoría, 
aumenté el interés en proporción á la distancia y de- 
más dificultades, obteniendo gradualmente, de esa ma- 
nera, recaudadores para casi todos los distritos del De- 
partamento, los que, á merced de mis instancias, han 
colectado la suma que aparece en el cuadro número i 
de la cuenta comprobada que tengo la honra de ad- 
juntar. 

La Prefectura, en Mayo último, asignó á los señores 
párrocos la imposición de guerra con que debían con- 
tribuir, y para hacerla efectiva, les advertí, por oficios 
circulares, la decisión que tenia de obligarlos á entre- 
gar sus cuotas ó de traerlos á este Cuartel General á 
dar cuenta personal á Su Señoría el Jefe Superior; mu- 
chos de ellos se presentaron á hacer algunos reclamos 
por habérseles señalado caprichosamente cuotas supe- 
riores á sus capitales y rentas, y atendiendo á la justi- 
cia de sus reclamos, después de haber oído el informe 
de varias personas circunspectas, tuve á bien rebajar 
diferentes cantidades y recojí sus asignaciones en el 
orden y proporción que aparece en el cuadro número 
2 de la citada cuenta. 

Al mismo tiempo de ocuparme en activar el cobro 
de la contribución, ordené á los señores Subprefectos 
que señalaran en sus provincias las cantidades de ga- 
nado y víveres con que deben contribuir los distritos 
para atender al sostenimiento del Ejército del Norte y 
de la fuerza pública del Departamento, cuya orden la 
dicté en conformidad con lo dispuesto por la Jefatura 
Superior, y para efectuarla puse á disposición de las 
Sub-prefecturas varias comisiones destacadas de la 
fuerza de mi mando, cuyo resultado consta del cuadro 
número 3. ' • .' 



— XIII — 

Para engrosar la referida fuerza, según lo dispuso 
Su Señoría, hize también que las Sub-prefecturas se- 
ñalaran á cada distrito un número de conscriptos, pro- 
porcionado al de habitantes, y así, sin perjuicio de las 
labores de la agricultura y de )a. industria he podido 
hacer las altas que actualmente se encuentran compo- 
niendo el batallón «Atahualpa». 

Bastante he tenido que ejercitar mi actividad para 
explotar con buen éxito simultáneamente, por la estre- 
chez del tiempo, aquellas fuentes de recursos tan en- 
contradas, pues la suscripción alejaba al contribuyente 
y éste, en su alejamiento, no prestaba el servicio debido 
á la movilidad del gran cargamento de guerra que hice 
venir de Loreto, el de víveres que traigo de Amazorias 
y los demás asuntos que en la situación especial del 
Departamento, multiplicaban el trabajo. Siendo así 
notable que, apesar de aquella dificultad; no he tenido 
que emplear sino medidas prudentes y sagaces sin ha- 
ber, por consiguiente, ocurrido á hostilidades y coac- 
ciones por la fuerza armada, en lo cual tiene también 
mucha parte el carácter dócil y entendido de los habi- 
tantes de Amazonas, 

Lo que me es grato poner en el elevado conocimien- 
to de Su Señoría, para que se digne presentarlo al de 
S. E. el primer Vice-Presidente de la República, encar- 
gado del Poder Supremo á fin de que se sirva disponer 
lo conveniente. 

Con sentimientos de alta consideración tengo la hon- 
ra de suscribirme de US. su obsecuente servidor. 

Dios guarde á US. 

José Mercedes Puga. 



XIV 

ACTA DE CHOTA. 

En la ciudad de Chota, capital de la Provincia del 
mismo nombre, reunidos los ciudadanos que suscriben 
en comisio popular, y teniendo en consideración: 

Primero. — Que la desgraciada situación en que hoy 
se halla la República es la obra exclusiva de los caudi- 
llos que asaltando el poder, so pretexto de salvarla, han 
cometido toda clase de exacciones para concitar su 
propio engrandecimiento de partidarismo. 

Segundo. — Que entre todos los que figuran con el 
pretexto ostensible de salvar la Patria, con la fascinadora 
voz de guerra á muerte al enemigo común ó la adqui- 
sición de una paz honrosa, el Contra-Almirante don 
Lizardo Montero es el que más se ha distinguido en 
el terreno de las violencias y de la inacción para con- 
tinuar la guerra. 

Tercero. — Que el referido Contra Almirante Mon- 
tero ha traicionado la confianza nacional que el Con- 
greso depositara en él tanto por los motivos expuestos, 
cuanto por el muy significativo hecho de haberse ro- 
deado y llamado á foma rparte de su gobierno al círculo 
de personas que en la aciaga fecha de Diciembre del 79 
asaltaron el poder supremo, traicionando la causa na- 
cional y hundiendo á la República en el abismo en que 
se encuentra. 

Cuarto. — Que en las actuales circunstancias es obli- 
gatorio á los pueblos proveer y contribuir por sí á su 
defensa propia, mientras se restablezca ó constituya el 
gobierno que atienda á sus verdaderos intereses. Por 
tales razones y en uso de la soberanía que les es propia. 

Resolvieron: 

Primero. — Desconocer como desconocen la autori- 
dad suprema de don Lizardo Montero. 



— XV — 

Segundo. — Asumir por si la defensa contra el ene- 
migo invasor, hasta obtener la victoria ó una paz 
honrosa. 

Tercero. — Tomar por norma la Constitución del 6o, 
con la modificación de establecer la pena de muerte 
para los traidores á la Patria, para los que traicionen 
los principios consignados en esta acta y para los de- 
fraudadores de los tesoros públicos en cualquiera can- 
tidad que sea, previo el juzgamiento breve de un jura- 
do cuya sentencia se ejecutará en el acto de su pro- 
nunciamiento. 

Cuarto. — Que siendo indispensable consultar la uni- 
dad y orden de todos los actos del pueblo, definios ai 
señor Coronel doctor don José Mercedes Puga como 
Director Constitucional y Jefe Político y Militar del 
Norte, para que encarrile y organize los procedimientos 
del pueblo con arreglo á la carta fundamental. — En fé 
del juramento pronunciado para llevar á cabo todos 
los puntos que esta nota contiene la firmaron en Chota 
á los 1 8 dias de Febrero de 1882. 

Manuel J. Becerra, Domingo Lacerna, Eulogio Oso- 
res, Diego Villacorta, T. Alfredo Regalado, Ricardo 
Osores, Damián Villacorta, Manuel Medina, José A. 
Gálvez, Ponciano Adolfo Vigil, Marcelino Vilches, M. 
Jesús Coronado, David Valera, Juan Antonio Sobrado, 
Marcos Tapia, Cayetano Coronado, Ángel Sobrado, 
Pablo Gavidia, Gabriel Pérez, Timoteo Tirado, Manuel 
Loayza, J. Palomino Osores, Felipe Palomino, Manuel 
F. Guerrero, Gregorio Castro, Miguel Vilches, Enri- 
que Mata, Daniel Palomino, Manuel B. Castro, Pedro 
I. del Campo, Francisco Gavidia, Juan Gálvez, Manuel 
Gamboa, J. Manuel B. Cerna, Sebastián Gavidia, Fe- 
derico Ortiz, Manuel de la C. Tafur, Manuel Coronado, 
Abraham Incháustegui, Lucas Montenegro, José Ma- 
ría Casanova, Nicolás Mata, José María Pino, Silverio 
Cabrejos, Matías Núñez, Miguel Díaz, Simón Segura 
Guerrero, Manuel Dávila, José María Pérez, Ricardo 



— xvr — 

Becerra, José A. Tejada, Luís Saldaña, José Cabrejbs> 
Manuel Campos, Basilio Corra, Felipe Tantaleán, Ma- 
nuel Linares, Mariano Bustamante, Carlos del Campo r 
Manuel Sánchez, José L. Medina, Cirilo Vera, Pedro» 
Guerrero Gálvez, Pedro P. Bautista, Manuel Araña, 
Simón Herrera, Juan Campos, Carlos Vásquez, Juliám 
Regalado, Juan F. Osores, José S. Gálvez, Baltasar 
Núñez, Alejandro Collantes, Juan de Dios Guevara,. 
Juan B. Muñoz, Isidro Zorrilla, Tomás Díaz, J. Hoyos, 
Fermín Arrascue, Domingo Hoyos, Manuel Mejía Ve- 
reau, presbítero Pablo C. Campos, Ricardo León, Ra- 
fael Lara Espino, Lorenzo Regalado, Mariano Pino, 
Antonio Villacorta, Herminio Pino, A. Linares, Bar- 
tolomé Montoya, Elíseo Tafur, Pedro Benavides, Es- 
tevan Acevedo, Pedro Arana, Andrés Soriano, Exe- 
quiel Diaz, R Villacorta y siguen las firmas. 



PROCLAMA. 

£L CORONEL JOSÉ MERCEDES PUGA, Á SUS CONCIUDADANOS, 

Ha trascurrido un año desde el día aciago en que I3. 
adversa fortuna puso en manos de nuestros implaca- 
bles enemigos la honra nacional y la integridad del 
territorio peruano. Desde entonces nuestros esfuerzos y 
sacrificios no han reconocido límites porque nos ha 
animado el noble sentimiento de salvar nuestra querida 
Patria de tan ignominiosa condición. 

Más, tan nobles esfuerzos han sido estériles; los 
hombres encargados de organizamos y llevarnos al 
campo del honor, han defraudado por completo nues- 
tras esperanzas. Los capitales han sido consumidos sin, 
fruto; nuestro brazo ha soportado en la más completa 
inercia durante, un año, el fusil que hubiera servido para 



XVII — 

derramar á torrentes la sangre enemiga y purificar 
^nuestro suelo hollado con su planta; nuestra moral mi- 
litar se ha relajado por completo; nuestras sociedades 
se han adormecido bajo la férrea mano del vencedor, 
con las quiméricas . ilusiones de paz honrosa. Tal es 
nuestro presente; ésta la obra de nuestros directores. 
Bien lo sabéis. 

Mas, la verdad, que se abre paso sobre las tinieblas 
de los vicios, como el sol sobre las nubes que lo ocul- 
tan por un instante, nos ha traído hoy el convenci- 
miento tan sólo de nuestra próxima é inevitable ruina 
si no nos agrupamos todos, unidos por un. solo senti- 
miento y decididos á salvarnos. 

Los errores que tenéis presentes, las apremiantes ne- 
cedidades de la Patria, han decidido á los heroicos pue- 
blos de Chota y Hualgayoc á tomar por sí mismos la 
gerencia de sus destinos formulando, en acta popular, 
la norma de sus deberes, depositando en mí su con- 
fianza y considerándome intérprete fiel de este pensa- 
miento, 

Al aceptar tan elevada prueba de confianza, guíame 
únicamente el propósito de aplicar todos nuestros es- 
fuerzos á la sagrada obra de nuestra restauración. Sin 
banderías, sin el pequeño espíritu de partida local, ten- 
drán siempre un puesto entre nosotros todos los que, 
inspirados en tan noble sentimiento, quieran y aspiren 
al honroso calificativo de salvadores de la Patria. 

Sin ambiciones de mando, tócame hq^ el primer 
puesto que me habéis asignado, mas si, como lo espero 
del buen sentir de nuestros pueblos, idénticas necesi- 
dades los agrupan en torno nuestro y vienen á nuestro 
lado hombres de elevada inteligencia y sano corazón 
seré el primero en señalarlos como los merecedores de 
llevarnos á nuestra ansiada regeneración y tomando el ^ 
fusil del soldado, tendré el honor de formar en vuestras 
filas y morir con vosotros en la noble tarea que hemos 
acometido y recojer los laureles de la victoria. 

Entre tanto, estad convencidos de que el más alto 

y 



— xvni — 

espíritu de justicia guiará todos mis actos, conformando, 
en cuanto sea posible, nuestro modo de ser político con 
las apremiantes necesidades de la Patria. 

Compatriotas: 

¡A la regeneración y á la victoria por el camino del 
deber y el sacrificio! Nuestra patria agonizante asi lo 
exije y pronto veréis convertidos en hechos, con vues- 
tro eficaz auxilio, los propósitos de vuestro compatriota 
y amigo. 

José Mercedes Puga. 

Cuartel General — Chota, Febrero 12 de 1882. 



N.° 8- 

NOTA Á DON MIGUEL IGLESIAS. 

República Peruana. — Dirección Constitucional. — A 17 
de Abril de iSp2. 

Cuando la patriótica provincia de Chota, convencida 
hasta la evidencia de que el gobierno del General Mon- 
tero se había resuelto á no seguir la guerra contra el 
enemigo común y que sólo pensaba en sostener un 
ejército que asegurara su administración, reducida á 
esquilmar á los pueblos, levantó el grito que ha sido 
secundado por todo el Departamento, desconociendo 
aquel gobierno que había traicionado la confianza que 
en él depositara la Representación Nacional, no ha te- 
nido por objeto levantar ni sostener un partido político 
interno, sino única y exclusivamente defender la honra 
nacional contra el. invasor, haciendo práctica la guerra 
ó el ajustamiento de una paz digna de los pueblos^ ci- 
vilizados. Y/o, que abundo en los mismos sentimientos, 
he sido honrado con la dirección de sus proce- 
dimientos; cúmpleme, pues, manifestar á U. que tengo 



XIX 

conocimiento perfecto de las condiciones desfavorables en 
que se encuentra el ejército chileno en nuestro litoral y 
para abreviar las operaciones hostiles contra aquél, se- 
guro de obtener ventajas en favor de la Patria, hago en 
nombre de ésta, un llamamiento á U. para que, puesto 
que por los compromisos que adquirió ó ya por las 
instrucciones de su Gobierno, no le es posible conti- 
nuar la guerra, ponga á mi disposición la fuerza que 
existe en esa plaza, que pertenece á la Patria y que tan 
inmensos sacrificios ha costado su organización á nues- 
tro Departamento. 

Creo fundadamente que, si aun los sentimientos pa- 
trióticos laten en el corazón de un cajamarquino, res- 
ponderá U. accediendo á esta invitación, seguro como 
debe de estar que ni en mí ni en los pueblos que me 
obedecen existe otra mira que el bien de la Patria y el 
remunerar de algún modo los cruentos sacrificios he- 
chos por el Departamento, batiendo al invasor y dando 
un día de gloria á nuestra desventurada República. 

Como este documento se publicará, tengo á bien ma- 
nifestarle en pliego separado las razones y motivos que 
me hacen esperar que mis operaciones sobre el ejército 
chileno me darán el expléndido resultado que perse- 
guimos. 

En caso de que U. por exeso de vanidad ó mal en- 
tendida consecuencia á sus compromisos adquiridos, 
desoiga el patriótico llamaminnto que le hago y pre- 
tenda sostener á su caudillo, declino en U. toda respon- 
sabilidad para ante la Patria y para ante nuestro De- 
partamento por las desgracias que ocurran en él, debi- 
das á su empecinada negativa. 

(Firmado)— José Mercedes Puga, 
Señor don Miguel Iglesias. 



♦ ♦ » 



XX 

/ 

NOTA Á DON MIGUEL IGLESIAS. 

R. P. — Hacienda Pauca y Julio 6 de 1882. 

Al Señor General Jefe Superior, Político y Militar de 
los Departamentos del Norte. 

Señor: 

Agoviado con el natural sentimiento, en lo más ínti- 
mo de mi patriotismo, por el hecpho de haber invadido 
nuestro Departamento un reducido número del ejército 
chileno, y haber arriado nuestra bandera y hecho fla- 
mear" la del conquistador en el suelo de la libertad, co- 
mo es reputado el que guarda la tumba de Átahualpa, 
ha llegado á mi conocimiento que US. organizando los 
elementos que tiene, se prepara á resistir y buscar al 
aleve invasor, y no pudiendo ser indiferente á los peli- 
gros que necesariamente correrán mis hermanos y pai- 
sanos me dirijo á US. solicitando los últimos puestos 
de soldados para mí y algunos de mis amigos, á fin de 
compartir las glorias y los peligros que la empresa 
ocasione, y satisfacer asi los deseos que siempre me 
han dominado de ofrecer á la Patria el sacrificio de mi 
sangre. 

Esta solicitud la hago con la perentoria condición 
de que, después del combate que se libre con el enemi- 
go común, quedaré sujeto al juicio mandado seguir 
por el Supremo Gobierno por los acontecimientos de 
Chota, si sobrevivo á la función de armas que el patrio- 
tismo y el entusiasmo conciben grande y terrible co- 
mo son mis deseos. 

Dios guarde á US. 

José M. Pítga^ __, 



XXI 



N? 10- 

INSTRUCCIONES DEL CORON¿L RECABARREN. 

R. P. — Comandancia en Jefe del ejército espedkionario al 
Norte de la República. 

Huaraz, Abril 27 de 1883. 

Señor Prefecto y Comandante General del Departamen- 
to de Cajamarca. 

S. P. 

Quedo informado del estimable oficio de US. diri- 
jido ala Jefatura Superior y por su mérito me apresuro 
á manifestarle, que en ningún caso comprometa US. 
combate, y que no siendo posible proceder de otra ma- 
nera, procure reconcentrar sus fuerzas en Chota; esto es 
si US. no cree más conveniente retirarse hacia este De- 
partamento. 

Mi marcha á esa, como le manifieste á US. por mi an- 
terior oficio no debe demorar sino el tiempo muy in- 
dispensable para hacer mis últiftios aprestos; por consi- 
guiente necesario es y vuelvo á decirlo, que no se com- 
prometa ninguna acción de armas por ahora, teniendo 
én cuenta que con mi presencia en esa se operará con 
seguros éxitos. 

Dios guarde á US. 

Isaac Recabarren. 



• ♦ » 



— xxn — 

CARTA DEL SEÑOR ELÍAS. 

Mollepata, Julio 4. de 188 j. 
Señor Dr. D. José M. Puga. — Ichocán. 
Estimado amigo. 

Ayer llegué á esta población con la vanguardia del 
ejército. Los chilenos se habían retirado en la mañana 
de Bambamarca por el abajadero de Angasmarca en 
dirección á Huamachuco. El grueso del ejército llega- 
rá hoy aquí y yo seguiré sobre Cajabamba. 

Hace más de un mes que no recibo comunicación 
de U. y temo que hayan caído en poder del enemigo, 
pues he sabido que tomaron un propio que llevaba co- 
municaciones mías para los Prefectos del Norte. 

Es necesario colectar reses y víveres en la Provincia 
de Cajabamba para el sostenimiento del ejercito, así co- 
mo bestias de silla y carga, pues las brigadas vienen 
arruinadas, después de la penosa marcha que viene ha- 
ciendo el Ejército del Centro. 

Dentro de breves días tendré el gusto de verlo. 

Sin tiempo para más, queda de U. su afectísimo ami- 
go y SS. 

Jesús Elias. 



» ■» # 



— XXIII — 

N/ 13. 

RESPUESTA Á UNA CIRCULAR. 

Sub-prerectura accidental de la Provincia. 

Cqfabamba, Julio 8 de iSSj. 

Señor Coronel Prefecto y Comandante General del 
Departamento. 

Acabo de recibir el muy estimable oficio de US., d e 
ayer, en que me recomienda la colección de reses Y 
toda clase de víveres para el sostenimiento del ejército. 
Como tengo comunicado á US. esta Sub-Prefectura, con 
el interés debido, viene dictando las órdenes convenien- 
tes con ese fin; aunque es un grave embargo pasa ello 
la inmediación de los chilenos, que bien podrían sor- 
prendernos y arrebatar todo lo colectado. 

El pliego que se sirve US. adjuntarme para Su Se- 
ñoría el Jefe Superior del Norte, lo remito en el acto, 
consultando la seguridad que exijen las circunstancias. 

Dios guarde á US. 

Melchor Torres. 



»♦• 



N • 13. 

NOTA DEL SEÑOR EIÍAS. 

República Peruana.— Jefatura Superior ; Política y Mili- 
tar de los Departamentos del Norte. 

Huatnachuco, Julio ij de i88j. 

Señor Prefecto y Comandante General del Departa- 
mento de Cajamarca. 

Ayer á las 4 p. m. en unión del señor General Cace* 
res, y tomando las mejores posiciones que presenta 



XXIV 



esta ciudad, hemos roto los fuegos contra el enerfígo; 
en consecuencia esperamos del patriotismo de US., que 
con la fuerza que tiene, se "dirija sobre Cajabamba y 
avance á esta ciudad, á cortar la retirada á los disper- 
sos enemigos. Espero que US. dicte todas las disposi- 
ciones del caso, para que el patriota pueblo de Caja- 
bamba coopere una vez más en beneficio de la Patria^ 
Dios guarde á US. 

Jesús Elias. 



N-° 14- 

NOTA DEL SEÑOR ELÍ AS. 

♦ 

República Peruana.— Jefatura Superior, Política y Mili- 
tar de los Departamentos del Norte. 

Huamackuco, Junio g de i88j. 

Señor Prefecto y Comandante General del Departa- 
mento de Cajamarca. 

Son las cinco p. m. hora en que reitero á US. la or- 
den de mi oficio de esta misma fecha, que por expreso 
salía de ésta á las 10 a. m.; y ampliándolo diré á US.: 
que los chilenos ocupan el cerro denominado "Sasón"; 
y nuestras fuerzas la posición superior de "Santa Bár- 
bara." Se hace, pues, de absoluta necesidad que con 
sus fuerzas y la cooperación de Cajabamba, vengan á 
tomar la retaguardia al enemigo; y de este modo se 
habrá salvado la Patria. No hay que perder un segundo. 

Dios guarde á US. 

Jesús Elias. 



XXV — 

N° 15. 

RENUNCIA DEL SE&OR ELÍ AS. 

Jefatura Superior de los Departamentos del Norte. 

Huamachuco, Octubre 8 de 1883. 

Señor Prefecto y Comandante General del Departa- 
mento de Cajamarca. 

S. P. y C. G. * 

En este momento, que ha llegado el Coronel Borgo- 
ño, me he impuesto de la resolución adoptada por US. 
de seguir su marcha sobre Cajamarca, sin embargo de 
las comunicaciones y avisos recibidos de haber llega- 
do fuerzas enemigas á Otuzco; negándose US. á enviar 
la fuerza que quedó en mandar con el Comandante 
Romero, lo que traerá, como es natural, la pérdida de 
este Departamento y los elementos con que contamos. 

Viendo, pues, que no se obedecen las órdenes que 
dicta esta Jefatura, me veo eft la necesidad de separar* 
me del puesto que me confió el Supremo Gobierno; 
haciendo á US. responsable de todas las desgracias 
que sobrevengan á esta parte del territorio confiado á 
mi juriscicción. 

Dios guarde á US» 

Jesús EJiaSs 



N° 16. 

RENUNCIA DEL CORONEL PÜGA. 

Cajabamba, Octubre 8 de t88j, 

A las cuatro de la tarde recibí un primer oficio de 
US. y á las cinco un segundo: en el primero, me mani- 

i 



— XXVI t— ' 

festaba la necesidad de que movilizara la fuerza que 
me obedece sobre la ruta de esa Provincia; mas como 
con el señor Coronel Don Justíniano Borgoño, comi- 
sionado por US. para acordar el plan de operaciones, 
convenimos definitivamente en que lo más convenien- 
te era expedicionar sobre Cajamarca, de acuerdo con él, 
mandamos yo algunas comisiones á los pueblos donde 
tenemos jente, y él un propio á US. participándole lo acor- 
dado, á fin de que preparase la movilidad de esa fuerza, 
motivo por el cual he estadp esperando su determinación 
El segundo oficio de US. me ha causado una verdade-" 
ra extrañeza al decirm# en él que el señor Coronel 
Borgoño le ha asegurado que yo desobedecía las órde- 
nes de US., cosa que me. resisto á creer, conocedor co- 
mo soy de la circunspección y clara intelijencia d$l se- 
ñor Borgoño, 

Conferenciamos sobre la conveniencia de las expe- 
diciones, puesto que e$a era su misión, en presencia de 
algunos caballeros entre ellos el Doctor Madalengoi- 
tia, y todos opinamos por la conveniencia de tomar 
Cajamarca. 

Mal puede decir el señor Borgoño que me he nega- 
do ó resistido á cumplir las órdenes de US., y tan cier- 
to es esto, que estoy seguro, por el tenor del primer 
oficio de US. que contesto, que en la comunicación que 
le dirijió á US. con el expreso, participándole nuestro 
acuerdo, no le manifestó desobediencia por mi parte. 
Por lo demás, si la falsa aseveración del señor Borgo- 
ño, quizá por mala interpretación de mis palabras, ó 
razones, lo ponen á US. en el caso de separarse del 
importante puesto que á su patriotismo y actividad ha 
confiado el Supremo Gobierno, lo más expedito y con- 
veniente á la causa nacional, es mi separación del man- 
do de este Departamento, razón por la cual hago mi 
formal renuncia del puesto que US. tuvo á bien con- 
fiarme en el mes de Marzo último. 

Al desnudarme del carácter oficial que invisto, me es 
grato ofrecer á US. mis servicios como simple ciuda- 



— XXVII — 

daño, contra los enemigos de nuestra Patria, pidiendo 
desde ahora un puesto, como mero soldado, para ayu- 
dar á US. y á nuestros hermanos en el patriótico fin 
que perseguimos. - * 

Concluyo esta-nota manifestando á US. que la pe- 
queña fuerza existente en esta plaza, espedicionará por 
la ruta que US. designe, salvando á mi vez mi respon- 
sabilidad. 

Dios guarde á US. 

José M. Puga. 



N-° 17- 

RESPUESTA DEL SEÑOR ELÍAS. 

Jefatura Superior de los Departamentos del Norte. 

Huamachuco, Octubre p de 1883. 

Señor Prefecto y Comandante General del Departa- 
mento de Cajamarca. 

S. P. y C. G. 

En vista del oficio de US. fecha de ayer, en que me 
manifiesta que el Coronel Borgoño había sido autori- 
zado por mí, para conferenciar con US. sobre el plan 
de operaciones que debíamos seguir; siento decirle que 
no es exacto, pues sólo al tiempo de montar me anun- 
ció que iba á Cajabamba á hablar con US., así es que 
me sorprendió tanto su carta como la de US.: cuando 
me anunciaban la variación del acuerdo celebrado con- 
migo y la venida del Comandante Romero para ir á 
Santiago de Chuco, con el objeto de entusiasmar áese 
pueblo, y resistir al enemigo en caso que avanzase; así 



V* 



— XXVIII — 

es que mandé al oficial Sánchez anunciando,, á Porta- 
ras mi marcha sobre esa población con la fuerza que 
debía traer gomero. 

* Este fué el motivo de mi segunda nota y la extrañe- 
za que me causó la variación de lo que US. había 
acordado conmigo, asegurándome el Coronel Borgo- 
ño vendría la fuerza del Comandante Romero. 

Hechas estas explicaciones no me es posible acep- 
tar la renuncia que hace US. del cargo de Prefecto de 
ese Departamento, con motivo de haberle indicado mi 
separación por las causas que le he expuesto. 

Yo deseo proceder en armonía y en el mejor acuerdo 
con US. y con el Coronel Borgoño, sobre las operacio- 
nes militares; pues de esto depende el acierto en todo 

Dios guarde á US. 

Jesús Elias. 



N.° 18. 

CARTA DEL SEÑOR Eli AS. 

Santiago de Chuco, Octubre ip de i88j. 
Sr. Dr. D. José M. Puga.— Cajabamba. 

Estimado amigo: 

Ha sido en mi poder su apreciable de 17 del presen- 
te, así como la copia de la carta que dirije á V. el ami- ' 
go Becerra, dándole cuenta de las peripecias que ha 
pasado durante su permanencia en la provincia de Chi- 
clayo y la separación del comandante Barrenechea por 
su conducta inmoral y corrompida. Debió hacer con 
este Jefe indigno, lo mismo que hizo con el cura Veliz 
pues los malos elementos es necesario hacerlos desapa- 
recer. 



— XXIX — 

Incluyo á V. abierta, la nota que dirijo á Beoerra 
para que, á la mayor brevedad posible, trate de unirse 
á V. y le prohibo comprometa choque de ninguna es- 
pecie con Sánchez. 

El principal motivo de mi separación, ha sido el es- 
tado de desmoralización en que se encuentra la oficia- 
lidad de Borgoño y que él no reprime, por tenerlos 
gratos. Es una soldadezca brutal y viciosa — que no 
paran sino borrachos diariamente, -¿- y lo más sensible 
es que los Jefes son los más viciosos. Desde que éstos 
les dan el mal ejemplo á los subalternos ¿cómo pueden 
exijir y correjir á sus subordinados? No están confor- 
mes con la buena cuenta que se les da, según los recur- 
sos que se van proporcionando, y yo soy el blanco de 
sus enconos, porque no tomo medidas brutales contra 
los pueblos, para sacar recursos por medio de la fuerza. 
Borgoño les ofrece mucho, pero hasta ahora no se ha 
recibido ni un centavo de sus amigos de Trujillo y si 
no hubiera sido por los pocos recursos que nos ha pro- 
porcionado la provincia de Pataz, la situación seria peor. 

Había acordado con él darles una buena cuenta, y 
él sabía que en la caja no existían sino ioo y pico de 
soles; y al mandarme las planillas para ponerles el Dése 
hace que pasen planillas dobles que importaban cerca 
de 400 soles, con el V? B? firmado por éL Me negué, 
como era natural, á poner él Dése á la segunda planilla 
por no haber fondos suficientes en la caja y lo recon- 
vine por este modo de proceder, manifestándole que 
veía, que él, con su debilidad por tenerlos gratos y con- 
tentos echaba sobre mí la odiosidad de sus subordina- 
dos, desde que me negaba á poner el Dése. 

En fin, mi amigo, veo que con esta clase de gente 
corrompida é inmoral nada se puede hacer de bueno; 
y lo mismo son todos. ¿Cree V. que poco he sufrido y 
visto durante la campaña desde Sayán á Huamachuco 
en que se desertaban oficiales y jefes? EstQ país no lo 
compone nadie, sobre todo esta clase de militares que 
son la gangrena del país. 



/ \ 

— xxit — , # 

Me he decidido á demorarme por algún tiempo más 
aquí, por las observaciones que me han hecho loa 
amigos. 

Borgoño, sin autorización mía, se ha ido á Otuzco, 
cuando debió ir á Cajabamba, para seguir el acuerdo 
de la Junta de Guerra. V. vio la oposición que hicie- 
ron para ir á Usquil en persecución de los azules y 
ahora marchan á Otuzco, de su propia voluntad por- 
que se asegura que Iglesias se ha embarcado el 1 5 del 
presente para Lima y porque cree conseguir recursos 
y gente de sus amigos al saber su aproximación. 

Sin tiempo para más queda su afcmo. amigo y 5. S. 

Jesús Elias. 

Nada de notable. Se asegura que José E. Vera ha 
marchado á Sazpaqueno con las armas y municiones. 
Bueno será mandarles espías para ver si se descubre 
su paradero. — Elias. 



N-* 19. 

SEGUNDA RENUNCIA DEL SEÑOR EIÍAS. 

/ 

Jefatura Superior de los Departamentos del Norte. 

Santiago de Chuco, Octubre 16 de 1883. 

Señor Coronel Prefecto y Comandante General del 
Departamento de Cajamarca. 

Después del desastre sufrido por nuestras armas en 
los campos de Huamachuco, creí que aun se podría 
levantar el espíritu de los pueblos, para continuar la 
lucha empeñada con nuestros encarnizados enemigos, 
y con este fin me dirijí á la provincia de Pataz, reco- 



— Xxxl — 

giendo algunas armas de los dispersos que encontré 
<en el tránsito, reconcentrando en ella todos los ele- 
mentos que quedaron en diferentes puntos de la pro- 
vincia de Pomabamba. Er seguida, pasé á la de Hua- 
tíiachuco, después de haber sido ocupada esa plaza por 
las fuerzas del coronel Puga. 

En todos estos lugares no he encontrado sino resis- 
tencias para obtener los recursos indispensables que se 
necesitan para el sostenimiento de las fuerzas que se 
están organizando por los coroneles Borgoño y Puga> 
y para atender á dar buenas cuentas a los empleados 
públicos que prestan importantes servicios. 

En tan ditíciles circunstancias en las que los pueblos 
se niegan á pagar las contribucioues establecidas por 
las ^eyes y que son los únicos recursos fiscales con que 
se puede atender á los gastos públicos, no se puede, 
sin contar con esos elementos, seguir organizando más 
fuerzas. 

Por otra parte, el país se encuentra dividido, y la 
guerra civil con todos sus horrores, amenaza destruir 
los pocos elementos que debían servir para sostener la 
lucha con el invasor. En esta guerra fratricida en que 
se derramará la sangre hermana á torrentes, la Repú- 
blica se debilitará aún más, después de lo que viene 
sufriendo durante cuatro años de sacrificios y de des* 
gracias. 

Viendo está triste situación, no deseo tomar la me- 
nor parte en esta guerra entre hermanos, pof lo que 
me separo del puesto que me confió el Supremo Go- 
bierno, dejando á los Prefectos al cargo de sus Depar- 
tamentos, para que se entiendan directamente con el 
Gobierno de Arequipa, al que me dirijo con esta fecha, 
manifestándole mi determinación para que nombre á 
la persona que deba reemplazarme. 

Dios guarde á US. 

Jesús Elias, 



— xxxrr — 
N° 30 

CONTESTACIÓN I>EL CORONEL PUGA. 

R. P. — Prefectura y Comandancia General del Depar- 
tamento de Cajamarca. 

Cajabamba, Octubre 18 de 1883. 

Señor Jefe Superior Político y Militar de los Departa- 
tamentos del Norte. 

En esta fecha recibo la circular de US. datada el 16 
del presente en Santiago de Chuco, por la que me ma^ 
nifiesta, que á mérito de encontrar resistencia en algu- 
nos pueblos para pagar las contribuciones prescriptas 
por la ley, y contribuir con algunos sacrificios para 
continuar la organización de las fuerzas constituciona- 
les llamadas á unificar esta región de la República, ha* 
resuelto US. separársele la Jefatura Superior dejando 
á los Prefectos de los departamentos el encargo de con- 
servar el orden, mientras el Supremo Gobierno nombra 
la persona que deba reemplazarlo. Semejante determi- 
nación en las circunstancias presentes, en que cuenta 
esta parte del Norte con un pié regular de fuerzas or- 
ganizadas, en que los enemigos de la patria, aislados de 
la protección chilena, tocan al término de su desapari- 
ción y en circunstancias de haber acordado por unani- 
midad en el consejo de guerra presidido por US. una 
combinación de positivos resultados para los intereses 
de la causa nacional, me ha sorprendido de tal modo 
que no puedo menos que lamentar la fatalidad que 
persigue al Perú, puesto que, con este procedimiento, 
nos constituímos en verdaderos aliados de los traido- 
res. No creí que por resistencias vulgares y de poca 
significación desmayara el espíritu levantado y la ab- 
negación patriótica de que US. ha dado pruebas du- 
rante la cruda campaña que atravesamos. 



I 



XXXIII — 

La determinación de US. en las actuales circunstan- 
cias trae gravísimos males á la Patria y por mi parte 
detlino en US. toda la responsabilidad puesto que se 
rechazan los buenos elementos y la patriótica decisión 
de estos pueblos por la defensa de la autonomía na- 
cional 

La razón de que la guerra civil amenaza á destruir 
Jos pocos elementos que quedan contra el invasor, lejos 
de obligar á US. 5 separarse de la escena política debe 
retemplar el espíritu de los buenos peruanos para de- 
belarla, y, unificando los elementos, aplicarlos conve- 
nientemente contra el enemigo común; estos han sido 
siempre mis principios y lo serán, mientras las circuns- 
tancias me lo permitan y mientras encuentre el respec- 
tivo apoyo en las autoridades superiores. 

Dios guarde á US, 

José M. Puga* 



N.° 31 

NOTA DEL CORONEL BORGOSo. 

R. P. — Prefectura y Comandancia General del Depar- 
tamento de la Libertad. 

Santiago de Chuco, Octubre fó de rS8j. 

Señor Prefecto y Comandante General del Departa- 
mento de Cajamarca. 

S. P. 

En fuerza de la grave situación á que podría quedar 
entregado este Departamento, por la separación y re- 
nuncia de Su Señoría el Jefe Superior del Norte, me 
he visto precisado, para salvar el mal, á aceptar la Pre- 



r.'iT-, f 



— XXXfV — 

fectura y Comandancia General, que estoy resuelto á 
desempeñar hasta donde me lo permitan mis débiles 
fuerzas. 

En tal virtud, me dirijo á US., á fin de que, unidos,, 
podamos hacer cuantos esfuerzos nos sean posibles 
para llevar adelante nuestra ocupación de Cajamarca 6 
de Trujillo, desalojando á los traidores. 

En igual sentido, para las ulteriores combinaciones 
militares que convengan, me dirijo con esta fecha al 
señor Prefecto de Ancachs, en cuyo Departamento se 
están organizando fuerzas que pueden ayudarnos en 
mucho. 

Lo que me es muy grato comunicar á ese despacho, 
con el objeto de que marchemos en perfecto acuerdo 
para tan necesario fin. 

Dios guarde á US. 

J. Borgofto. 



SOLICITUD PEL CORONEL FUGA. 

R, P/ — Prefectura y Comandancia General del Depar- 
tamento de Cajamarca. 

Cajabamba, Octubre jo de 1883. 

Señor Prefecto y Comandante General del Departa- 
mento de la Libertad. 

Estando obligados todos los buenos peruanos y muy 
particularmente las autoridades á unir sus esfuerzos 
para lograr unificar esta parte de la República, teatro, 
por desgracia, de la traición y de la anarquía; cúmple- 
me dirijirme á US. solicitando su cooperación y ele- 
mentos para llevar á cabo el plan que US. conoce y 



— XXXV — 

cuyas positivas ventajas se discutieron y aceptaron en 
el consejo de guerra que tuvo lugar con la concurren- 
cia de US. en Santiago de Chuco el 1 2 del presente. 
Si por circunstancias que no me es posible conocer no 
puede US. prestar su personal cooperación y la de su 
fuerza, espero que, cuando menos, se sirva remitirme 
50 rifles de precisión municionados con el cargo de 
devolvérselos bajo mi responsabilidad. Si no es posible 
á US. acceder á alguno de los pedidos que hago, me 
veré en la dura necesidad de disolver la fuerza que me 
obedece y retirarme á lamentar en el retiro de la vida 
privada los males de la Patria y el haber, por falta de 
apoyo, dejado de aprovechar la más brillante oportuni- 
dad para unificar el Norte de la República. 

Espero la contestación de US. con la prontitud que 
demanda el caso para normar á ella mis procedimientos. 



Dios guarde á US. 



José Mercedes Puga. 



N° 23. 

NEGATIVA DEL CORONEL BORGOÑO. 

Otuzco, Noviembre 4 de i88j. 

Señor Coronel D. José M. Puga. 

San Marcos. 
Estimado Coronel y amigo: 

En la mañana de hoy he recibido su estimable de 
30 del pasado, en la que me manifiesta que de Caja- 
marca deben salir tropas en número de 300 hombres 
con el propósito de atacar á las de U. y que por datos 
que ha recibido se hayan á tres leguas de esa población. 

Bien sabe U. que fui desidido á la toma de Cajamar- 
ca, cuyo plan fué desbaratado por el Jefe Superior; des- 



— XXXVI — 

pues por los acontecimientos que ya U. conoce, tuve 
que aceptar la prefectura de este Departamento. Antes 
de esto el señor Elias nos hizo venir sobre Santiago 
comprometiendo á dicha población en la organización 
* de un batallón, y después\de mi nombramiento, tuve 
que venir á esta población, la que por estar tan inme- 
diata á la costa no puedo dejar abandonada después de 
estar hoy fuertemente comprometida, y organizando un 
batallón que nos será muy útil en su oportunidad. 

La completa escasez de fondos para atender á las 
más premiosas necesidades de la fuerza, me obliga á 
venir á esta provincia con el propósito de conseguir di- 
chos recursos, para lo que he tenido que dictar las or- 
denes respectivas y ponerme en comunicación con la 
costa, de donde he reunido algunos fondos, aunque pe- 
queños, los que han aliviado la mala situación de los 
jefes y oficiales. Muchos otros trabajos tengo hechos 
y adelantados para el aumento de fuerzas, como para 
uniformar la tropa, los que estarán realizados en la 
próxima semana. 

En Trujillo no hay más de 150 hombres, y sino 
bajo es porque deseo evitar el tener que combatir; mi 
propósito es el de avanzar con fuerzas suficientes, de- 
manera que la resistencia por aquella pequeña guarni- 
ción se haga ilusoria é irrealizable, consiguiendo de es- 
te modo un verdadero triunfo, para la unificación de 
los pueblos del norte, sin dejar el resentimiento de unos 
y el rencor en otros que tiene que dejar un hecho de 
armas de esta naturaleza. 

Aunque quisiera salir en su ayuda en el momento, 
me lo impide el hecho material de tener repartida mi 
fuerza en diferentes comisiones; á esto debo agregar 
el que no podría llegar á tiempo al combate desde que, 
según su citada, el enemigo se hallaba á tres leguas 
del campamento que ocupan sus tropas, por lo que 
creo que, á la fecha, el combate debe es ar resuelto, 
siendo por lo tanto de ninguna utilidad mi viaje para 
el éxito de la jornada, y sí de grandes perjuicios para 



— XXXVII — 

\ 

la organización de las fuerzas que, con empeño, se orga- 
nizan. Bien conocerá U. que si me separo en estos mo- 
mentos no habría hecho sino trabajar en favor de la 
dictadura, pues las personas que hoy están seriamente 
comprometidas, viéndose abandonadas de un modo 
violento, me voltearían las espaldas, plegándose al ene- 
migo por el temor de ser perjudicadas, ó por lo menos 
serían indiferentes á nuestra situación, lo que equival- 
dría á un desastre, 

No dudo que en su buen criterio harán peso qiis ra- * 
zones, que son la fiel expresión de lo que hoy sucede; 
ojalá que me hallara expedito en estos momentos y le 
probaria con los hechos mis propósitos en todo lo con- 
cerniente al bien general. 

Le desea salud su afectísimo amigo y SS. 

J. Borgofto. 



N? 24- 

PARTE DEL TRIUNFO DE «LLOLLÓN.» 

República Peruátia. — Prefectura y Comandancia Gene- 
ral del Departamento. 

Cajamarca y Noviembre 7 de 1883. 

Señor Jefe Superior, Político y Militar del Norte. 

Después de haber llegado á San Marcos de tránsito 
á ésta, recibí noticia de que salían á batirme las fuerzas 
del traidor Iglesias, que ocupaban esta plaza, y resolví 
retirarme al caserío de Azufre, punto militar que podía 
ofrecer muchas ventajas para librar el combate. 

Elegí en efecto las posiciones convenientes, dividien- 
do mi fuerza en tres fracciones en el orden siguiente: 
la derecha, ocupando un punto que domina el camino 



— XXXVIII — • 

de San Marcos por la playa; el centro, colocado en otro 
morro que domina el camino real que parte de San 
Marcos á nuestro campamento y últimamente la iz- 
quierda, instalada en el sitio más elevado del campo, 
dominando el camino que viene de Ichocán y dando 
vista á todas las demás vías por donde se nos podía 
cortar por el enemigo. 

A las diez de la mañana del Jueves primero del en 
curso, fui atacado por el enemigo en número de tres- 
cientos hombres y que se había dividido con el objeto 
de invadirme por ambos flancos. 

Después de haberse extendido en guerrilla forman- 
do una larga línea, hicieron un cañonazo que, por la 
gran distancia á que nos dispararon no causó daño al- 
guno en nuestras filas; apresurándome yo á dar orden 
para que ningún soldado hiciera un solo tiro, pues te- 
nían sin duda por objeto descubrir en la respuesta el 
alcance ele nuestras armas. * 

Necesitaba además que se acercaran para hacer más 
seguros nuestros disparos. 

El enemigo avanza confiado sobre nosotros y se 
rompen los fuegos con gran viveza por la parte contra- 
ria, tanto que, á pesar del valor y firmeza con que de- 
fendían los nuestros sus posiciones, talvez nos habría 
obligado á tomar otro fuerte, desalojándonos del pri- 
mero por la profusión de sus tiros, cuando resolví, 
acompañado de unos pocos oficiales, atacar al enemigo 
en sus misma posición y entusiasmar á los soldados 
para que me siguieran. 

Así sucedió, en efecto, y á poco de haber bajado y 
cuando me hallaba sosteniendo un desigual y reñido 
combate con la línea derecha enemiga, que pude rom- 
per poniendo en fuga la mayor parte de sus soldados 
y dejando algunos muertos en el campo; vi que empe- 
zaban á abandonar sus puestos y que los nuestros, 
á quienes mi procedimiento había llenado' de ardor, ba- 
jaban de sus trincheras y perseguían al enemigo, flan- 
queándolo rápidamente, y que desde ese momento sufrió 



— XXXIX — 

la derrota más completa y marchó en absoluta disper- 
sión, dejando en nuestro poder su artillería, todo el 
parque, gran cantidad de armas, caballos etc. 

Sus perdidas positivas ascienden á setenta muertos, 
ciento veintiún prisioneros, inclusive veintiocho entre 
jefes y oficiales; ciento treinta rifles, todos de precisión, 
la mayor parte de su brigada, un cañón de fierro de 
buena calidad y todo su pertrecho. El combate duro 
tres horas sin contarse entre nosotros más dds^cuatro 
heridos: al cabo de ellas ocupé San Marcos, después 
de haber recojido todos los despojos y donde continué 
recibiendo prisioneros hasta el Viernes por la tarde. 
Debo indicar á US, la digna y valerosa conducta de 
todos los que me acompañan, desde los señores Jefes y 
oficiales hasta el último soldado: su entusiasta resolu- 
ción y arriesgado coraje, desde el principio hasta el fin 
de la contienda, es muy merecedora de la gratitud na- 
cional; y nos manifiesta claramente que el Perú, que 
cuenta con tan valerosos defensores, se sobrepondrá, 
en breve, á sus odiosos enemigos. 

Es tcdo lo que, en mérito de la verdad, me permito 
hacer presente á US. teniendo la honra de repetirle los 
sentimientos de mi más alta consideración. 

Dios guarde á US. 

fosé M, Puga. 



• ■■» • 



N.* 25. 

EL PREFECTO Y COMANDANTE GENERAL DEL DEPARTAMEN- 
TO A LAS FUERZAS DE SU MANDO. 

Soldados : 

Después de largos y cruentos sacrificios, la victoria 
más completa ha coronado vuestros nobles y genero- 
sos esfuerzos. 

Testigo presencial de vuestros trabajos y fatigas, 



XL 

desnudos y sin pan muchas veces, la Patria os debe 
la más profunda gratitud. 

un año há, que la más negra traición cubrió de infa- 
mia á este noble suelo, cuna de la libertad ysaivaguar 
dia siempre de la honra nacional. La ambición bastar- 
da de un caudillo que traicionara los sentimientos 
del honor nacional y la confianza que el gobierno Cons- 
ticional había depositado en él, bastó para lanzar sobre 
la frente de los hijos de este departamento lodo y ver- 
güenza sin ejemplo. 

En circunstancias tan supremas y angustiosas no va- 
cilé un momento en tomar las armas para castigar tart 
negra y repugnante infamia. Pronto me vi rodeado de 
vosotros y juntos hemos luchado durante un año, has- 
ta que, después de amargos contratiempos y no pocos 
desengaños, un triunfo completo ha compensado todos 
vuestros nobles afanes y abnegados sacrificios. 

Camaradas: 

La ciudad de Cajamarca os debe el honor de haber 
lavado con vuestro sacrificio y vuestra sangre la infa- 
mia y vilipendio con que un peruano desnaturalizado 
había querido mancillarla. Los hijos de este noble sue- 
lo, no lo dudo, agradecerán, como merece, vuestra ab- 
negación y patriotismo y os prestarán el más deciclido 
apoyo para el completo de vuestra obra 

Soldados : 

Compañero de vosotros en vuestros peligros, traba- 
jos y miserias, os felicito por vuestro valor, á nombre 
de la Patria y del Gobierno que represento. , 

Pero la obra no está concluida y espero que con 
igual constancia y resignación sabréis soportar los sin- 
sabores y amarguras de una prolongada campaña has- 
ta obtener el triunfo difinitivo que debe otorgárnosla 
justicia que nos asiste en la santa causa que sostenemos. 
Vuestro Coronel y amigo. 

José M. Puga. 



¿* ■ 



XLI — 

N?26, 

EL PREFECTO Y COMANDANTE GENERAL DEL DEPARTA- 
MENTO AL PUEBLO DE CAJAMARCA. 

Cajamarquinos; 

Largo tiempo habéis sufrido el dominante y vergon- ' 
zoso yugo de la tiranía más despótica; habéis visto ger- 
minar en vuestro suelo el monstruo de una traición in- 
fame, que, arrebatando el honor de vuestros hijos, ha 
estampado en vuestra frente el negro estigma de trai- 
dores con que la República toda y aun los mismos 
pueblos extranjeros os califican; habéis presenciado el 
escandaloso y cínico ultraje inferido á los derechos in- 
violables del ciudadano, con el incendio que ha devas- 
tado nuestros campos, con el látigo que os había redu- 
cido á la condición de esclavos. 

Yo, cajamarquino también, anhelando que el viril 
Departamento de Cajamarca se presentara á la altura 
de sus heroicas tradiciones; avergonzado de los inaudi- 
tos crímenes que campeaban en vuestro seno, con la 
mayor impunidad, sin que nadie osara lejguttarse con- 
tra el tirano que humillaba vuestro nombre; resolví sa- 
crificar mis intereses y mi vida y poner en juego todos 
mis esfuerzos por librar á Cajamarca del horrible' bal- 
dón que le afeaba, llegando los pueblos á llamarle ¡¡¡el 
aliado de Chile!!! 

He trabajado sin descanso, salvando los peligros de 
una campaña rigorosa y sobreponiéndome á las mise- 
rias y penalidades dé la vida del soldado, hasta que la 
Providencia quiso conceder á Cajamarca la rehabilita- 
ción de su honra, satisfaciendo mis aspiraciones de ca- 
jamarquino y de patriota y sepultar en el memora- 
ble combate de ((Azufre», al impulso del esforzado va- 
lor de los soldados de la patria, la hueste de miserables 



— XUI 

enemigos que perseguían mi vida y habían resuelta 
eternizar en este suela la traidora ambición de un pe- 
ruano maldito. 

Cajamarquínos : 

He penetrado entre vosotros Heno de júvilo; he te- 
nido el orgullo de contar desde ese momento á mi país 
entre los pueblos peruanos, y he visto levantarse vues- 
tro espíritu patrio adormecido, prometiéndome llenar 
con vosotros la consigna de peruanos y aunar vues- 
tros esfuerzos con los míos, para llevar á cabo la re* 
dención de la Patria infamada y humillada por el ene- 
migo. 

Pueblo de Cajamarea : 

En vosotros confio para llevar á buen término el fin 
que me he propuesto; vuestros derechos y soberanía se 
han restablecido; á la sombra de los defensores del or- 
den, disfrutaréis tranquilos de todas vuestras garantías, 
que encontrarán en mí su más seguro apoyo; y veréis 
desterrado para siempre de este país hermoso, el impe- 
rio del abuso y el ejercicio de los sanguinarios actos 
de la tiranía^ 

Amigos todos ;• , 

" Lo espera nuestra acción salvadora * é inmediata. 
Armad presurosos vuestro brazo y jurad conmigo 
vencer ó morir honrosamente en la contienda nacional. 
Espero que vuestra actitud será digna de vosotros 
y que no abandonaréis á vuestro Prefecto y amigo. 

José Mercedes Puga. 



XLIII 



N.°27 



(Publicado en La Nueva Era de Trujillo de fecha 13 de Febrero 
de 1884.) 

En el pueblo de Ichocán, capital del distrito del 
mismo nombre, provincia del Cercado de Cajamarca, 
á los ocho días del mes de Diciembre de mil ocho- 
cientos ochenta y tres, reunidos en el salón del Estado 
Mayor los señores Jefes y Oficiales, el Párroco y veci- 
nos notables que suscriben de este distrito y del de 
San Marcos; el señor Coronel Prefecto y Comandante 
General del Departamento de Amazonas, don Mauricio 
J. Rojas, expuso lo siguiente: 

i? que por cuanto se encuentra en acefalía la Jefa- 
tura Superior, Política y Militar de los Departamentos 
del Norte, por el abandono voluntario que de ella hizo 
el diez y seis del mes próximo pasado el ciudadano 
don Jesús Elias, se hace de imperiosa necesidad la 
adopción de una medida que llene tan notable vacío. 

2? que crece de punto la necesidad de establecer la 
Jefatura Superior, porque ella servirá de centro para 
reunir en torno suyo á los patriotas y todos los ele- 
mentos bélicos que existen dispersos en la Zona del 
Norte. 

3? que según las actas que de día en día están lle- 
gando de los Departamentos de Loreto, de Amazonas, 
de Piura, de Chiclayo, efe Huaráz, de la Libertad y de 
las Provincias de Celendín, de Chota, de Hualgayoc, 
Jaén, Contumazá, Cajabamba y Cajamarca, se obliga 
en ellas al señor Coronel don José Mercedes Puga á 
que asuma la Jefatura Superior, como el único Prefec- 
to que á la cabeza de un crecido número de ciudada- 
nos armados se sostiene enérgicamente. 

4? que en virtud de lo expuesto y de la voluntad 
tantas veces manifestada por las dependencias milita- 
res de la plaza, invitaba al crecido número de ciudada- 



— XLIV 

nos aquí presentes á que resolviesen definitivamente si 
seguían la opinión de los departamentos y provincias 
antes expresados y obligaban, en nombre del patriotis- 
mo, al señor coronel Puga á que, haciendo abstracción 
de su exagerada delicadeza, asuma la Jefatura Supe- 
rior; reconociendo desde luego al segundo vicepresi- 
dente de la República el bizarro general don Andrés 
Avelino Cáceres, como Jefe del Estado si es que, como 
se asegura, se ha hecho cargo de la Presidencia. 

En seguida el señor coronel don Tomás Romero y 
Flores presentó para su lectura dos documentos remi- 
tidos recientemente por el señor Sub-Prefecto de la 
provincia de Cajabamba, don Manuel Benito Villavi- 
sencio, los cuales prueban dos hechos de alta impor- 
tancia: el uno, que en el Departamento de Puno existe 
el ejército perú-boliviano próximo á librar batalla con- 
tra las fuerzas chilenas que obedecen al general Lynch; 
y el otro, que el valiente general Cáceres reúne en el 
Departamento del Cuzco un crecido número de com- 
batientes para la eficaz defensa de la Patria. 

El señor coronel doctor don Mariano José Madueño 
tomó en seguida la palabra y dijo: que perfectamente 
desarrollada la idea y el objeto de la expontánea reu- 
nión por el señor coronel Rojas, no debía perderse 
tiempo sino procederse á compeler al señor coronel 
Puga á que inmediatamente asuma la Jefatura Supe- 
rior; aceptando, desde luego, como supremo mandata- 
rio, según se dice, al segundo vice-presidente de la 
República, el esclarecido general Cáceres, cuyas virtu- 
des cívicas conocía él de cerca, por haber servido á sus 
inmediatas órdenes, y cuyos elevados méritos ya le 
han conquistado un lugar distinguido, aun más <allá de 
los ángulos de nuestra República — que el señor coro- 
nel Puga era un ciudadano eminente, pues que tal ca- 
lificativo merecía un respetable magistrado que á la 
cabeza de un escogido número de valientes ciudada- 
nos, como los bravos vencedores en «Llollón,» venia 
combatiendo brazo á brazo contra los espurios hijos de 



— XLV — 

la Patria que sostienen el crimen <le «Montan» y con- 
tra el innoble enemigo chileno. 

Habiéndose adherido toda la reunión, á los votos ya 
expresados resolvieron proclamar, y desde luego pro- 
clamaron al señor coronel doctor don José Mercedes 
Puga como Jefe Superior, Político y Militar de los De- 
partamentos del Norte: vivaron en seguida, con frené- 
tico entusiasmo al señor general Cáceres, encargado, 
como se ha dicho, del mando supremo, como el áncora 
de salvación de la Patria. 

Por insinuación del señor coronel Madueñó se nom- 
bró una comisión compuesta de los señores venerable 
cura doctor don Pedro Cobián, coroneles Madueño y 
Romero, teniente-coronel Uzeda, don Felipe S. Solo- 
guren, sargento mayor Matos y comandante militar 
don Ricardo Chávarri para que se apersonasen al se- 
ñor coronel Puga y haciéndole saber la firme resolu- 
ción adoptada por la Junta, en consonancia con la vo- 
luntad, manifestada por los Departamentos del Norte 
en las actas respectivas, le pidiese su aceptación. 

La comisión partió en seguida, y treinta minutos 
después, e! presidente de dicha comisión, señor coronel 
Madueño, dio cuenta del resultado en los términos si- 
guientes: 

Señor: he narrado fielmente al distinguido señor co- 
ronel Puga todos los incidentes de esta reunión tan res- 
petable como imponente é invocado, la oportunidad de 
aceptar la Jefatura Superior y le he exigido en fin á 
nombre de la Patria este nuevo sacrificio; y os traigo 
por contestación: «que inclina su voluntad ante la de 
la mayoría del Norte; ro obstante que conoce la esca- 
sez de sus méritos; pero que acepta la Jefatura Supe- 
rior con el carácter de provisional, de cuyo hecho dará 
cuenta, inmediatamente, á S. E. el Presidente de la Re- 
pública, para que se sirva nombrar la persona que de- 
ba reemplazarle; que agradece vivamente la práctica 
prueba de deferencia que acabáis de darle y que él sa- 
bría portarse digno de vuestra amistad y de vuestras 



— XLVI — 

consideraciones en particular, así como de la patria en 
general.» 

Después de frenéticos aplausos y entre la alegría 
general de la población y del ejército, manifestada por 
dianas, repiques de campana y otras demostraciones, 
se constituyó la reunión en la casa prefectural, para 
felicitar al nuevo Jefe Superior. El señor corpnel Puga, 
después de repetir sus palabras de gratitud y de reco- 
nocimiento, exijió de sus subordinados la promesa fir- 
me de subonjj nación, constancia y sometimiento á 
todo genera dé penalidades en la campaña. El señor 
coronel Rojas, como soldado más antiguo, prometió en 
nombre de sus compañeros de armas y en el suyo pro- 
pio, moralidad y subordinación como ciudadanos y 
como soldados, así como acompañar al Jefe Superior 
hasta el término de la guerra actual. . , 

Retirada la reunión del salón del E. M. G. procedie- 
ron á suscribir e*ta acta, con prevención de que se sa- 
quen de ella las copias necesarias para S. E. el Presi- 
dente de la República, para los Prefectos de Departa- 
mentos y para la prensa. 

Mauricio J. Rojas, coronel de ejército, prefecto y 
comandante general del departamento de Amazonas; 
coronel don Mariano J. Madueño, Tomás Rftmero Flo- 
res, coronel graduado primer jefe del batallón «Vence- 
dores del Norte»; Pedro García Cobián, Párraco de. es- 
ta doctrina; Rarfión Velásquez, teniente coronel gra- 
duado, primer jefe del batallón «Victoria»; José María 
Zayala, sargento mayor, cajero fiscal del departamento; 
Juan José Uzeda, Teniente coronel graduado, segundo 
jefe del batallón «Vengadores»; Ricardo Chávarri, co- 
mandante militar del distrito; Wenceslao Vecorena, te- 
niente coronel graduado, sub-prefecto de la provincia; 
Enrique Matos, sargento mayor, ayudante del estado 
mayor; Manuel Barrantes, sargento mayor, segundo 
jefe del batollón «Victoria»; Antonio Rivero, sargento 
mayor, ayudante del estado mayor; Francisco Bartra, 
sargento mayor ayudante de la comandancia general; 



— XLVII — 

Eduardo Listneu, sargento mayor de la maestranza; 
Adolfo Rivera y Oyague, sargento mayor, jefe de arti- 
llería; Genaro Letelier, sargento mayor, jefe de la sec- 
ción de administración; Manuel L. Bazauri, sargento 
mayor, tercer jefe del batallón «Vengadores»; Daniel 
Díaz, sargento mayor tercer jefe del batallón «Victoria»; 
Almanzor Puga, sargento mayor, secretario de la pre- 
fectura y comandancia general; Bernardo Castañeda, 
sargento mayor, jefe del escuadrón escolta; Felipe R. 
Sologuren, sargento mayor jefe de la sección de justi- 
cia; Eleuterio Cabiezes, sargento mayor, primer jefe 
de «Tiradores»; Santos Díaz, sargento mayor, cuarto 
jefe* del batallón «Vengadores»; José Sánchez, sargento 
mayor, primer jefe del batallón «Victoria»; Leandro 
Hoyos, capitán de la columna « Huatún »; Manuel Ma- 
ría Ramal, alcalde municipal del distrito de San Mar- 
cos; Benjamín Burga, sargento mayor graduado, ayu- 
dante de la comandancia general; Pedro José Esparsa, 
gobernador del distrito de San Marcos; Eusebio Vale- 
ra, capitán, comandante militar de San Marcos, José 
Espinoza, síndico municipal de Schocan, Rafael Cha- 
varri, gobernador de Schocan; Gregorio Astopilco, ca- 
pitán gobernador del cercado de Cajamarca; Francisco 
Cabrera, gobernador del distrito de Matará, José M. 
Castañeda, teniente de cura; Domingo Cha varri, juez 
de paz; Manuel Ortiz; cura de la doctrina de Matara; 
Manuel M. Velezmoro; sargento? mayor de ejército; 
Francisco Urrunaga, juez de paz de Matara; Prudencio 
Díaz Arana, sub-prefecto de la provincia de Celendín; 
José Leocadio Gálvez, sargento mayor, ayudante de la 
prefectura de Amazonas, Mercedes Pita, alcalde muni- 
cipal de Matará; Eleuterio H. Merino, sargento mayor, 
jefe de la gendarmería de Amazonas; Manuel Pita, 
juez de paz de Matara; José Rodríguez, capitán de ejér- 
cito, Juan de Dios Gómez, capitán, jefe de la escolta; 
siguen las firmas. . 



— XLVIII — 

N-° 38. 

{Publicado en La Nueva Era de Trujiüo, feelia 13 de Febrero— 188?, 

JOSÉ MERCEDES PUGA, 

JEFE SUPERIOR, POLÍTICO Y MILITAR DE LOS DEPARTA- 
MENTOS DEL NORTE» 

Considerando : 

i? Que la mayor parte de los pueblos y de las fuer- 
zas que sostienen en la zona del Norte el régimen cons- 
titucional y la dignidad y el honor de la República, por 
medio de las actas que han elevado á este despacho y 
en virtud de las poderosas razones que aducen; me han 
proclamado Jefe Superior, Político y Militar de los De- 
partamentos del Norte. 

2? Que efectivamente al continuar la Jefatura Supe- 
rior en la acefalía en que se encuentra, por haberla 
abandonado el ciudadano que la desempeñaba, con 
grave detrimento de la dausa que sostenemos y de la 
magna guerra en que estamos empeñados, sería en mí 
falta de patriotismo no aceptar el puesto que se me 
confia y que tan necesario es para la unidad y acierto 
de los trabajos en pro de la defensa nacional; 

2? Que siendo ya notorio é indudable que aun exis- 
te en el país un respetable centro de resistencia á cuyo 
frente se haya el esclarecido General Caceres, quien ha 
asumido constitucionalmente la presidencia y se dispo- 
ne con mayores elementos y bajo mejores aupicios á 
continuar la guerra contra Chile, hasta obtener una 
paz más conforme con la dignidad y los derechos de 
la República; 

3? Que hoy más que nunca se hace indispensable 
ecundar en el Norte de una manera activa los gran- 



— xux — 

«des propósitos y los esfuerzos de tan eminente ciuda- 
dano que tantas pruebas tiene da Jas de su competencia 
y ardiente patriotismo; 

Decreto : 

Desde la fecha asumo la Jefatura Superior, Política 
y Militar de los Departamentos del Norte, con el ca- 
rácter de provisional, mientras el Supremo Gobierno 
designa la persona que deba ejercerla definitivamente. 

Nómbrase Secretario General al señor Coronel, Dr. 
D. Mariano José Madueño, quien autorizará el presen- 
te decreto. 

Circúlese, publíquese y désele el debido cumpli- 
miento. 

Dado en el Cuartel General de Ichocán (departa- 
mento de Cajamarca) á los 8 días del mes de Diciem- 
bre de 1882. 

J, M. Puga. 

Mariano José Madueño. 
Secretario General, 



N.° 29. 

(Publicado en La Nueva Era de Trujillo, fecha 13 de Febrero -1883, 

MANIFIESTO, 

QUE EL JEFE SUPERIOR, POLÍTICO Y MILITAR DE LOS DE- 
PARTAMENTOS DEL NORTE, DIRIJE Á TODOS LOS PUE- 
BLOS DE SU DEPENDENCIA. 

Hallábame el 14 de Noviembre último en la ciudad 
de Cajamarca cosechando los frutos de la espléndida 
victoria obtenida en Llollón, el primero del mismo mes, 
cuando llegó la noticia del funesto é inesperado desen- 
lace de Arequipa y convelía la del falso desistimiento 
del General Cáceres. 



ajfii. 



Ante tan doloroso acontecimiento y mientras se con- 
firmaba la segunda noticia; crei prudente abandonar la 
población, retirándome con todas mis fuerzas y elemen- 
tos á las alturas de Ichocán, para esperar allí el desa- 
rrollo de los sucesos. Entonces manifesté que depon- 
dría las armas, si de la faz de la Nación desaparecía 
por completo toda entidad política que, con el ultimo- 
jirón de la bandera Nacional en la mano, continuara 
batallando contra los que se han propuesto robarnos 
honra y territorio. Esa entidad política bien lo sabéis 
y bien lo presumíamos todos,— es el esforzado, el ire 
fatigable, el eminente general Cáceres; y bajo tan alto 
ejemplo de incontestabilidad y patriotismo, no he 
trepidado un instante en secundar en el Norte su glo- 
riosa actitud y la nobilísima y heroica labor de sostener 
la honra é integridad de la patria, desfallecida, pero no» 
muerta; máxime cuando mis elementos se han multipli- 
cado, á favor de dos señaladas y singularímas victorias^ 
Bajo el ¿Silor de esta resolución inquebrantable, creo 
un deber dirijiros la palabra, para que sepáis los mó- 
viles y propósitos que guían mi conducta y han tra- 
zado la línea de mis últimos procedimientos. 

Investido con la Jefatura Superior. Política y Mili- 
tar de la zona del Norte, por la voluntad de muchos 
pueblos y del ejército que me obedece, al encontrarse 
ese puesto en acefalia, la hé asumido provisionalmen- 
te, mientras S. E. el General Cáceres, nombra á la per- 
sona con que crea conveniente reemplazarme. Entretan- 
to, me he propuesto la honrosa aunque difícil obligación 
de mantener la necesaria unidad en los trabajos patrió- 
ticos del norte á fin de proseguir con orden la guerra 
y sostener vigorosamente en el norte la sagrada ense- 
ña de la nación, á despecho de sus enemigos de fuera 
y dentro. Y abrigo la confianza de que seré digna- 
mente secundado por vosotros, cuyo valor y patriotis- 
mo no han bastado á extinguir ni los repetidos golpes 
de una fortuna criminal, ni la acción disociadora y fra- 
tricida de algunos malos peruanos. 



-.*£&__ 



LI 



Los pueblos que sienten discurrir por sus venas el 
sagrado fuego de la dignidad y del amor á la patria, 
como se observa en la mayor parte del *erú, no pue- 
den rendir la cerviz ni ante la maldad exterior, ni ante 
menguadas personalidades que, tomando por pretexto 
un^ falso patriotismo y una humanidad que jamás han 
sentido, pretenden imponernos una paz tan cruel como 
oprobiosa; no siendo otro su verdadero móvil, que la 
satisfación, á todo trance, de sus inobles pasiones. 

¡Ah! ¡no! Los pueblos, cuyas entrañas han sido des- 
garradas por la mano de la traición y laalevosía, no pue- 
den formar alianza con sus verdugos, ni someterse, sin 
abdicar la dignidad de hombres, á los que hieren y pi- 
sotean su honra, conculcan sus más sagrados derechos, 
le roban sus riquezas y se reparten su porvenir. 

Probemos que somos incansables para luchar, cuan- 
do se trata de arrancarnos el honor y de truncar nues- 
tra personalidad, y habremos asegurado la tranquili- 
dad de mañana y el respeto y admiración de todas las 
naciones. 

A realizar tan noble, tan sagrado propósito; á fundar 
el respeto y la felicidad de un porvenir iritaienso, por 
medio de los esfuerzos y sacrificios del presente pasa- 
jero y veloz, os convoca quien sólo tiene en mira, li- 
bre de toda ambición personal, la salvación de la patria 
y el triunfo de la justicia que la asiste. 

Ichocán Diciembre 8 de 1883. 

José M. Puga. 



— LII — 

N-° 30. 

(Publicado en La Niteva Era de Trujillo, fecha 13 de Febrero — 1883.) 

P. R. — -Jefatura Superior, Política y Militar de los De- 
partamentos del Norte. 

Ichocán, Diciembre 8 de i88j. 

Exmo. Sr. General Don Andrés A. Cáceres, 2? Vice- 
presidente de la República, Encargado del Poder 
Ejecutivo. 

E. S. 

Tengo la alta honra de participar á V. E. que el 
ejército que bajo mis ordenes defiende, en la zona del 
Norte, el honor de ese gobierno y la integridad nacio- 
nal, comprendiendo la anómala situación en que se ha- 
llaba esta parte de la República por carecer de Jefe Su- 
perior, en razón de haber abandonado dicho puesto el 
ciudadano D. Jesús Elias que lo ejercía, y los trascen- 
dentales males que podrían resultar de subsistir en com- 
pleta acefalía un puesto que, por su mayor esfera de 
accjón y por la unidad que imprime á los trabajos, es- 
tá destinado á multiplicar nuestros medios de deíensa 
y llevar á buen término el fin que perseguimos, resol- 
vió, uniendo su voto á las exijencias de muchos pue- 
blos, que yo asumiera la Jefatura Superior, Politicay Mi- 
litar del Norte. 

Reconociendo, por mi parte, que las solemnes cir- 
cunstancias por las que atraviesa el país y las obli- 
gaciones que impone el patriotismo, no me permitían 
rehuir un puesto que, aunque difícil y espinoso no de- 
be arredar el espíritu de los que nos hemos propuesto 
la honrosa misión de defender la patria hasta el último 
trance; he convenido en aceptar el cargo de Jefe Su- 
perior del Norte con el carácter de provisional y tan 
sólo hasta que V. E. tenga á bien nombrar la persona 
que deba reemplazarme. 



— Lili — 

Al comunicar á V. E. este acontecimiento, que me 
honra demasiado á la vez que me impone mayores sa- 
crificios y un gran esfuerzo sobre mis limitadas facul- 
tades; sacrificios y esfuerzo que acepto gustoso y estoy 
decidido á realizaren bien de la patria; debo protestar 
á V. E. que seré infatigable en el cumplimiento de mi 
deber y en la consecución de su elevada política, cual 
es la salvación de la República. 

Al aceptar, como lo he hecho, la Jefatura Superior, 
por las razones expresadas, he expedido el decreto que 
en copia fiel y auténtica acompaño al presente oficio, 
así como una copia del acta formulada por el vecinda- 
rio de estos pueblos en unión con las fuerzas que ope- 
ran más inmediatamente bajo mis ordenes. 

Me es altamente satisfactorio ofrecer á V. E. los sen- 
timientos de mi distinguida consideración. 



Dios guarde á V. E. — E. S. G. 



t> 



José M. Puga. 



N.° 31. 



República Peruana. — Jefatura Superior, Política y Mi- 
litar de los Departamentos del Norte. 

Ichocán, Diciembre 8 de 1883. 

Señor Prefecto y Comandante General del Departa- 
mento de la Libertad, 

S. P. 

Por la copia del decreto que adjunto á US. quedará 
enterado de haber asumido el dia 8 del presente, la Je- 
fatura Superior Política y 'Militar de los Departamen- 
tos del Norte. 



— LIV — 

Después del abandono que hizo de este elevado 
puesto, el ciudadano que la desempeñaba, numerosas 
actas han llegado á mi poder, de los distintos puntos 
de la región del Norte, actas que han sido secundadas 
por las fuerzas de mi mando, exigiéndome con patrióti- 
co empeño y decisión, asumiera ese honroso puesto, co- 
mo hoy lo verifico provisionalmente, hasta que el Supre- 
mo Gobierno designe la persona que deba reemplazarme. 

No se ocultan á la penetración de US. las poderosas 
razones que justifican el decreto en virtud del cual 
asumo la autoridad superior de los pueblos del Norte, 
La imperiosa necesidad de una inmediata concentra- 
ción de todos los elementos que se hallan dispersos en 
distintos lugares, la unidad indispensable, en estas gra- 
ves circunstancias, obedeciendo á una autoridad supe- 
rior, para dar más fuerza y eficacia á la defensa de la 
causa nacional, exigían perentoria é ineludiblemente el 
procedimiento que hoy empleo, por imposición solem- 
ne de los pueblos y de lats fuerzas que hasta hoy sos- 
tienen la causa constitucional que es la del honor de la 
Patria. 

Por otra parte, la existencia de los Ejércitos del Cen- 
tro y del Sur, bajo las órdenes del 2? Vice-presidente 
de la República, el ilustre general D. Andrés A. Cá- 
ceres, la actitud digna y resuelta de nuestra hermana 
y aliada la República de Bolivia, para rechazar la in- 
vasión chilena que se prepara; el combate habido cerca 
de Tacna entre fuerzas peruanas y chilenas, todo, en 
finóme imponía más imperiosamente que nunca, ayu- 
dar con abnegación y patriotismo al Gobierno consti- 
tucional, que no ha desaparecido y existe aún más 
fuerte y vigoroso, sosteniendo la honra nacional y el 
lustre de nuestras armas. 

Creo, pues, bastantemente justificados los actos y 
procedimientos que hoy empleo. La lealtad, honradez 
y patriotismo, con que siempre he servido á la Nación 
serán una prenda segura de confianza y tranquilidad 
para todos los pueblos sujetos á mi autoridad; y deben 



LV — 

descansar, sin recelos, con la convicción intima de que 
todo mi conato y anhelo serán consagrados al servicio 
■exclusivo de la Patria y al respeto de los derechos y 
garantías que la Constitución otorga á todos. 

Esta Jefatura espera del celo y actividad de US., que 
secundará con entusiasta empeño los esfuerzos de los 
que hoy defienden la más sagrada y noble de las cau- 
sas, reuniendo y organizando, al efecto, todas las fuer- 
zas y elementos que estén á su alcance, dando inme- 
diatamente cuenta del resultado. 

US. pondrá en conocimiento de sus respectivos Sub- 
prefectos el contenido de esta circular. 

Dios guarde á US. 

José Mercedes Puga. 



BOLETÍN. 



(Publicado en La Nueva Era de TrujUlo de fecha 13 de Febrero 
de 1884.) 

Por fin ha llegado el momento venturoso en que se 
hagan oír, de una manera bien clara, las 'protestas de 
los pueblos, que tienen conciencia de los derechos y 
deberes que les asisten contra un Gobierno que, para 
volvernos nuestra autonomía, consolida la conquista 
de Chile cediendo Tarapacá y vende á nuestros her- 
manos de la heroica Tacna. 

El vencedor en Llollón y Shitamalca, con una auda- 
cia digna de los corazones que sostienen grandes cau- 
sas, con la actividad y esfuerzos propios de los caudi- 
llos que pelean con ánimo inquebrantable por la causa 
de la libertad y la justicia, que es la causa de la huma- 
nidad, acaba de presentarse en Trujillo, rodeado de 
gloria y prestigio á recibir las ovaciones de un pueblo 



— LVI — 

que ve con júbilo en él al brazo fuerte- que rehará 
nuestras rotas libertades y que sostiene la casi derrum- 
bada columna de nuestra independencia! 

¡Hoy es un día de gloria para la patria! Apenas ra- 
yaba el alba cuando una avanzada que venia de descu- 
bierta, daba en la plaza el grito de «viva el Perú», aba- 
jo Chile y los traidores que lo secundan. Estos diez 
hombres, al mando de su jefe, apenas conocen la casa . 
que hacía de cuartel, se dirijen allí y con bizarría fuer- 
zan sus puertas, rinden á los cincuenta que guarnecían 
esta plaza; y sin dispararle un solo tiro, ven coronados 
sus esfuerzos. Trujillo todo se pone en movimiento al 
saber, que son las fuerzas del señor coronel don José 
Mercedes Puga y por todas las calles se pueblan los 
aires de vivas al coronel Puga, vivas al general Cáceres 
y mueras al chileno Iglesias. Pocos momentos después 
aparecía por la portada de la sierra el puñado de hé- ' 
roes á cuyo cabeza venía el bizarro coronel doctor don 
José Mercedes Puga, rodeado de una multitud, ebria 
de libertad y entusiasmo. En la estación de los Ferro- 
carriles* se encontró con el coronel Alarco, quien, sin 
duda, iba;á tomar el tren; al verlo dijo el coronel Alar- 
co — Señor coronel Puga, soy su prisionero. — No, res- 
pondió el coronel Puga, es U. mi amigo, y tan es asi, 
que me creo con derecho para hacerle recriminaciones 
por haberse puesto al servicio de una causa, que no 
honra k ningún peruano ni aceptaría ningún hombre 
de honor como lo es U. — Doctor Puga: no sirvo á nin- 
gún Gobierno, sirvo á los intereses del Perú en este 
reducido vecindario, el que me ha obligado á custo- 
diar sus intereses y su tranquilidad. — Bien, coronel 
Alarco, queda U. preso en la población bajo su pala- 
bra de caballero. 

En seguida, el señor coronel Puga habló varias veces 
al pueblo con bastante elocuencia de nuestra situación, 
debida á los malos peruanos que por desgracia son 
hermanos nuestros: el pueblo correspondió á sus pala- 
bras con manifestaciones de júbilo y entusiasmo. 



— rvri — 

lío es 1^ primera vez que la voz del coronel Puga 
se deja oír en defensa de nuestros sagrados intereses; 
ha. tiempo que ha hablado en las Cámaras y bien. 

Una vez constituido en la Prefectura y recibido las 
ovaciones del pueblo y sus amigos, se dedicó á asun- 
tos de importancia para la causa. Hizo recoger mu- 
chos rifles, municiones, cananas, vestuarios y cuanto 
podía ser útil pam la defensa nacional. 

Las fuerzas se recojieron á sus cuarteles en el ma- 
yor orden; «alas merecen una palabra de elogio por su 
moralidad, disciplina y valor; tienen puerta franca, y 
no ha habido un solo desorden en la ciudad, ni ningu- 
na deserción, 

— No se ka ejercido atropello alguno; la moderación, 
Ja suavidad y generosidad coa los rendidos, á quienes 
se les invitó, á servir en nuestras filas, si aá lo desea- 
ban, ó retirarse á sus hogares ofreciendo, bajo su pala=- 
bra, no volver á tomar armas contra los que defienden 
la honra nacional, ha sido su norma de conducta. 

Al siguiente día partió en tren extraordinario á As- 
cope el }efe Superior, rodeado de una juventud bri- 
llante é inteligente que lo secunda y acompaña con 
decisión y cariño. Las manifestaciones en estos pue- 
blos no han dejado nada que desear. El coronel Puga 
habló repetidas veces, pero el sobresaliente de sus pa- 
trióticos discursos fue el de Ascope; no podía ser de 
otro modo: el coronel estaba profundamente conmovi- 
do de gratitud al ver todo un pueblo que lo vitoreaba 
y se esforzaba por hacerle las mayores manifestaciones 
— Expontáneamente se le ofreció una banda de música 
para acompañarlo á Trujülo; los ciudadanos á porfía se 
le presentaban para que se les diera cabida en sus filas, 

Se le ofreció dinero, armas, municiones, bestias y 
todo aquello que pudiera servir para el incremento y 
regularización de su ejército. 

El regreso fué más satisfactorio por encontrar en 
las estaciones de la carrera á los vecinos esperando 
con flores y coronas. 



— lviit — 

En ía estación de Chicama, una familia notable fe 
obsequió una magnífica corona de laurel, la cual fue 
puesta al héroe por las graciosas manos de un» her- 
mosa peruana señorita hija de la referida familia. 

Merecen especialmente mención las siguientes su- 
blimes palabras pronunciadas por el señor coroneF 
Puga en uno de sus discursos: 

«¡Es preferible morir libres á vivir esclavo» ó des- 
honrados!» 

Estas palabras encierran una gran verdad r al paso> 
que sintetizan el programa que se ha trasado tan es- 
clarecido patriota. Son la expresión de uñ corazón 
grande y levantado: desearíamos repetirlas una y mil 
veces, para que se gravaran éfo el corazón de todos los 
peruanos. No omitiremos una circunstancia que habla 
muy alto acerca de de los nobles sentimientos del co- 
ronel Puga. Cuando se agolpó al tren el pueblo de 
Chicama, buscando ávido al héroe que venia desde 
Cajamarca á pronunciar una palabra de aliento y de 
esperanza á los pueblos de la costa, y fué reconocido y 
alzado en hombros bajo una lluvia de flores y al son 
de interminables vítores; no pudo reprimir, embargada 
por la emoción, las lágrimas que asomaron á sus ojos. 

Compárese todo esto con la recepción que le hicie- 
ron á Iglesias, y §e verá si es popular la paz á todo 
trance y la triste causa de la regeneración á lodo que 
éste personifica. 

— Entre las diversas medidas adoptadas por la Jefatura 
Superior, una de las más importantes es el empréstito 
de 10,000 soles plata mandado levantar por medio de 
la Municipalidad, entre las personas acaudaladas de 
toda la provincia. Sabemos que se ha dado una parte, 
y que en breve será llenado en su totalidad. 

Una palabra de elogio por nuestra parte, tanto al 
vecindario que se ka apresurado con la mejor voluntad 
á satisfacer tan justa cotno patriótica demanda^ cuanto 
al señor coronel Puga por la moderación y equidadjte 
su pedido, amén de la manera y forma eii que lo ha 



■.íjl. 



— LIX — 

hecho: la circunspección, el método, la generosidad y ía 
justicia han caracterizado hasta aquí todos los procedi- 
mientos del señor coronel Puga. 

— Todos los días llegan nuevas actas y protestas de 
las provincias contra el titulado Gobierno Regenerador 
y sus inicuos y parricidas fines; adhiriéndose más bien, 
-de una manera explícita, á la causa constitucional que 
es la del honor é integridad de la República. La pro- 
vincia de Pampas, entre otras, cuyas actas y protestas 
publicaremas en uno de nuestros venideros números, 
se dirije, por medio de sus legítimas autoridades, al se- 
ñor Jefe Superior, manifestándole su adhesión y sim- 
patía á la causa que sostiene. Honor á la provincia de 
Pampas y á todas las que como ella han dado pruebas 
inequívocas de patriotismo y dignidad. 

Llamamos la atención de los lectores hacia el im- 
portante decreto sobre derechos de importación y ex- 
portación, reduciendo éstos á lo señalado en las tarifas 
constitucionales, con algunas modificaciones favorece- 
doras. 



N.° 33 



(Publicado en La Nueva Era de Trujillo de fecha 13 de Febrero 
de 1884.) 

PROCLAMA. 

EL JEFE SUPERIOR POLÍTICO Y MILITAR DE LOS. DEPAR- 
TAMENTOS DEL NORTE, AL PUEBLO TRUJILLANO Y Á 
LOS PUEBLOS TODOS DEL DEPARTAMENTO DE LA LI- 
BERTAD. 

Trujillanos: 

Con un puñado de valientes he tomado en la ma- 
drugada de hoy vuestra* hermosa é histórica ciudad, 
sin la menor resistencia por parte de los que se han 
impuesto la oprobiosa tarea de sostener en el Perú, 
aunadas, las causas de la traición y la conquista. 



— LX — 

Incapaces de comprender el espíritu de abnegación 
y de heroísmo que alienta á los que podemos distin- 
guirnos con el título de patriotas, porque mantenemos 
con ánimo incontrastable el honor y los derechos de 
la República, y á cuya cabeza se halla el ínclita, el ///- 
vencible general Cáceres, piensan que la resistencia es 
una quimera y hasta un imposible y que ya no queda 
más que entregarse resignadamente á la voluntad y at 
capricho del vencedor y de la ciega adversidad, implo- 
rando de rodillas la compasión del primero y some- 
tiéndose, sin acabar de luchar, á la dura ley de la se- 
gunda. El triunfo del general Cáceres sobre la división 
chilena de Urriola y unos cuantos de los voluntarios, ven- 
cedotes e?i Llollbn y Schitamalca y á cuya cabeza me ha- 
béis visto entrar, podrán responderles — cómo es^ aun 
posible la resistencia y aun la victoria, en medio de 
tantos reveses y tanto infortunio, cuando la voluntad y 
el corazón son más grandes que la desgracia, — cuando 
el sentimiento del patriotismo y de la dignidad son 
más fuertes que el destino, 

Trujillanos: — Los enemigos internos del pais, — esos 
hijos dejenerados del Perú, mil veces parricidas, se 
jactan de haberme vencido en Llollón y Schitamalca. 
Podéis juzgar por mi presencia entre vosotros, de la 
verdad de sus afirmaciones. Ni en Llollón ni en Schita- 
malca pudieron, á pesar del número y de la calidad de 
sus elementos, resistir el empuje de los esforzados pa- 
triotas que me acompañan: la toma de Cajamarca fué 
el fruto de la victoria que alcancé en Llollón, como la 
toma de Trujillo es, al presente, el de la victoria que 
acabo de obtener en Schitamalca. 

Derrotados vergonzosamente en los campos de ba- 
talla, habiendo combatido ellos siempre con la pro- 
porción de cuatro contra uno, llaman en su auxilio, 
para engañar á los pueblos, la falsificación de los he- 
chos, inventa?ido victorias de papel, ya que en el terre- 
no de la realidad, sólo han cosechado espantosas de- 
cepciones y el triste convencimiento de su nulidad, y 



— LXI — 

cobardía; pero la verdad se abre siempre paso á través 
de las sombras que la perversidad y el cinismo arrojan 
para oscurecerla. 

Esos mismos enemigos, tan abyectos como deslea- 
les, á quienes tantas veces hemos indultado con un 
generoso perdón, dándoles ejemplo de humanidad é 
hidalguía y mostrándoles cómo se puede practicar los 
deberes de la civilización en medio mismo de los hor- 
rores de la guerra, respetando á los vencidos; son los 
que se atreven á desacreditarnos imputándonos hechos 
y rasgos de barbarie que sólo ellos cometen y que re- 
pugnan á la moralidad y al alto sentimiento del honor 
que abrigan mis soldados. Testimonio irrecusable es 
la moderación que han desplegado y que estáis pal- 
pando por vosotros mismos. 

Truj ulanos. Cuando con el triste desenlace de la 
guerra en Arequipa, parecía ya alejarse toda esperanza 
de salvación por el honroso medio de las armas, y el 
edificio de la resistencia, por el derrumbamiento de su 
más sólida base, se desplomaba por todas partes; — un 
hombre, un atleta, uno de esos corazones que desafian 
los "más tremendos cataclismos y que crecen con los 
obstáculos y el peligro que los envuelve, ofreciendo 
una firmeza granítica á los embates del infortunio; un 
hombre, que simboliza cuanto de más grande, noble y 
esforzado encierra la humanidad, — el egrejio general 
Cáceres, que ha renovado las hazañas y la constancia 
de Bolívar; levántase en el Centro cual sólida columna 
y detiene con sus hercúleos brazos el edificio estreme- 
cido. 

Ante tan sublime esfuerzo, ante tan grande prueba 
de valor y patriotismo ¿cómo soltar las armas de la 
mano? — ¿cómo no seguir ese soberbio implso, arros- 
trándolo todo, y responder concuna voz de análogo 
aliento y de heroica colaboración en el Norte? ¿Cómo 
no secundar ese grandioso ejemplo y dejar aislado en 
su actitud y patriotismo al prominente ciudadano, cu- 
ya espada infatigable aun arroja, temible, sus gloriosos 



— LXII — 

y refulgentes brillos por sobre las breñas de Ayacucho? 

Yo también siento arder en mi alma ese fuego sa- 
grado que no transije con la deshonra y la desmem- 
bración de la patria, y que prefiere apagarse en buena 
lid antes que plegar sus llamas al soplo desdeñoso de 
un vencedor implacable. 

Bajo el imperio de estos sentimientos he venido á 
Trujillo para reanimar vuestro entusiasmo, adormecido 
por más de un año de ominosa dominación, é invitaros 
á participar la honra de tan hermosos sacrificios. Vos- 
otros, no lo dudo, sabréis corresponder á las esperan- 
zas que siempre abrigué en vuestro nunca desmentido 
patriotismo. 

Pueblos todos del Departamento de la Libertad: Na- 
da se ha perdido cuando queda de pié un pueblo que 
mantiene vivos el sentimiento de la dignidad y del 
amor á la patria, y es aún sensible á los estímulos del 
deber, de los grandes ejemplos y de la gloria. Recor- 
dad los esfuerzos y sacrificios de 1 5 años de la magna 
guerra de la Independencia; sobre todo, la causa que 
dio á vuestro Departamento el hermoso nombre que 
lleva. Mostraos, pues, dignos de vuestros antecedan es 
y agregad un segundo título á la gratitud del Perú y 
á los aplausos y consideraciones de la historia. 

Por mí, os aseguro que procuraré ser digno de vos- 
otros, y que siempre me encontrareis, el primero, en 
el camino del deber y el sacrificio. 

Vuestro Jefe Superior y amigo — 

José Mercedes Puga. 



N°34* 

(fltHOjlieado e» «La Nueva Era» de Huaráx de i de Julio de 18&4,) 
tfARTE OF3GIAL DEL COMBATE DE CAJAM ARCA. 

Jefatura Superior Política y Militar de los Departa- 
mentas del .Norte* 

Cajaíatnba, Junio 8 de 1884* 

Señor Ministro de Estado en el despacW de Guerra. 

S. M. 

Cúmpleme la alia honra de poner en conocimiento 
del Supremo Gobierno Constitucional, por el digno ór- 
gano de US. fe función de armas habida el 23 del pró- 
ximo pasado, en la ciudad deCajamarca, entre las fuer 
7:as peruanas que me obedecen y las aliadas de Chile 
que prestan obediencia el titulado Gobierno Regene- 
rador. 

Habiendo resuelto en un consejo de guerra la ex- 
pedición sobre Cajamarca, porque ella ofrecía positivas 
ventajas á la causa nacional, resolvi marchar del Cuar- 
tel General de Huamachuco, como en efecto lo veri^ 
fique, disponiendo que la primera división al mando de 
su Comandante General* Coronel D. Tomás Romero y 
Flores, lo hiciera por la ruta de Huayamarca á tomar 
posisiones ,en las alturas dominantes de la ciudad por 
el lado del Occidente, cuya ocupación le ordené veri^ 
ficara á las 4 a. m. tomando yo el mando de la'ií Di- 
visión y debiendo ocupar á la misma hora las alturas 
situadas al Norte de la ciudad. 

El 23 como á las 5 a. m. ocupe mi puesto, habiendo 
sufrido un retardo de una hora por la oscuridad de la 
noche y otros inconvenientes que siempre se presentan 
en esta clase de marchas. La 1* División sólo fué di* 



\ 



— Lxrv — 

visada por nosotros después de las ocho de la mañana^ 
y apesar de lo inconveniente de la hora, abrigaba la es- 
peranza de que si no se cumplían mis instrucciones,, 
ocupando los puestos designados por mí de antemano,, 
llevaríamos á buen término el ataque, mas coma esto 
no se cumplió, lo que ha motivado el correspondíante 
juicio militar, para esclarecer la verdadera responsabili- 
dad, sucedió que la i* División empeñó el conibate ei* 
detall y sucesivamente, como llegaban los batallones; 
lo que dio por resultado que habiendo sido rechazados 
los primeros, ya no entraron en combate los últimos,, 
viéndose en la necesidad de hacer una retirada, des- 
pués de tres horas de lucha y con las bajas de 1 3 muer- 
tos entre jefes, oficiales é individuos de tropa y 14 pri- 
sioneros. 

Mientras esto ocurría en la 1* División, la 2* que 
operaba bajo mis órdenes, emprendió el ataque^ lle- 
gando su arrojo y entusiasmo hasta penetrar en las 
calles de la población, á pesar del nutrido fuego y te- 
naz resistencia que hacía el enemigo desde sus parape- 
tos, de las casas, balcones y ventanas; mas como en este 
estado observara la retirada de la 1* División, creí con- 
veniente hacer retirar también á mi fuerza con el deseo 
y la esperanza de que poniéndome al habla con el Co- 
mandante de la 1* División secundaríamos d ataque 
bajo mejores condiciones; mas esto me fué imposible 
por la distancia y lo intransitable del camino que nos 
separaba En esta situación reuní toda la fuerza que 
me obedecía, levanté la artillería y contramarché á este 
Cuartel General, después de haberme encontrado con** 
la 1* División en el pueblo de Ichocán. 

Las bajas habidas en mi división, se reducen á un 
oficial herido y otro muerto y tres individuos de tro- 
pa muertos y diez dispersos. 

Las bajas habidas en la fuerza enemiga, según datos 
evidentes, son 62 muertos, 170 dispersos y 20 heridos; 
entre los primeros, la mayor parte chilenos, de los 200 
que tiene á su servicio el titulado Gobierno Iglesias. 



LXV 

El pequeño contraste esperimentado por el Ejercito 
del Norte en las puertas de Cajamarca, lejos de ser 
•causa de desaliento, lo ha sido de estímulo para levan- 
tar el patriotismo del Ejército y de los pueblos; de tal 
manera, que en la actualidad el primero ha aumentado 
notablemente su número acrecentándose en él el justo 
deseo de combatir y exterminar á los enemigos de la 
Patria. 

No concluiré este ligero parte sin recomendar á la 
consideración de S, E. el Señor Generad Cáceres, el bi- 
zarro comportamiento de los señores jefes, oficiales y 
soldados que entraron en combate; quienes han sabido 
-corresponder á las esperanzas que la Patria fundada* 
mente tiene en ellos. 

Dios guarde á US. — S. M, 

José Mercedes Paga. 



(Publicado en «La Nueva Era» de Huaráz de 4 de Junio de 1884.) 

EL JEFE SUPERIOR, POLÍTICO Y MILITAR DE LOS DEPAR- 
TAMENTOS DEL NORTE, 

Al Ejército y a los pueblos del departamento de Ancachs. 

Conciudadanos: 

La hora de la libertad ha sonado ya para nosotros 
Mediante un pequeño esfuerzo, el valerozo Ejército 
que me acompaña, ha expelido de vuestro seno á los 
sicarios del Gobierno de la traición y os acaba de de* 
volver por completo vuestra autonomía, el régimen 
constitucional y el imperio de las leyes. De hoy más 
serán mantenidas con viril firmeza las sagradas institu* 



— LXVI — 

cíones patrias, degeneradas y corrompidas por el ab- 
surdo Gobierno, que haciéndose arbitro de la Nación 
y superior á la voluntad nacional, las ha sojuzgado 
con cinismo, manchando con un baldón más el rostro 
de nuestra infortunada Patria. 

Os traigo el pendón sagrado de la Patria que, apesar 
de los desastres, conserva inquebrantable la dignidad y 
el honor nacional. Agrupaos en torno de ella los que 
sois verdaderamente peruanos, los que habéis nacido 
en este suelo infeliz, pero libre, los que habéis visto 
salir esplendoroso el Sol de nuestra libertad de las he- 
catombes de Junin y de Ayacucho, que nos dieron pa- 
tria y libertad. Acordaos de las etapas gloriosas de 
nuestra independencia, de la sangre derramada de un 
confín á otro de la República^ por sostener nuestra au- 
tonomía y de los sacrosantos derechos de la soberanía 
nacional y unios á los que de buena y fé y hasta el sa- 
crificio los sostienen con desinterés y abnegación. Os 
llamo á todos los que sois peruanos, cualesquiera que 
sea vuestro color político, á nombre de la Libertad, de 
la Patria y del Deber. 

Conciudadanos todos: 

Desde hoy queda restablecido el orden constitucio- 
nal y el imperio de la ley en vuestro departamento. 
Entregaos pacíficos á vuestras labores ordinarias, bajo 
las más sólidas garantías que ofrece á vuestras perso- 
nas y bienes el orden legal que os' devuelvo. 

Soldados: 

Os felicito por la abnegación y constancia con que 
servís á la causa santa de la República; no desmayéis, 
que en breve la reconquista nacional ce roñará con el 
triunfo vuestros gloriosos esfuerzos. 

Ancachinos: 

Descansad tranquilos en la palabra de vuestro Jefe 
Superior y amigo. 

José Mercedes Puga. 



-/ 



— LXVII — 

N ° 36- 

(Publicado en «La Nuera Era» de Huaráz de 4 de Julio de 1884.) 
Haaras, Junio 29 de 1SS4. 

JEFATURA SUPERIOR DEL NORTE. 

Señor Ministro de Estado en el Despacho de Guerra. 

N S. M. 

Tengo la alta honra de poner en conocimiento de 
US. y por su digno órgano en el de S. E. el Presiden- 
te de la República, que el dia 27 del que espira tomé 
con parte del Ejército del Norte, á las 4 p. m. la ciu- 
dad de Huaraz, después de haber batido en las alturas 
de Huaylas, puente de Caraz y Balcón de Judas, á las 
fuerzas traidoras que, en número de 200 hombres y 
mandadas personalmente por el Prefecto Iglesista se- 
ñor Vargas Qumtanilla, salieron á disputarme el paso 
en posiciones inaccesibles. Pero nada ha sido, señor 
Ministro, capaz de resistir y detener la marcha victo- 
riosa de los decididos defensores de la ley y del honor 
nacional que han arrollado por do quiera y sin mucho 
esfuerzo, á pesar de lo ventajoso de los puntos en que 
se había situado el enemigo, á las dejeneradas fuerzas 
de la traición é indignidad. Este hecho altamente plau- 
sible y trascendental para la causa, á la vez que de- 
muestra la impopularidad é impotencia del iglesismo, 
significa la adquisición de un importante departamen- 
to, que queda desde hoy incorporado á los dominios 
de esta Jefatura Superior, cuya autoridad se ejerce ya 
sin contradicción desde los remotos departamentos de 
Amazonas y Loreto hasta los confines del de Ancachs 
por el lado de Lima. Sólo las ciudades de TrujiHo y 
Cajamarca, permanecen encadenadas al régimen igle- 



— LXVIII — 

sista, reinando después en todas las provincias de esos 
departamentos, autoridades constitucionales y patrio- 
tas. A la fecha deben haberse pronunciado los depar- 
tamentos de Piura y Lambayeque; y tengo la convic- 
ción de que, en breve, todo el Norte, sin escepción de un 
sólo pueblo, quedará sometido al orden constitucional. 
Por los boletines y periódicos que al presente oficio 
acompaño, se enterará US. del movimiento político, 
administrativo y militar de de esta parte de la Repú- 
blica; relevándome así de entrar en largos pormenores. 
Debo hacer presente á US. que el grueso de mis tro- 
pas ha quedado situado entre las provincias de Caja- 
marca y Huamachuco, las que están encargadas dé 
verificar operaciones cuyo resultado conocerá US. más 
tarde; y que sólo he movido sobre esta plaza la tercera 
parte del Ejército del Norte. No creo justo concluir 
sin recomendar á la consideración de US. y de S. E. 
el General Cáceres, el digno y valeroso comporta- 
miento de todos los jefes, oficiales y soldados que me 
han acompañado á la toma de esta población. 

Dios guarde á US. — S. M. 

José Mercedes Puga. 



N-° 37. 

ULTIMA PROCLAMA DEL CORONEL PUGA. 

El Jefe Superior, Político y Militar de los Departamentos 
del Norte a los pueblos de su mando. 

Pueblos del Norte: 

Todos vosotros conocéis los deplorables sucesos dej 
27 de Agosto, que trajeron por resultado el rechazo de 1 
ejército constitucional, que bajo las inmediatas órdenes 
de S. E. el ilustre General Cáceres emprendió sobre la 



— LXIX 

Capital, con el objeto de hacer desaparecer por com- 
pleto, de la faz de la República, los restos que aun 
quedaban de un gobierno que, con ultraje de la mages- 
tad de la soberanía nacional y contra la voluntad ma- 
nifiesta de los pueblos, había resuelto salvar los últimos 
girones de su usurpada autoridad encastillándose en el 
sagrado recinto de nuestra Metrópoli, reservado única- 
mente á los poderes que reciben sn sanción del voto 
popular y de las leyes generales del país. 

Después de tan amargo desengaño, que, sea dicho 
en honra de los pueblos de mi mando y del gobierno 
que represento, en nada debilitó su patriotismo y deci- 
dido entusiasmo, natural era creer que todos los que 
venimos sacrificándonos en los altares de la ventura 
pública con el anhelo patriótico y desinteresado de ob- 
tener una verdadadera y sólida reconstitución para el 
país, buscáramos en la unión y la lealtad que es la fuer- 
za, el triunfo que la veleidosa fortuna nos había arre- 
batado en las calles de Lima, entre los espesos vapores 
de sangre generosa vertida á torrentes por la más no- 
ble y sagrada de las causas que desde nuestra indepen- 
dencia sostienen los pueblos. 

Muy lejos estuvo de mi ánimo suponer que en los 
momentos de suprema prueba, el espíritu de facción y 
las sujestiones más ruines y mezquinas del egoísmo 
tuvieran cabida en 'os carazones de algunos Jefes del 
ejército, que, obedeciendo á pérfidas y desleales seduc- 
ciones, consumaron en la madrugada del 27 del pasado 
el más negro y nefando crimen de cuartel, con escán- 
dalo y vergüenza de los leales servidores de la Nación 
y del honrado y patriota pueblo trujillano, cuya gran 
protesta debéis conocer y lo que es mas con el sacri- 
ficio de dos victimas inocentes y el asesinato frustrado 
en mi persona. 

Mucho se ha dicho para enmascarar con el disfraz 
de la causa pública los móviles y propósitos de los que 
llevaron á efecto, por los medios más inmorales y re- 
probados, la sedición de esa noche fetal: y hasta la ca- 



LXX — 

lumnia se ha empleado como arma de defensa. Pero 
nada podrá cohonestar su crimen ni atenuar la inmen- 
sa responsabilidad que gravita sobre los que elimina- 
ron mi autoridad en los momentos más difíciles y de 
grandes é imperiosos deberes para todos. 

Sin embargo, todo lo sacrifiqué en aras de la causa 
común y puse á disposición de la sedición triunfante 
por las circunstancias, todos los elementos que pude 
reunir; y si otros no llegaron á tiempo, fué por la im- 
posibilidad de concentrarlos inmediatamente. Nada 
omití para apoyar á los que se obsecaban en hacer una 
resisiencia á todo trance en la plaza de Trujillo y mi 
conciencia descansa tranquila con la satisfacción del 
hombre público, que ha hecho un culto de la práctica 
austera y desinteresada del bien y del deber en todas 
sus manifestaciones. 

Y bien. ¿Cuál es el resultado que nos ha ofrecido la 
rebelión de Trujillo? 

¡Una hecatombe, un sacrificio estéril, la pérdida de 
una gran parte de los elementos reunidos á fuerza de 
porfiada abnegación, un eslabón más en la inmensa ca- 
dena de desgracias que pesan sobre esta Patria infeliz 
é infortunada! 

Las previsiones, pues, de vuestro Jefe Superior, se han 
cumplido y mi esfuerzo por salvar el brillante ejérci- 
to que tanto me había costado formar, tan lijeramen- 
te juzgados por algunos y maliciosamente interpreta- 
dos por otros, han temido la más completa justificación 
y los rebeldes del 27 sólo nos han ofrecido víctimas é 
infortunios que deplorrar, pero que es necesario re- 
parar. 

^ Compatriotas: 

El desastre del 10 del presente, sufrido por nuestras 
armas en Trujillo, ha cubierto con un sudario de san- 
gre la rebelión del pasado 27. Releguemos á completo 
olvido sus extravíos, porque ante las puertas de la tum- 



— LXXI — 

ba y del sacrificio desaparecen todas las responsabili- 
dades y mueren todos los resentimientos por justos 
que ellos sean. 

Sirva sí esta dolorosa y terrible lección, para que en 
lo sucesivo no llevemos en el alma más que la imagen 
sagrada de la patria y que, despojados todos de nues- 
tras pasiones y miserias, un personalismo desolado* 
no venga á empañar la aureola de gloria que euvuelve 
á los que, tiempo há, vienen ofreciéndose en holocausto 
á la más justa y santa de las causas, sin otro orgullo 
ni otra fé que merecer bien de la nación por la defensa 
leal y sincera de sus más sacrosantos derechos y au- 
gusta libertad. 

La obediencia de los pueblos del Norte á sus legíti- 
mos mandatarios, interrumpida por breve tiempo, que- 
da restablecida; y los ultrajes, crímenes y cuantos sa- 
crificios, de que han sido víctimas nuestros hermanos 
de la Libertad, por una soldadezca desenfrenada sin 
moral y sin religión y que cual horda de vándalos se 
ha lanzado sobre su codiciada presa, no servirán sino 
para retemplar nuestro patriotismo. Levantando en 
nuestros corazones una santa indignación, no debemos 
abrigar otro deseo que un merecido y ejemplarizador 
castigo para los bárbaros de la tiranía. 

La horrorosa trajedia de Trujillo es la representación 
fatídica de lo que os espera á todos vosotros, que ha- 
béis tenido la altivez de no inclinar vuestra frente á la 
coyunda del depotismo y de la iniquidad. 

¿Permitiréis escarnecer y atropellar vuestras más 
preciosas garantías, saquear vuestras propiedades, des- 
honrar vuestra familias, ser el ludibrio de los seides 
de una tiranía que, impuesta por las bayonetas chile- 
nas primero, quiere entronizarse después en el poder 
por la crueldad y el crimen? 

¡Nó! ¡Mil veces no!! 

Confiad en vuestro destino y luchad con valor, con 
la fé inquebrantable que os da la justicia eterna y el 
derecho inmortal, que el gobierno de la traición y del 



— lxxit — 

terror caerá ineludiblemente bajo los esfuerzos paten- 
tes de un pueblo libre é idólatra de sus derechos y li- 
bertades hasta el sacrificio. 

Allí están los departamentos del Centro y Sur de la 
República, dando al mundo y á la historia el más su- 
blime ejemplo de grandeza de espíritu y de virtudes 
cívicas. Allí está la heroica ciudad de Arequipa que, 
con el esforzado general Canevaro, será el baluarte in- 
contrastable, no lo dudéis, de la Constitucionaiidad y 
del pundonor nacional, contra el cual se estrellarán las 
ambiciones bastardas y los criminales propósitos del 
malhadado gobierno de Lima. 

Pueblos todos del Norte : 

Los desengaños y desastres del presente no os de- 
ben arredrar en el camino que con abnegación sin 
igual habéis emprendido. Los contratiempos y decep- 
ciones de una mala fortuna sólo abaten y humillan las 
almas pequeñas y pusilánimes. Tened resignación y 
grandeza para doblegar la desgracia y el éxito más 
completo coronará vuestra obra. 

Sin los obstáculos ¿cuál seria la gloria en vencer? 

¡Nol Imitemos la constancia y tenacidad legendarias 
de S. E. el ínclito General Cáceres, que, con una fir- 
meza atlética, á cada contraste, á cada borrasca le- 
vanta más su espíritu, se retiempla, combate, lucha y ~ 
se hace superior á la adversidad y al mismo destino. 

No de otro modo han triunfado las grandes causas 

Ciudadanos todos: 

I-a fidelidad á vuestra bandera es hoy un deber más 
imperioso que nunca; y la patria agradecida y la pos- 
teridad os otorgarán por vuestros abnegados y esfor- 
zados servicios el más preciado galardón. Por mi par- 
te, os ofrezco, con la altivez y resolución de siempre, no 
pl egar el glorioso estandarte de la dignidad del honor 
y de la recostitución del país hasta no haber rendido el 
último aliento. 



— LXXIII — 

En la continuación de obra tan grandiosa contáis 
con cuatrocientos honrados y leales soldados y sólo 
exijo de vosotros perseverancia, fé y obediencia ala 
Constitución, á las leyes y á las legitimas autoridades, 
que siempre que os encontréis en la senda del honor 
del deber y de la prueba, allí encontrareis también á 
vuestro Jefe Superior y amigo. 

José Mercedes Puga. 
Cajabamba, 18 de Octubre de 1884. 



•-#-• 

N-° 38. 
FERNANDO SUÁREZ OLIVOS, 

TENIENTE CORONEL DE INFANTERÍA DE EJÉRCITO 
V EX-CAJERO FISCAL DEL DEPARTAMENTO DE ANCACHS. 

Certifico: que de los fondos que entraron en las Ca- 
jas de la Oficina de mi cargo, durante el tiempo que 
ocupamos el Departamento de Ancachs con las fuer- 
zas constitucionales, no se ha entregado ninguna suma 
al señor Jefe Superior, Político y Militar del Norte, 
coronel doctor don José Mercedes Puga, por pago de 
sueldos, ni para gastos personales de ningún género; 
sino que dichos fondos fueron invertidos en el sosteni- 
miento de las tropas y del orden constitucional. Cum- 
pliendo justicia á la memoria inmaculada del finado co- 
ronel Puga, expido el presente certificado en Lima, 
Setiembre 27 de 1886. 

F. Suárez Olivos. 



ERRATAS NOTABLES. 



Pag. 


Lia. 


Dice. 


Deifetoir. 


6 


2 


lo que así 


la que así 


» 


18 


prolongado 


profundo 


7 


11 


dignaron 


dignan 


» 


23 


rodeadeados 


rodeados 


8 


23 


pasa 


para 


14 


11 


sabía 


sabían 


21 


33 


populariad 


popularidad 


22 


3i/3 


2 imgugnó 


impugnó 


26 


15 


de la ciudad de que 


de la ciudad, de que 


27 


33 


Sobiedad 


Sociedad 


28 


21 


Sociedad 


sociedad 


36 


17 


considera- 


consideraba 


» 


29 


boga 


boya 


54 


4 


asiéndolo 


aislándolo 


59 


6/7 


verdadere 


verdadero 


60 


24 


ocacionado 


ocasionado 


69 


25 


y por razón y de 


y por razón de 


7i 


24 


San Pablo 


San Marcos 


76 


17 


Señer 


Señor 


77 


7 


descanzo 


descanso 


78 


28 


aflictivas 


aflictivas 


79 


28 


segía 


seguía 


88 


6 


Núms. 28, 29 y 30 


Núms. 28, 29, 30^ 3 




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